Por ALONSO FLORES



una de las primeras calles peatonales del centro
Es un breve paseo verde, donde las frondas de los ficus brindan cada tanto su sombra a los paseantes. Con sus tres cuadras para el tránsito exclusivo de peatones y bicicletas de Tacuba, justo a la salida del metro Allende, a 16 de Septiembre, Motolinía es uno de los corredores más animados del Centro. La calle la comparten loncherías septuagenarias, cantinas de todo rango, restaurantes jovencitos y tiendas de artículos médicos, ópticos y ortopédicos que recuerdan su antigua vocación.
    En la Colonia, dos de sus cuadras se llamaban callejón de Santa Clara, y la otra, callejón del Espíritu Santo. Desde 1928 es la calle de Motolinía que, renovada en 1973, se cerró al tránsito vehicular.
    Su nombre alude a Fray Toribio de Benavente, uno de los doce primeros franciscanos que llegaron a México en 1524, y quien adoptó el nombre de Motolinía —del náhuatl “el pobre”— tras oírse llamar así por los indígenas. Fue un férreo defensor de éstos y escribió, entre otras obras, la Historia de los indios de la Nueva España.
    Siglos después, el poeta, narrador, ensayista, orador, político e historiador oaxaqueño Andrés Henestrosa, la llamó “Mi calle de Motolonía” en una de sus crónicas.
    “Tengo en la calle de Motolinía”, escribió, “algo que llamo despacho cuando sólo es un depósito de libros, cuadros, dibujos, grabados y periódicos sin recortar”. Recién llegado a la Ciudad, a los 16 años, se abonó en una fonda situada en los altos de la casa marcada con el número ocho; 25 años después, en 1958, rentó un despacho en el mismo predio.
    Durante 40 años salió de ahí a desayunar en el Sanborn’s de los Azulejos, a buscar libros de viejo en La lagunilla, a la Cámara de Diputados; o bien, allí recibía a sus amigos —el poeta Renato Leduc, por ejemplo— o gestionaba justicia para los ciudadanos que se lo solicitaban.
    Aunque breve, Motolinía también tiene lo suyo en arquitectura. Sobresalen, en la esquina con Madero, la que fuera la casa del Marqués de Prado Alegre, edificio barroco de 1725, en cuya fachada está empotrado un disco mexica; y en el cruce con 5 de Mayo está el París, edificio porfiriano de 1907 y de estilo francés ecléctico.
    Pero un recorrido actual por Motolinía es básicamente gastronómico. Uno puede tomarse un jugo a la salida del metro Allende y escuchar a un animoso grupo de invidentes que tocan cumbias y rocanrol. Comprar por 120 pesos unas plantillas de acupuntura, para aligerarse la caminata o, si se requiere, unos lentes desde 100 pesos. Tomarse una cerveza en alguna cantina —La Fuente, La Buenos Aires, El Tropezón. Comer en una de las tradicionales loncherías, La Rambla o La Casa del Pavo —ésta fundada en 1901—, en el Comedor Vegetariano, o en el recién llegado Non Solo Panino. Después, tomar un café en Teka’Fe o en el Saloncito Bar & Coffee.
    Para la noche, si es fin de semana, hay rock y música electrónica en el Pasagüero, en el número 33; jazz en el Zinco, en lo que fueran las bóvedas del Banco Mexicano, en la esquina de 5 de Mayo, o fiesta en el Bar Alfonsos, que abrió sus amplios salones con candiles y espejos en 1930, y desde cuyos balcones con herrería se ve el transcurrir de la madrugada.


Fuentes: Andrés Henestrosa, Cara y cruz de una ciudad, ALDF, México, 2001; González Obregón, Luis, La Calles de México, Porrúa, México, 1995; Enciclopedia temática de la delegación Cuauhtémoc, DDF, México, 1994; Benavente, Fray Toribio de, Memoriales de fray Toribio de Motolinía: manuscrito de la colección del señor don Joaquín García Icazbalceta, Luis García Pimentel, México, reproducción facsimilar de la ed. de 1903.

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