
Por VANESSA JOB
El verbo maderear podría definirse así: “irse a la calle de Madero a ligar y disfrutar cuando los profesores faltan a clases”. El verbo se conjugó bastante en el Centro Histórico cuando éste era el barrio estudiantil de la Ciudad de México.
“Nos íbamos a maderear”, cuenta José Manuel Covarrubias, tesorero de la unam, quien estudió en la Escuela Especial de Ingenieros, en lo que hoy es el Palacio de Minería.
“Íbamos a Madero a ver a las muchachas, a las señoras ricas que iban a comprar sus joyas, íbamos a comer salchichas y al cine Rex. Desde entonces era un centro de comercio y diversión”, dice, nostálgico. Pero hoy, agrega, “Madero ha recuperado su brillo”.
Durante la Colonia esta calle tuvo tramos con nombres derivados de los edificios allí emplazados: San Francisco, Profesa y Plateros, éste último porque el virrey López Díaz de Armendáriz dispuso en 1639 que ahí debían congregarse todos los establecimientos dedicados al comercio de oro y plata.
El 8 de diciembre de 1914, Francisco Villa le dio el nombre que lleva actualmente. El mismo Centauro del Norte se encaramó a una escalera y colocó una placa con el nombre del presidente asesinado.
Hoy, desde Eje Central hasta la Plaza de la Constitución, se puede ir a maderear, como hacían los estudiantes de los años cincuenta, y la experiencia promete el hallazgo de templos, bellos edificios coloniales, legendarios hoteles como el Ritz y el Majestic, modernos cafés, tiendas de ropa, centros joyeros y librerías.
En la esquina de Eje Central y Madero, como un soldado de plomo con sus 138 metros de altura, la emblemática Torre Latinoamericana ofrece desde su mirador una vista singular de la urbe. “Parece una maqueta”, dice un niño que la observa desde allí.
Poco más hacia el Zócalo está la Casa de los Azulejos. Su fachada, revestida con miles de azulejos de color azul intenso, fabricados en Puebla en el siglo xviii, alberga uno de los Sanborns más conocidos de la Ciudad.
Enfrente, en la acera sur, aguarda silencioso el templo de San Francisco El Grande, en cuyo atrio se pueden visitar exposiciones al aire libre de escultura, fotografía o instalación.
A su lado está el templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús y poco más adelante, en el número 17, “la residencia de Agustín de Iturbide cuando fue proclamado emperador el 15 de mayo de 1822”. Conocido como Palacio de Iturbide, es hoy el Centro Cultural Banamex.
En contraste con la paz y el silencio que reinan en esos recintos, la calle nunca está quieta. La gente camina apresuradamente mientras que mimos y organilleros buscan conquistarla a cambio de una moneda.
En la esquina con Bolívar está la Casa Borda. Se dice que los largos barandales de la fachada se deben a los celos del rico minero José de la Borda, quien los habría mandado hacer para que su mujer pudiera pasear sin salir de casa.
Un ejemplo del barroco del siglo xviii, la Casa del Marqués de Prado Alegre, aguarda al madereante en la esquina con Motolinía. En la de Isabel La Católica, se dejan admirar el templo de San Felipe Neri (o La Profesa) y el bello edificio La Esmeralda, que alberga al Museo del Estanquillo. Maderear, pues, es un verbo que bien se puede volver a conjugar.
Fuentes: Zárate Toscano, Verónica, “La patria en las paredes o los nombres de las calles en la conformación de la memoria de la Ciudad de México en el siglo xix”, en Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2005. Enciclopedia temática de la delegación Cuauhtémoc, DDF, México, 1994. Taibo, Paco Ignacio, Francisco Villa, biografía narrativa, Planeta, México, 2006. www.sanborns.com.mx/sanborns/azulejos.asp, www.banamex.com/esp/filiales/fomento_cultural/palaciocultura.htm, www.museodelestanquillo.com (páginas electrónicas consultadas en marzo 2009).