Guillermo Tovar de Teresa, Cronista de la Ciudad de México, propuso a Km.cero la difusión de este fragmento del libro Visionario de la Nueva España. Fantasías Mexicanas (1921), del diplomático mexicano Genaro Estrada. Tovar de Teresa explica en entrevista el contexto histórico y cultural en que fue escrito.
Genaro Estrada, 1921.

templo de la SantÍsima, 2008
Desde las torres de la catedral, la ciudad de México es una vasta llanura gris cortada en todas direcciones por las líneas rectas o sinuosas de sus calles. Sus lejanos límites casi no se distinguen a la simple vista y las últimas casas se confunden, a veces, en el término del horizonte. Por la tarde, a la hora del crepúsculo, cuando la luz del sol se prende solamente en las partes altas de los edificios y las calles comienzan a perder sus contornos entre las sobras que llegan, México es todavía la vieja ciudad colonial de hace algunos siglos. Piérdense, desde allá arriba, las particularidades de la vida moderna; desaparecen los detalles que las nuevas civilizaciones han marcado y sólo se distinguen, como en lienzos borrosos, los conjuntos grises de las construcciones y las manchas verdes de las arboledas. Pero contra la luz en fuga de la tarde, destácase neto, inconfundible, todo lo que resalta entre el caserío, todo lo que se eleva por sobre los techos y las líneas de las construcciones.
Y he ahí, por todas partes, las torres, las antiguas torres de las iglesias, de los conventos, de las capillas y de las ermitas; las altas torres de dos cuerpos, delgadas y eminentes, acribilladas por las luces que atraviesan sus ventanales; las torres bajas, como un cubo de piedra, que albergan una sola campana; las torres de remates piramidales, con sus cruces de hierro; las torres redondas, con sus cruces de piedra; torres grises, ennegrecidas por las lluvias y los siglos; o blancas, blancas y resplandecientes de sol, vecinas de los barrios humildes, de las gentes sencillas, de los cristos milagreros y de las abejas que melifican en las rinconadas; unas, con recias campanas de pátina verde; otras, con esquilones que voltean en los gruesos maderos pintados de vivos colores y con campanitas que no cesan de llamar, agitadas por las cuerdas que las beatas tiran desde la sacristía; torres brillantes, con caperuzas de azulejos; torres de mayólicas multicolores y rejas de hierro, como miradores árabes; torres en cuyos nichos se albergan polvosos santos de terracota; o abandonadas, ahora habitáculo de murciélagos; o alegres, adornadas con flores de papel y guirnaldas de encino.
¡Y cúpulas! La cúpula de la Santísima, que parece una compotera; la cúpula de la Soledad, maciza y grave, con sus medallones blancos sobre la piedra negruzca; la cúpula del Señor de Santa Teresa, eminente y esbelta, con su linternilla como un tibor de la China; la de Loreto, que es un caracol que avanza los dos cuernos agudos de sus torrecillas; la de Santa Inés, que siempre lleva a su traje de fiesta, con galones anaranjados y azules; la de la Enseñanza, birrete de doctor teologal; la de la Encarnación, que reza al cielo oraciones en e
smalte blanco; la de Santa Catarina, ancha y aplanada, son su orla de ventanas; cúpulas bajas y poligonales; cúpulas con cinturones de pilastras; cúpulas ovoides; domos bastos hechos para albergar allá abajo, en los cipreses de las iglesias, las suntuosidades de la liturgia; para que suenen en sus paredes cóncavas el trueno de lo órganos; o parvos y sencillos, acogedores de las voces de los niños en las tardes blancas del mes de María y del zureo de las palomas del valle mexicano en las mañanas calurosas de julio.

CÚpula de la Catedral vista desde la escalera del
campanario,2009
Por todas partes la mirada encuentra en las salientes de las construcciones la visión de la ciudad colonial. Ahora son los remates que se elevan sobre las fachadas de las mansiones, de los antiguos colegios, de los templos; aquellos son los de la casa del conquistador; estos otros los del real palacio; ahí están todavía los que rematan el seminario de San Ildefonso; por allá se distingue aún los de la casa del Conde del Valle de Orizaba: ved cómo se destacan, cual chinescas torrecillas de kaolín, estos del palacio de los azulejos. Y todos de piedra, blancos, grises, negros; remates que figuran birretes de la vieja universidad; toscos remates franciscanos, hechos para coronar fortalezas y sostener arcabuces defensores de la fe; almenas piramidales; remates bárbaros, labrados por recios artesanos; remates de bola, de llamas, de hojas, de pebeteros, de urnas…
Allá abajo la ciudad ha perdido sus contornos; la gente son sombras que se deslizan con apresuramiento; suena el ángelus; sube de las calles un sordo rumor de cosas que hablan y de cosas que ruedan; apenas en la serranía accidental hay una fulguración violeta que va ahogándose; las torres, las cúpulas, las almenas, se dibujan contra el cielo como siluetas en una pantalla. A estas horas y desde la torres opuesta, don Francisco Cervantes Salazar debe de contemplar la ciudad, su vieja ciudad. Por allá abajo pasa la sombra del señor don Carlos de Sigüenza y Góngora, camino de su casa en la vecina calle del Hospital del Amor de Dios. Junto al Palacio hay gente armada: quizás son los alabarderos que montan guardia. Ahora mismo, allí enfrente, el Cabildo discute una merced de agua que le ha solicitado Antón Gallo, alarife…
De pronto, como si se hubiera alzado un telón, diez mil lámparas eléctricas se encienden en toda la ciudad.
Texto tomado del libro de Genaro Estrada Visionario de la Nueva España. Fantasías Mexicanas, Biblioteca de Autores Mexicanos Modernos, Ediciones México Moderno, 1921.

Guillermo Tovar de Teresa, Presidente del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, propuso a Km.cero la difusión de este fragmento del libro Visionario de la Nueva España. Fantasías Mexicanas (1921), del diplomático mexicano Genaro Estrada.

templo de la Profesa, visto desde el Museo del Estanquillo
Tovar de Teresa explica el contexto histórico y cultural en que fue escrito, en medio de la efervescencia de una revolución que no acababa de terminar.
“Los años de la Revolución fueron la gestación de un espíritu mexicano que recuperaba su identidad, su originalidad y, por consecuencia, su pasado. No es que hubiera nostalgia, en sentido retrospectivo ni evocador, sino la necesidad de reencontrar la identidad perdida en el curso del siglo
xix, identidad que perdimos por el rompimiento que hubo con España y que trajo como consecuencia voltear a los dos países que significaban la vanguardia en ese momento, Estados Unidos y Francia. El primero fue el paradigma de los liberales y el segundo el de los conservadores”.
“La modernización, entre comillas (de las etapas juarista y porfiriana), culminó en el inicio de una transformación esencial que intentó un programa político, económico, social, pero sobre todo cultural”.
“La Revolución Mexicana probablemente no logró todo lo que se propuso en lo político, ni en lo económico ni en lo social, pero en lo cultural, sí. En lo cultural sí logró una transformación de fondo, entre otras cosas porque había surgido una generación, que eran los jóvenes del Ateneo de la Juventud, que estaban todos con la obsesión de recuperar la identidad mexicana; hablo de Manuel Toussaint, José Vasconcelos, Federico Mariscal y Pedro Enríquez Ureña, entre otros”.

torre del templo de santo domingo
“En este contexto, Sinaloa aporta un intelectual sensible, inteligente, que es don Genaro Estrada. No solamente es un hombre valioso por haber hecho una doctrina tan importante en lo que se refiere al derecho internacional, sino que escribe un libro maravilloso que se llama
Visionario de la Nueva España, que es un canto, un texto alucinante sobre la ciudad colonial”.
“Este texto revela la sensibilidad, que estaba tan a flor de piel, de esta generación revolucionaria frente al pasado que quería recuperar, es una actitud muy opuesta a la que estamos viviendo ahora, es decir, el Centenario (de la Revolución) lo vamos a celebrar en medio del hibridismo, ya no de la autenticidad, sino en medio de una confusión muy grande con nuestra propia identidad”.
“Genaro Estrada es originario de Sinaloa, pero viene a la capital y descubre la ciudad como parte de un fenómeno social, cultural… fue un
flâneur (paseante), dentro del concepto de Walter Benjamin: ‘el viajero contemplador y reflexivo que disfruta a su manera del paisaje, el sujeto que erra lentamente por las calles, que se entrega ociosa, imaginativamente, sin un plan prefijado, a lo que le ofrece el destino”.
(S. O.)
algunas palabras raras...
Melifican/melificar: Dicho de las abejas. Hacer la miel.
Pátina: Especie de barniz aceitunado que se forma en los objetos antiguos de bronce por la acción de la humedad.
Esquilones/esquila: Campana pequeña usada para convocar a actos comunitarios.
Compotera: Vasija con tapadera en que se sirve compota o dulce de almíbar.
Pilastras: Columnas de sección cuadrangular.
Parvos: Pequeños.
Zureo/zurear: Dicho de una paloma. Hacer arrullos.
Kaolín/caolín: Arcilla blanca muy pura que se emplea en la fabricación de porcelanas, papel y medicamentos.
Arcabuz: Arma antigua de fuego, con cañón de hierro y caja de madera, semejante al fusil; se disparaba prendiendo la pólvora del tiro mediante una mecha móvil colocada en la misma arma.
Francisco Cervantes Salazar (Toledo, ¿1514?-México, 1575). Escritor español formado en Salamanca; en 1551 pasó a México, de cuya universidad fue rector. Murió siendo canónigo de la catedral de México.
Carlos de Sigüenza y Góngora (Ciudad de México, 1645-1700). Científico, historiador y literato mexicano, contemporáneo de Newton y Leibniz.
Alabardero: Soldado de infantería cuya arma distintiva es la alabarda, un asta de madera cruzada en la punta por una cuchilla.
Merced de agua: Reparto que se hacía de ella en algunos pueblos para el uso de cada vecino.
Alarife: Durante la Colonia, arquitecto o maestro de obras.
Fuentes: Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua; Wikipedia, consultado el 10/07/2009.