Por alonso flores y sandra ortega.



república de cuba. una calle que gusta de desvelarse
Esta calle multifuncional y variopinta, que arranca en la Plaza de Santo Domingo (Brasil) y llega hasta el Eje Central, ha tenido muchos nombres, modificados no sólo a través del tiempo, sino también por tramos. Así, en actas de cabildo de 1525, recién consumada la Conquista, se hace referencia a esta calle como Ballesteros (hoy tercera de Cuba), puesto que ahí se encontraba el cuartel de los ballesteros de Cortés. También se llamó Juan Jaramillo (hoy cuarta y quinta) por el esposo de La Malinche y capitán de Cortés, quien vivió con ella en la casona que actualmente lleva el número 95 y funciona como escuela primaria. Más nombres: Del Águila, Dolores, Alonso Ramírez Vargas y, desde principios del siglo xviii, de Medinas, por haber vivido ahí el Conde de Medina y Torres.
    Después de la Revolución Mexicana, en 1921 y en el marco del centenario de la consumación de la Independencia, José Vasconcelos cambió la nomenclatura de varias calles del Centro Histórico, para corresponder a las naciones latinoamericanas que primero reconocieron al gobierno revolucionario. República de Cuba es una de ellas.
    En el número 46, entre Allende y Chile, sobrevive la fachada del Teatro Lírico, el resto fue demolido en 2006. Fue inaugurado en 1907 por Justo Sierra, entonces ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Por este legendario teatro desfilaron grandes figuras de la actuación y el canto, como María Conesa, Tin Tan, Palillo y Clavillazo. Ahí debutaron Joaquín Pardavé y Mimí Derba y fue abucheado Jorge Negrete, en la presentación de la revista Estampas Musicales.
Durante la Revolución Mexicana, el Lírico, al que más adelante se le dio el sobrenombre de Casa de la Risa, fue campo de batalla erótico de caudillos que invadían los camerinos, enviaban rosas y buscaban conquistar a las artistas. Agustín Lara llegó a decir que "en su primer día en la Ciudad de México, todo soldado revolucionario cumplía dos anhelos largamente acariciados: uno, ir por la mañana a postrarse ante María Guadalupe, en el Tepeyac; y otro, ir por la noche al teatro a conocer a María Conesa".
    Del Lírico sólo queda la fachada, pero la calle conserva algo de sabor festivo. En la cantina Río de la Plata la bohemia se renueva con jóvenes y existen bares como La Perla, donde el rock, el pop y la música electrónica son parte de la noche. En el novísimo Marraquesh se divierte la comunidad gay, pero los bugas son bienvenidos.
    En Cuba se venden, alquilan y reparan sinfonolas de todas clases, desde las antigüitas de discos de 45 revoluciones, hasta las más modernas touch screen, o con video consola y karaoke. "Volvemos digital su consola de discos", reza la cortina metálica de un establecimiento.
En República de Cuba hay hoteles discretos, de fachadas elegantes o de sordidez elocuente; hay fondas, vecindades, altares y niños que juegan en patios impredecibles. También hay imprentas, tiendas de rocolas, bares y cantinas. Es una calle diversa, con edificios viejos, y que gusta de desvelarse. Será por eso que a las diez de la mañana aún está desierta.


Fuentes: Luis González Obregón, Las calles de México, Porrúa, 1995. Historias y leyendas de las calles de México, El Libro Español, 1963. Héctor Manuel Romero, Ciudad de México, Centro Histórico, Cámara Nacional de Comercio, 1994. Carlos Monsiváis, Escenas de pudor y liviandad, Grijalbo, 2002. Verónica Zárate Toscano, La patria en las paredes o los nombres de las calles en la conformación de la memoria de la Ciudad de México en el siglo xix, Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, Materiales de Seminarios, 2005.

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