
“Yo fui casada y enviudé, y me quedé con unos niños chiquitos y tenía que mantenerlos, les di primaria y secundaria, ya después se fueron con mi suegra a Veracruz. Estoy sola, no tengo quién me mantenga y tengo que trabajar, ya no trabajo diario, pero uno que otro día sí me gano mis centavos. Para mí esta casa es algo muy bueno, porque vengo de lejos y no tengo a dónde ir, aquí tengo un solar, un refugio donde me defiendo de la noche”.
En este apretado testimonio, Silvia, de 65 años, resumió su vida y el propósito de Xochiquetzal, la institución donde ella vive desde hace tres años.
Fundada en 2005, Xochiquetzal —nombre de la diosa azteca del amor— alberga actualmente a 23 mujeres de entre 60 y 94 años de edad. La población, explicó la psicoanalista Rosalba Ríos, responsable de la casa, es flotante, “son más o menos las mismas, pero van y vuelven”.
Algunas inquilinas todavía se dedican al trabajo sexual, mientras que otras consiguen algún ingreso mediante ocupaciones eventuales, como auxiliar en algún comercio, en la limpieza de oficinas o en la venta de dulces y cigarros.
Ríos informó que casi todas las mujeres que viven en la casa son del Centro. “Hace poco la Secretaría de Desarrollo Social hizo un censo que estableció que hay más de 150 mujeres de la tercera edad que ejercen la prostitución en la zona, es decir, en La Merced, Granaditas, Plaza de la Soledad, Loreto y Tepito. De las jóvenes, se habla de 3 mil 500 mujeres, incluidas niñas”.
Puertas abiertas
“Las mujeres que están aquí son sobrevivientes, han estado expuestas, desde una situación de vulnerabilidad extrema, a la violencia, a la explotación, a las enfermedades. Aquí hay mujeres que fueron vendidas por sus padres, que han estado en prisión”, expuso Ríos.
La casa se encuentra en lo que fue el Museo de la Fama, en la plaza Torres Quintero. Es un amplio edificio del siglo xviii, con un patio central que deja oír el rumor de una fuente. Allí las mujeres descansan y realizan algunas de las actividades grupales.
“Ésta tiene que ser una casa de puertas abiertas, no es un asilo. Ellas comen, duermen y tienen actividades aquí, y el objetivo principal es que tengan una vida y una muerte dignas”, continuó Ríos.
Todos los servicios que ofrece Xochiquetzal son gratuitos, pero al entrar las mujeres adquieren responsabilidades en relación con su funcionamiento. Algunas de las tareas domésticas se distribuyen entre ellas.
En el patio, pegado en la pared, un horario cuidadosamente escrito señala lo que le corresponde a cada quien. Una vez a la semana les toca ayudar en la cocina, otra barrer el patio, otra lavar los baños.
“La participación en las tareas de la casa es importante, porque va dando sentido de pertenencia y de la correspondencia entre derechos y obligaciones. Se hacen cargo de la limpieza, de la cocina, de su casa”, explicó Ríos.
A Elena, de 60 años, no le gusta el trabajo doméstico, “pero lo hago, lo tengo que hacer para ganarme mi lugar”.
En cambio, Silvia, de 65 años, a veces se ofrece a hacer lo que haga falta. “El miércoles me toca la cocina, los sábados hacer los baños y luego, si veo que no barrieron el patio, me acomido”.
En la casa se organizan actividades como los talleres recreativos de pintura y teatro, o las pláticas sobre salud, violencia, derechos humanos o derechos ciudadanos.
Muchas decisiones sobre lo que se hace o no en la institución se toman de manera colectiva. “Tenemos reuniones semanales en las que se habla de los problemas que hubo, de las tareas y el funcionamiento de la casa, y también se decide, por ejemplo, sobre los talleres que se van a realizar. Todas tienen que participar en ellos, pero también deciden si se imparten o no”.
Ciudadanas con derechos
Otro servicio que presta la casa es el acompañamiento para que las mujeres realicen los trámites necesarios para recibir todas las prestaciones a las que tienen derecho por ser ciudadanas mexicanas de la tercera edad.
Denise, de 65 años, ejerció durante 45 años. Aquí habla de su salud: “Hace poco me fui con mi hijo (…), estaba muy sola y como estoy enferma me da miedo que un día me pase algo. Soy hipertensa, me sube la presión, me han quitado tres dedos de un pie y dos del otro, porque tengo diabetes. Me atiendo aquí, en el (hospital) Gregorio Salas”.
Liliana Sánchez tiene sólo 22 años de edad y poco más de dos meses como trabajadora social en Xochiquetzal. Ella da seguimiento al tema de atención a la salud, porque si bien en la casa hay una doctora permanentemente, muchas de las inquilinas padecen problemas que deben ser atendidos por especialistas.
La mayoría padecen alguna enfermedad, sobre todo de las propias de la vejez, como hipertensión, diabetes, artritis y artrosis.
“Las acompaño a las citas”, dijo Sánchez, “porque ir solas no les gusta o ya no pueden. A veces nos ponen muchas trabas para atenderlas y yo siento que es por el tipo de población que son, hay discriminación. Yo también trabajo con ellas el tema de los derechos, que exijan atención y no se dejen agredir”.
Asimismo, “con las que no tenían acta de nacimiento, o la credencial de elector, ya empezamos sus trámites, también los que se necesitan para que tengan la credencial del inapam, la tarjeta para el metro gratuito y la Sí Vale, que es con la que el gdf les otorga la pensión (de 800 pesos mensuales)”.
“A veces hay mucho conflicto”
“Somos muy complicadas, la convivencia es difícil, porque como hemos sufrido un poco, todas andamos con la espada desenvainada y a veces estamos bien y a veces estamos mal. Se vuelve uno muy huraña, de todo pelea, de todo protesta”, reconoce Denise.
Las habitantes entrevistadas confirmaron esa observación. Mirna, de 74 años, señaló: “Aquí no nos hace falta nada, pero a veces hay mucho conflicto con las demás compañeras, hay envidias, competencia, eso me molesta y hace que me den ganas de irme”.
Antes de dirigir la casa, Ríos acudía allí semanalmente a dar terapia psicológica a las mujeres. Para ella, “su hostilidad se entiende cuando conoces sus historias, la vida de explotación absoluta que han llevado, que a veces empezó con los padres y siguió con el marido y los hijos. Es una cadena de esclavitud que aunque nos asombre, todavía existe”.
Nace Xochiquetzal
“Antes nos quedábamos en la calle, en los parques, hasta que Carmela Muñoz se puso a ir a juntas, a reuniones, para conseguir la casa”, relata Denise.
Muñoz, trabajadora sexual de la zona, preocupada por las condiciones en que vivían algunas de sus compañeras mayores, se acercó a la actriz Jesusa Rodríguez.
Jesusa, junto con Martha Lamas, Elena Poniatowska y la organización civil Semillas plantearon la iniciativa a Andrés Manuel López Obrador, entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal (gdf).
“Él entregó la casa en comodato y el gdf aportó recursos para su remodelación. Semillas es actualmente la instancia receptora de los fondos para la administración de la casa”, precisó Ríos.
En 2005 se llevó a cabo una remodelación y en noviembre de ese año se inauguró formalmente la casa.
Jessica Vargas, administradora de la institución, y Ríos, explicaron que los recursos con que funciona Xochiquetzal vienen de varias fuentes. Una parte la consigue Semillas a través de donaciones realizadas específicamente para la casa.
También aportan el Instituto Nacional de las Mujeres (tanto el federal, como el del D. F.), y el dif, que proporciona los alimentos que allí se cocinan.
“Felices, aunque sea a ratos”
“Lo que hace la diferencia cuando llegan aquí (las mujeres) es que dejan de ser y sentirse objetos y son personas que empiezan a pertenecer a algo”, aseguró Flor Peña, tesista en psicología y también parte del personal operativo de la casa.
Ríos, quien lleva diez meses al frente de la institución, hizo un balance puntual: “Yo creo que hemos avanzado mucho, cada vez aceptan más las reglas, son más cuidadosas con su persona, van a las consultas. El proceso es muy lento, porque estás trabajando con mujeres mayores, a las que les cuestan mucho trabajo los cambios de actitud, y también les cuesta mucho trabajo mirarse, asumir que son personas que tienen derechos y que merecen ser respetadas. No lo creen”.
“Las expectativas de la casa tienen que ver con poder atender a más mujeres y darles la mejor atención posible, que ninguna de ellas esté sola en el momento de su muerte y que sean tratadas dignamente durante toda su estancia en la casa, que dejen de tener incertidumbre sobre dónde van dormir o si van a comer. Y que tengamos algo que las pueda hacer felices, aunque sea a ratos”, concluyó.
| “Anduve rodando por muchos lados” |
Silvia, 65 aÑos. Laura, 60 aÑos. Mirna, 74 aÑos. denise, 65 aÑos. Adriana, 75 aÑos. |
Si quieres contribuir, deposita tu donativo en la cuenta 4029273042 del Banco HSBC, a nombre de Casa Hogar Xochiquetzal. Sociedad Mexicana Pro Derechos de la Mujer.