![]() Todos los domingos, desde hace siglos, concluye e inicia un ciclo que regenera la energía de la ciudad. Jóvenes que habitan por todo el distrito viajan al Centro para seguir haciendo del parque uno de los principales lugares del encuentro amoroso. |
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| POR JARDIEL ZILAHY | |
En 1770 el virrey Carlos Francisco de la Croix emprendió una remodelación de la Alameda Central. Se rediseñó su cuadratura, se instalaron fuentes y se realizaron múltiples composturas. La transformación lo convirtió en el lugar favorito de los enamorados. Buenos mozos y doncellas casaderas se entregaban al ritual del romance y, entre guiños, pañuelos, gestos y signos, comenzaban a hacer la corte. Todos los domingos, desde hace siglos, concluye e inicia un ciclo que regenera la |
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energía de la ciudad. Jóvenes que habitan por todo el distrito viajan al Centro para seguir haciendo del parque uno de los principales lugares del encuentro amoroso. No son criollos ni pertenecen a alguna casta aprobada, la mayoría son muchachas y muchachos que hace mucho, o muy poco, vinieron de sus pueblos en Guerrero, Oaxaca, Puebla o Chiapas, a buscar una vida mejor, aprovechando las inciertas oportunidades que la ciudad ofrece. Y están los otros, los del barrio, los chilangos. Ellos y ellas, hijos de los hijos de la tierra, habitantes del reverso de la historia, a veces sombra en los hogares o cal y cemento de las calles, se hacen presentes. Trabajadoras domésticas, vendedoras, obreros, albañiles, soldados. Desde muy temprano, una fuerza extraña los hace emerger del suelo, a través de las puertas abiertas del metro Hidalgo o Bellas Artes, o se dejan caer como gotas de los autobuses que navegan el ruidoso torrente del Eje Central. El vendaval del deseo los arrastra como flores y aves de extravagantes colores, y los mueve o aquieta en los jardines y andadores. Sin embargo, algo misterioso ocurre con esta representación. Todo parece predispuesto para que se realice. Maribel y Luis Fernando son novios desde hace cuatro meses. La prima de ella es novia de un amigo de él. Aquéllos se conocieron en un paseo dominical y a la siguiente semana los presentaron detrás del Hemiciclo a Juárez. Cuando los vi, caminaban abrazados lentamente por uno de los senderos. Un contraste resaltaba. Ella de 17, con su sobrio y sencillo arreglo lucía muy bonita, vestida de arriba abajo con varios tonos de gris, que acababan en unos blancos zapatos de piso, los que a su vez enmarcaban unas simpáticas calcetas de claro azul cielo. Él de 19, con cabello en cola de caballo, un bigote poco animado, una camiseta negra en la que Alex Lora te saludaba y La Virgen te despedía, pantalón de cholo y botas. Con la mano libre, cada uno sostenía un enorme vaso de agua de Jamaica. Se sentaron en una banca a pasar el rato. Era obvia la emoción, la impericia, las ganas y, así, se sucedieron las caricias, los besos y las risas. No hubo un momento en que se apartaran, pues se dedicaron a estar muy juntos, lo más que se pudiera. Entonces, para mí se hizo más claro todo. La soleada tarde de domingo era para ellos. Por todas partes, otras tantas parejas o grupos de jóvenes formaban el espectro multicolor y sonoro que los envolvía. Maribel y Luis Fernando eran protagonistas de una representación, la escena intermedia de una obra de cientos de actos e intermedios. Cuando volvieron a caminar, ahora en dirección de lo que fue la Plazoleta de San Diego, donde alguna vez ardió la hoguera de la Inquisición, debían abrirse paso entre todo lo que para su felicidad se ofrecía: regalos, rosas, globos, fotos. Televisores a uno y otro lado, desde donde Juan Gabriel, Luis Miguel o José José les dedicaban sus canciones. Y donde a cada paso grandes bocinas emitían su propia banda sonora, animándolos a seguir con el noviazgo. |
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—Aquí nos conocimos y aquí nos vemos. Sólo los sábados en la noche y los domingos. “…Pero sé que a mi destino siempre se impone un combate más dejo que lo arrebate mi sentimiento más fino…”. —Me gusta venir porque me la paso bien y estoy contenta. “Amor mío no te vayas que yo no quiero verme solo otra vez…”. —Es que es buena onda y muy inteligente. “Y yo soy, el que te llena tu crucigrama…”. —Pues quién sabe cuánto dure, pero con él me río y me trata bien. “Nadie puede definir este amor, ni un premio Nobel de poesía…”. |
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Maribel y Luis siguieron con lo suyo, que era caminar y mirarse, y reírse y besarse.
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