Durante siglos, generaciones de gatos han vivido en este edificio,
compartiendo su suerte. En los tiempos conventuales fueron mascotas mimadas; en los de decadencia, fueron semisalvajes. El esmero con que se les protege hoy ha sido reconocido en el ámbito internacional.
Por Patricia Ruvalcaba

Actualmente 20 felinos viven en los patios y escondrijos de la
Universidad.
En el pasillo poniente del Gran Claustro, un gato color arena retoza en un cesto. Otro, de pelaje atigrado, se relame una pata recostado sobre un cojín.
En la zona asignada a los gatos en la Universidad del Claustro de Sor Juana, hay cuatro cestos, tres cojines, un dispensador de agua y uno de croquetas. Un cono forrado con mecate es el área de juegos. También disponen del inmenso patio.
Como los alumnos ya salieron de clases, la quietud del patio parece absoluta. Pero si se aguza la vista, se notan fugaces y suaves variaciones de esa calma, aquí y allá.
Bajo un arbusto, una mota blanca salta de un rincón a otro y se esfuma en la maleza. Entre los bancos, un ágil gato negro acecha, en plan de caza. Desde el lado norte, un gato rubio llega a la fuente y ahí se queda, parpadeando perezosamente.
¿Sor Juana tuvo gatos?
Aquí siempre ha habido maullidos. “A las monjas se les permitía, además de sus esclavas o sus sirvientes, tener animales de compañía. La mayoría eran gatos, pero podían ser aves, por la posibilidad de tenerlas en su celda”, explica Daniela Acosta, Subcoordinadora de Editoriales de la Universidad. Dulce y cálida, ella es una de las responsables del cuidado de los felinos.
Sor Juana Inés de la Cruz vivió desde 1668 y hasta su muerte, en 1695, en el convento de San Jerónimo, que hoy aloja a la Universidad; sus restos descansan aquí, en el coro bajo del ex templo. Si la
Décima Musa tuvo algún gato, no está claro. “Hay un texto donde ella hace mención de un gato, no se sabe si propio”, dice Acosta.
Como sea, en 1867, por efecto de las Leyes de Reforma, las monjas fueron exclaustradas y el edificio, ocupado como campamento y hospital militar. A fines del siglo
xix fue propiedad de Antonio Rivas Mercado, quien lo heredó a sus hijas Antonieta y Alicia en 1927.
En 1932 el templo fue declarado monumento y en el resto de la propiedad, fraccionada, se instalaron desde un hotel de paso y una panadería, la Casa del Estudiante Nayarita y una lechería, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y el Smyrna Dancing Club, hasta un estacionamiento y vecindades.
Las colonias de gatos eran muy comunes en la ciudad virreinal —y lo siguen siendo—, dice Acosta. De hecho, se procuraba tenerlos para evitar la proliferación de plagas. En la etapa previa a las obras, el predio estuvo abandonado y “los vecinos dejaban gatos aquí (…), esto estaba lleno de gatos” que vivían de un modo semisalvaje.
Tras un decreto presidencial de expropiación, a partir de 1976 se llevaron a cabo obras de exploración y restauración, durante las cuales se hallaron esqueletos felinos. “No era que los enterraran con las monjas, como hacían los egipcios, simplemente al morir los enterraban aquí”, aclara Acosta.
En 1979, apenas abrió la institución educativa, “el primer gato es una hembra, que no se sabe si llega o ya estaba dentro del inmueble, y se embaraza y tiene gatos…”.

Igor, Peggy, Lucas, Goliat, Guapo, GÜero,Rita, Colorina,
Mapache, Zeus…
Asuntos felinos
Alegre y activa, Rosa María Stuht es la directora general de Administración escolar y asuntos jurídicos de la Universidad. Pero en sus “ratos libres” ejerce de “vice rectora de Asuntos felinos”, dice entre risas.
Ella es el alma de toda una política institucional, decantada en los últimos diez años, sobre este tema.
Tal vez por la costumbre, explica Stuht, una vez abierto el Claustro, la gente seguía dejando gatos “en cajitas” e incluso arrojándolos al edificio por las ventanas; otros llegaban por sí solos. “Se creía que esto era un refugio”.
Muchos animales estaban enfermos, sucios y lastimados, eran huraños o incluso agresivos. “A algunos me ha costado dos o tres años poder acariciarlos”.
Solían asolearse en el pequeño Patio de los Gatos —de ahí el nombre—, contiguo al Gran Claustro, pero después “fueron ganando terreno” en el edificio. La situación hizo crisis hace 10 años, cuando la población era de más de 100 ejemplares. Causaban olores desagradables y reacciones alérgicas en algunos estudiantes, además de que era casi imposible vacunarlos o curarlos.
“Tomamos medidas y creamos una conciencia”, dice Stuht, quien creó un programa de esterilizaciones, acogida limitada, adopciones y concienciación”.
“Hacíamos 20 o 30 esterilizaciones en un día, en un salón. Atrapábamos a los gatos que podíamos, los esterilizábamos y los soltábamos, así pudimos controlar la población”, recuerda Stuht.
Las adopciones siguen un protocolo con estándares internacionales. Los adoptantes llenan un formulario y se verifica que tengan las condiciones –de espacio, sanitarias, etc.– para acoger al animal.
“Si alguien dice: ‘quiero cuatro gatos negros’, por supuesto no le doy ni uno blanco”, dice Stuht, en referencia a los practicantes de cultos satánicos.
A cada caso se le da seguimiento, los adoptantes envían periódicamente fotos del animal. Algunos gatos han sido rescatados de hogares que resultaron inapropiados; otros, fueron devueltos por no haber “aceptado” al dueño, y peregrinaron antes de hallar su lugar.
Los estudiantes, que a menudo rescatan gatos abandonados y los llevan al campus, son sensibilizados en cuanto a hacerse responsables de la esterilización y vacunación del animal, antes de buscarle un hogar. A quienes son sorprendidos maltratando a un gato, se les educa en el respeto a todo ser vivo.
La Universidad aporta los alimentos y las entrevistadas, mediante campañas de cooperación entre la comunidad universitaria —y a menudo de su propio bolsillo—, sufragan la atención médica. “Tenemos una veterinaria que nos da crédito”, dice Stuht, guiñando un ojo. De cuando en cuando, ella obsequia a los gatos un festín de atún enlatado.
Gracias a esa política, hace cuatro años que la situación es estable, con una población de 20 animales, número que permite cuidarlos y aprovechar sus beneficios.
Para Stuht y Acosta, esos esfuerzos son parte del espíritu humanista que caracteriza al Claustro. En 2009, fueron reconocidos y alentados por la Humane Society International, organización no gubernamental dedicada a la protección de los animales en todo el mundo.
Ambas lamentan que hoy los gatos estén desacreditados y se les trate cruelmente. Ellas los han visto bañados en aceite de motor, quemados con agua hervida o envenenados con anticongelante.
“Se cree que son animales convenencieros, desleales. No es cierto”, explican. “El gato puede ser más leal que un perro, el vínculo que crea es muy fuerte, porque él te elige a ti. Nunca te va a dar afecto porque le das comida”.

Personal del Claustro se ha organizado para ofrecerles
alimento, atenciÓn mÉdica y un programa de adopciÓn.
La nÓmina
Igor, Peggy, Lucas, Goliat, Guapo, Güero, Rita, Colorina, Mapache, Zeus, Chillón, Manolo, Benito, Nube, Lucy, Bagheera, Chatrán, Hidra, Vampi y Bico. Ésta es la nómina gatuna oficial del Claustro. (Dos más viven en la azotea, pero no han logrado atraparlos).
Parte de la vida del Claustro, muchos estudiantes “los apapachan”, les llevan fruta, leche. Algunos profesores los han incluido en sus clases y un fotógrafo montó un blog dedicado a ellos.
“El año pasado sacamos a todos los gatos para vacunarlos”, cuenta Stuht. “Llegaron los alumnos y al no encontrarlos, nos reclamaron. Tuvimos que sacar un comunicado informando que los gatos estaban en el veterinario”.
Las leyendas de gatos actuales o ya idos abundan.
“Mijares era muy bonito, anduvo con todas las gatas de aquí. La Buena y La Mala, que eran hermanas, tuvieron hijos con él”, recuerda Silvia Montiel, asistente de Stuht.
“Malandrín, llegó gordo y no podía caminar”, dice Stuht. “Era muy agresivo y les dijimos a los de la limpieza que nos ayudaran a agarrarlo y no quisieron, decían que era imposible. Pero lo agarramos y lo atendimos”.
“Guapo vivía en los ductos… Nube sólo tiene dos dientes arriba y dos abajo… Lucas es el más viejito, tiene aquí más de 10 años, y Goliat acaba de llegar este año”.
La lluvia se torna llovizna, y hay más variaciones en el paisaje. El gato que se refugió bajo la fuente, camina hacia los cestos. Otro bebe agua de un charco recién formado. Uno atigrado se despacha croquetas en el dispensador. Otro se deja acariciar por unos jóvenes sentados en una banca.
Y en el pasillo sur, inmóvil junto a una columna, una figura blanca con manchas cafés parece una efigie de Bastet, la diosa egipcia de la armonía y la felicidad, cuya representación solía ser una gata esbelta.