Por jano mendoza p.


representaciÓn de buda en dolores
"México, con cierta timidez, le llama a la calle Dolores su barrio chino. Un barrio de una sola calle, de casas viejas, con un pobre callejón ansioso de misterios. Hay algunas tiendas olorosas a Cantón y Fukien, algunos restaurantes. Pero todo sin el color, las luces y banderolas, las linternas y el ambiente que se ve en otros barrios chinos".
    Así describe la calle de Dolores de los años sesenta el protagonista de la novela El Complot Mongol, Filiberto García, y su mirada no se aleja tanto de lo que sucede hoy en día.
    En esta calle hay tiendas de toda clase de productos orientales (prendas de fantasía, anillos mágicos que te dicen si estás enamorado, sandalias, flores artificiales, calendarios…) y restaurantes para todos los presupuestos, que ofrecen comida oriental mientras conviven pacíficamente con cantinas tradicionales.
    Debajo de una de las lámparas rojas, que antes anunciaban los prostíbulos, fuma su Chesterfield el fantasma de Filiberto García. Y con algo de nostalgia escucha la algarabía de las cantinas de la calle, como el Tío Pepe, una de las más antiguas de la ciudad, con sus mesas de dominó y su barra noruega original. O la Orizaba, con su tapanco y sus cartones de cerveza.
    Los chinos empezaron a llegar a México en las postrimerias en el siglo xvi como artesanos, marineros y criados. Otra ola migratoria importante se produjo en el siglo xix, cuando muchos se quedaron en el país ante la imposibilidad de llegar a los Estados Unidos.
    Durante la Revolución Mexicana enfrentaron medidas en su contra, como expulsiones y la creación de guetos en los que fueron obligados a vivir. En 1924, Andrés Magallón, senador de la República, propuso prohibir los matrimonios entre chinos y mexicanos.
    También se formaron organizaciones antichinas, como la Liga Nacional Mexicana, que exigió a Lázaro Cárdenas acciones respecto "a la invasión de extranjeros indeseables", cuya lista encabezaban los chinos.
    Con tal discriminación, lo que sorprende no es la timidez del "barrio", sino el hecho de que exista.
    Lejos quedaron las ligas antichinas. Cada festejo del Año Nuevo Chino, entre mediados de enero y finales de febrero, invaden la calle espectáculos de artes marciales, la danza del león y la del dragón. Los comerciantes cuelgan los fun poo (pedazos de lechuga fresca encerrada en un sobre), para espantar a los espíritus nocivos, esas fuerzas del mal contra las que no han podido en los cinco siglos de inmigraciones a México.
    Durante casi 100 años, la calle de Dolores sufrió muy pocas transformaciones urbanas. En 1902 fue pavimentada y entre 2005 y 2006 fueron renovados el drenaje y la red de agua potable, el cableado fue sumergido bajo losetas basálticas y se colocaron jardineras. La calle estrenó Mobiliario y 11 nuevas y potentes luminarias, así como un arco chino donado por la embajada en México de la República Popular China. Se despidió de los automóviles y se volvió peatonal.
    Al caminar por esta calle será difícil no ver a Li Ping Li, quien por tan sólo 20 pesos lee el horóscopo chino a quien lo pida. Li atrae a sus clientes gracias a sus gigantescas uñas y al maquillaje, que acentúa sus rasgos orientales.
    Es probable que Filiberto, el personaje fundador de la novela negra mexicana, ría uando observe cómo Dolores empieza a dejar de lado su timidez, cada vez con más visitantes, más negocios y un corredor agradable por el cual caminar.
    No es un barrio oriental como los de otras capitales, porque la historia no lo ha permitido, pero quiere marchar hacia allá, le guste o no a nuestros fantasmas.


Fuentes: Bernal, Rafael. El Complot Mongol, Editorial Planeta, México, 2007.
Gonzáles Oropeza, Manuel. La discriminación en México: el caso de los nacionales chinos, www.bibliojuridica.org/libros/1/148/5.pdf.

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