

"Antes y despuÉs"
La vida también es distinta en los recintos culturales. Reciben más gente, el personal es más puntual, las operaciones de carga y descarga son más ágiles, coinciden varios funcionarios.
En el Palacio de la Autonomía, un recinto de la unam arrinconadito en Primo Verdad que imparte cursos de idiomas y computación, las visitas entre octubre de 2007 y mayo de 2008 aumentaron 30 por ciento. Tania Cabrera, asistente de Administración de la Fundación unam lo atribuye al retiro de los vendedores, "sin duda alguna".
El Museo Nacional de las Culturas recibe hoy 10 veces más visitantes domingueros —pasaron de 30 a 300—, según Gil Crescenciano, asistente de Promoción. En la Academia de San Carlos, las visitas aumentaron 80 por ciento. Antes "era tan poca la gente que venía, que no llevábamos registro", dice María Quintanilla, secretaria de Apoyo y Vinculación de San Carlos.
La tensión que vivían visitantes, estudiantes y personal en los alrededores de los recintos bajó casi a cero —golpes, asaltos, atropellamientos por parte de diableros y toreros eran comunes. Cabrera, con cinco años en su puesto, apunta: "Ahora es muy grato decir 'trabajo en el Centro".
"A grandes rasgos, estamos felices", dice María Solís, jefa de Vigilancia del Palacio de la Autonomía. "El Centro tiene dos etapas: antes y después de los ambulantes".
campanadas
Los sentidos van de sorpresa en sorpresa. Antes, caminar las tres cuadritas de Seminario a Academia, por Moneda, tomaba media hora; a paso regular se hacen hoy cuatro minutos.
Puedo rodear, examinar, abrazar las esculturas de José Luis Cuevas. En lugar del pregoneo de los vendedores, escucho lejanos los claxonazos de 20 de Noviembre, campanadas, organillos y, de pronto, el rechinido colonial de una puerta de madera al cerrarse.
El olor es distinto, sin la fetidez de antes. La rehabilitación incluye el cambio de redes de drenaje y de distribución de agua potable. Pero ésta no es toda la explicación.
"Uy, ha bajado como 80 por ciento la basura que se juntaba aquí", me dice en la calle de Moneda Mónica Ruiz, una empleada de limpia.
En calles rehabilitadas, las instalaciones de luz, telefonía y fibra óptica corren por el subsuelo, lo que despeja más aún el paisaje. Las banquetas, de concreto hidráulico estampado —como los arroyos— son más amplias y están parejas, así que puedo mirar los detalles más elevados de los edificios sin tropezarme.
Leo también que los índices delictivos han bajado 30 por ciento. "Hay bolitas de policías en cada esquina, así ya no da miedo", me dijo Cabrera, quien hace poco se aventuró por primera vez por los rumbos de Rodríguez Puebla. "Encontré mil tiendas que ni conocía, como una maravillosa de disfraces. Ah, y supe que el Teatro del Pueblo no es un mito".
Unas por otras
No todos están contentos con los cambios, y han debido adaptarse. Quienes eran clientes habituales de los ambulantes, sufren. María Eugenia Flores, comerciante de maquillaje y accesorios en Izcalli, dice: "Sí, es más fácil caminar (por el Centro). Pero ya no están mis vendedores y tengo que andar mucho para hallar la mercancía. Y luego, ellos me daban precio especial, ahora pago más".
Germán Ramos lleva 10 años boleando zapatos en Seminario y Moneda. Se pasa un peine por el pelo engominado mientras dice: "Se nos cayó la ganancia a la mitad", dice, sacudiendo la cabeza. "Fueron dos cosas, que cerraron Argentina y quitaron a los comerciantes. Es que ellos y sus clientes eran nuestros clientes". Pero el turismo ha aumentado, le recuerdo. "Sí, pero los turistas traen pura sandalia o tenis".
Boquiabierta
En Emiliano Zapata, en el Pasaje de la Santísima, una pelota amarilla viene veloz. La siguen unos niños que juegan fútbol y parecen habitantes de la zona. En las bancas —¿aquí había bancas?— la gente hace la digestión charlando, dándose el lujo de estirar las piernas. Dos escenas inimaginables antes de octubre.
Metros adelante, quedo boquiabierta ante el templo de la Santísima Trinidad. La portada, una cascada de cantera que cae en la plaza, es mi propio hallazgo. Me asombra, me duele, el no recordar este sitio. Me doy cuenta de que yo también me había conformado con no venir, con privarme del poderoso estímulo de la novedad que rebosa en el Centro Histórico. Y de que poco a poco podemos recobrarlo, convencernos de que nos pertenece.