En la esquina con Venustiano Carranza, un reloj estilo morisco, donado por la comunidad otomana en 1910, marca el ritmo de esta vía, donde la música reposa en los colores y las formas de los instrumentos musicales.
Considerada la calle especializada en venta de instrumentos más importante de América Latina, cuenta con más de cuarenta locales que ofertan jaranas, armónicas y trompetas, tambores y timbales, acordeones, sintetizadores, violines y chelos, la mayoría chinos, pero también las mejores marcas, como las guitarras eléctricas Gibson, de Estados Unidos, o la japonesa Ibañez.
En sus coloridos interiores puede encontrarse desde una plumilla de cinco pesos, hasta un piano Yamaha de un cuarto de cola de 115 mil, apenas parecido al que Agustín Lara alquiló a la casa Wagner y Levin el 10 de junio de 1933, por tan sólo 12 pesos.
De vez en vez, unas manos expertas o de principiantes (rockeros, jazzistas, cumbiancheros o poperos) acarician las brillantes superficies de los instrumentos con ganas de llevárselos a casa, o con suerte los hacen sonar, animando con sus acordes a los transeúntes.
En esta calle permanece además la huella del “Libertador de América” durante su paso por la capital. En 1799 Simón Bolívar tenía 16 años y era ya galante y rebelde. Se alojó en la casa de los marqueses de Uluapa, en la esquina de Ortega y Las Damas (hoy Uruguay y Bolívar).
Cuenta el historiador Artemio de Valle-Arizpe que aquel joven “tenía ancha y desembarazada la frente y sobre ella le caía el pelo en revueltos rizos”. El cronista señala que durante su estancia, aquel teniente de Caracas “principalmente se singularizaba con él la hermana de María Josefa Rodríguez de Velasco, esposa del marqués Alejandro Cosío, la impetuosa María Ignacia, llamada por todos, por el color rubio de su pelo, La Güera Rodríguez”.
Aunque ese gusto no le duró mucho, pues en una comida en Palacio, en la que se encontraba el virrey José Miguel de Azanza, Bolívar defendió sus ideas respecto a la independencia de América, y el oidor de la Real Audiencia, don Guillermo de Aguirre, por orden del Virrey, lo exhortó a dejar la ciudad, apenas un par de semanas después de haber llegado.
Bolívar (llamada así desde 1907) es, pues, una calle que pudiera pintarse en estilo costumbrista, con los materiales que se venden en Casa Serra (No. 87-A), una tlapalería que en los años cincuenta se transformó en la más importante tienda para los artistas de la Ciudad. En esa estampa deberían quedar plasmados el edificio de los ferrocarrileros (en el No. 19), el museo del calzado de El Borceguí (27), el Banco de Londres y México —en donde hoy está la Suprema Corte de Justicia (32)— y el templo del Antiguo Colegio de Niñas (35).
Vía, además, donde se puede terminar el día o comenzar la noche en sus salones y cantinas, entre los que sobresalen, por su tradición, El Gallo de Oro, el Salón Corona (24) y Las Dos Naciones (58). |

Fuentes: González Obregón, Luis, Las Calles de México, Porrúa, México, 1995. Enciclopedia temática de la delegación
Cuauhtémoc, DDF, México, 1994. De Valle-Arizpe, Artemio, Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México,
Diana, México, 1978.
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