
Por Alonso Flores
Esta calle huele a café. Las aromáticas nubes que se desprenden de los expendios tostadores hacen levantar la nariz y cerrar los párpados a los apurados transeúntes. Este efecto se condensa en la esquina con Ayuntamiento donde, como sentados a una mesa frente a frente, dos legendarios establecimientos sirven café por kilo y en taza: El Cordobés, cuyos molinos se echaron a andar en 1939, y el Villarías, fundado en 1942 por una familia española exiliada en México.
Como el perfume oscuro del café, flota el misterio acerca del nombre de esta vía. López, que corre entre las avenidas Juárez y Chapultepec, se llamó primero Tepantitlán (“lugar de pedernales” o “entre las paredes”) y, siendo todavía callejón, cambió a López, según Luis González Obregón.
Para Juan de Dios Peza, la calle honra a Martín López, el carpintero que construyó en Texcoco los bergantines con que Cortés atacó Tenochtitlán durante el sitio a la ciudad. Según José María Álvarez, a quien se recuerda es al maestro Felipe López, director de la Escuela Normal, defensor de la patria en 1847 y Regidor de la ciudad en 1869, quien vivió y murió en esa calle.
Como sea, López simboliza la resistencia civil contra la invasión estadounidense. Desde ahí se disparó la primera bala de los disturbios del 14 de septiembre de 1847, cuando gente de a pie, tras la retirada del Ejército Mexicano, trató de impedir la toma de Palacio Nacional.
“El Coronel Carvajal, de la Guardia Nacional”, consigna el autor Ramón Alcaraz, urdió un plan “para batir al enemigo a su entrada a la ciudad”, en el que participarían “los vecinos de las calles desde la Alameda hasta Salto del Agua. Un ciudadano llamado Esquivel disparó antes de tiempo un tiro y creyéndose que era la señal para el combate, se rompió el fuego”.
Bajo el seudónimo de Fidel, Guillermo Prieto relató así el momento: “(los yankees) pasaban finchados y muy quitados de la pena, cuando de entre los callejones que van a dar a Tarasquillo, salieron nubes de piedra que desgobernaron todita la columna; empezó la frasca, las azoteas vomitaban ladrillos, matatenas y palos; los vivas de la multitud alentaban el alma (…). Desde por el callejó de López que es una cervatana, mero de San Juan Chiquito (una tienda de abarrotes) salió un tiro que trastumbó a un grupo”.
Hoy López sigue resistiendo. Resisten los oficios y los comercios, los descarapelados edificios de cuatro o cinco pisos, y las familias que los habitan. Está el mercado San Juan, junto con los tragaderos para todo tipo de bolsillos y paladares: tacos de carnitas, cecina y obispo —morcilla rellena de cerdo, vaca y ternera—, caldos de gallina y tortas de pavo. También hay almacenes de artículos para el hogar, ferreterías, tlapalerías y tiendas de lámparas.
Los letreros reflejan orgullo y tradición: la marisquería Costa Azul, fundada en 1963; El Salón Victoria, “la casa del cabrito desde 1937”; Casa Marín, donde venden “el mejor huevo del rumbo desde 1917”. Pero la decana de la calle es la afiladuría Laura, atendida desde 1890 por una misma familia.
Con la cadencia del sol que se va, desaparece el murmullo laborioso y los bocinazos dejan de envolverlo todo. Entonces, en la terraza del café se distingue el pregón del vendedor de lotería y la música de un trío que canta “sin ti/no podré vivir jamás/y pensar que nunca más/estarás junto a mí...”.
Fuentes: Alcaraz, Ramón, et al. Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, Conaculta, México, 1991. Enciclopedia temática de la delegación Cuauhtémoc, ddf, México, 1994. Fidel, “Charla dominguera. Memorias de Zapatilla”, en Revista Universal, México, 3 de octubre de 1875.