Cinematógrafo Cine-Club es el nombre que Jorge Alcalde le dio hace un siglo
a la sala mexicana donde por primera vez se ofreció permanencia voluntaria,
venta de refrescos y café, así como una “sala de luto”.
Por Gabriel Rodríguez Álvarez

El cinematógrafo llegó a México en 1896. Bien recibido por el presidente Porfirio Díaz, el invento ganó poco a poco prestigio entre la población urbana. Las primeras exhibiciones fueron en lugares provisionales como salones, lotes baldíos, auditorios y teatros, hasta que llegó a tener su propio espacio. Costó tiempo y esfuerzo demostrar que no era un simple entretenimiento y que incluso podía ser un negocio para quienes se arriesgaran invirtiendo en él.
    En la Ciudad de México se aprovechó una casa virreinal en el Centro, que perteneció al minero José Borda, para abrir en 1906 el Salón Cinematográfico; no se sabe de quién fue esta iniciativa, pero en 1909 Jacobo Granat, su nuevo dueño, lo reabrió con el nombre de Salón Rojo; un imponente sitio de entretenimiento que incluía dos salones de exhibición, un cuarto de espejos, una muestra permanente de aparatos ópticos e incluso una escalera eléctrica.
    También en 1909 se abrió al público un salón cinematográfico en la esquina de 5 de Mayo y Santa Clara (hoy Motolinía), en la planta baja del Edificio París. Durante los dos años que duraron sus actividades, llevó el nombre de Cinematógrafo Cine-Club.
    Jorge Alcalde, su propietario, había fundado poco antes algunos otros salones dedicados a la exhibición cinematográfica en México y el negocio del cine le venía de familia. Su madre, Brígida González, viuda de Alcalde, participó en las primeras importaciones y compra-ventas de películas de segunda mano entre 1899 y 1900.
    El inmueble donde inauguró su nueva empresa fue construido en 1906 y alojaba a la Compañía Bancaria de Fomento y Bienes Raíces de México S. A., también llamada Societé Financière du Mexique.

Inventando el futuro
Para incrementar su atractivo, los empresarios cinematográficos resaltaron a los protagonistas y autores de las cintas, con lo que transformaron la difusión y la programación. En 1909, Jorge Alcalde mandó publicar en periódicos anuncios que enlistaban los títulos de las películas a exhibirse, con los nombres de los principales artistas, la casa productora y la longitud de cada cinta.
    El cine experimentaba innovaciones y, según el periodista capitalino Rafael Bermúdez Zataraín (1896-1934), el Cinematógrafo Cine-Club se distinguió por tener un patio, con su servicio de café y refrescos, y un templete pegado al salón de proyecciones cuádruples, con dos pantallas y graderías que se elevaban en sentido inverso; para contar las películas, era común incluir frases y explicaciones en fondos negros (llamadas títulos), que ayudaban a comprender las historias.
    La proyección hacía que los títulos se vieran a veces al revés, por lo que se intercalaban para que ambos públicos pudieran enterarse de las tramas. En el templete se instalaba la Orquesta Típica, fundada en 1901 por el músico Miguel Lerdo de Tejada, que según la Sociedad de Autores y Compositores de México fue el primero en acompañar proyecciones cinematográficas con sus acordes.
    Bermúdez Zataraín recordó en la revista Rotográfico (7 de septiembre de 1927), que el éxito del Cine-Club se debió a la manera de presentar el espectáculo en un espacio para ochocientos espectadores y en donde se reformó radicalmente el sistema de explotación, al establecerse la permanencia voluntaria en el cine mexicano. Por sólo treinta y cinco centavos, el visitante tenía oportunidad de ver películas, escuchar audiciones, conocer cantantes y pianistas; el local ofrecía un servicio de café y refrescos, pero no era obligatorio el consumo; las damas tenían un espacioso local en donde podían reunirse a conversar y arreglar su apariencia; también contaba con una sala de luto para familias en duelo que no querían ser vistas en sociedad.

Persiguiendo a Europa y encontrando a México
Sin embargo, aunque los espacios físicos mejoraron, empezaron a manifestarse síntomas de aburrimiento en cuanto a los temas que ofrecía aquel juguete óptico.
    Hacia 1906, comenzó una época de adaptaciones históricas y literarias que quiso superar la producción de “vistas” cinematográficas y tuvo impulso en Italia, Dinamarca, Estados Unidos y especialmente en Francia. De este tipo de realizaciones, en el Cinematógrafo Cine-Club se proyectaron las principales, producidas por los hermanos Laffite: El asesinato del Duque de Guisa y El regreso de Ulises.
    El mejoramiento de los salones y esas producciones “de arte”, buscaron agradar a los estratos altos de las sociedades y para ello echaron mano del teatro y sus nombres célebres. Como observó Georges Sadoul, reconocido historiador del cine, “el anonimato había sido la regla del cine primitivo. Con la Film d’art comenzó el reinado de las vedettes, indispensables para conquistar al público de los teatros elegantes”.
    De acuerdo con Aurelio de los Reyes, especialista en la historia del cine nacional, el Cinematógrafo Cine-Club “intentaba atraer a su club a la elite social porfiriana, a la que asistía al Jockey Club, a la que escuchaba el vals Club Verde de Rodolfo Campodómico; a la que añoró a don Porfirio después de su partida a París. Alcalde le ofrecía comodidades y le decoró el interior del cine con ‘emparrados art nouveau’; trataba de atraer a la crème de la crème porfiriana”.
    También vieron cintas basadas en medios de transporte y personajes como El aeroplano de los hermanos Wright, El aviador Santos Dumont, Globo alemán en Francia y Gran semana de aviación, así como acontecimientos retratados en 1909, como La entrada del Señor Mora, y el Incendio del teatro Guerrero de Puebla, ambas de Enrique Rosas.
    En 1910 se ofrecieron De México a Chilpancingo y El suplicio de Cuauhtémoc, producidas por la Unión Cinematográfica. El 2 de junio de 1911, semanas después de que Porfirio Díaz se comprometiera en Ciudad Juárez a renunciar al mando, el Cinematógrafo Cine Club presentó el hecho mismo en Conferencias de paz a orillas del Río Bravo y Los acontecimientos de Ciudad Juárez, también de la Unión Cinematográfica.
    Los cambios en la programación reflejaron el ascenso de la temperatura de la política nacional. Díaz partió al exilio y detrás de él muchos de sus seguidores. En 1912 Jorge Alcalde cerró las puertas del Cinematógrafo Cine-Club y partió a París. No se saben las razones precisas, pero entre sus legados al cine nacional, está un vocablo que resurgiría once años más tarde en aquella ciudad europea, ligado a una de las primeras revistas especializadas en cinematografía: Le Journal du Ciné-club, concebida por Louis Delluc.

Bibliografía (resumida por cuestiones de espacio): Francisco H. Alfaro y Alejandro Ochoa, La República de los cines, Clío, México, 1998; Aurelio de los Reyes, et al., 80 años de cine en México, Filmoteca de la unam, México, 1977 y Filmografía del cine mudo mexicano 1896-1920, Filmoteca de la UNAM, México, 1986; Ángel Miquel, Por las pantallas de la Ciudad de México, Universidad de Guadalajara, México, 1995; Georges Sadoul, Historia del cine mundial, Siglo xxi Editores, México, 1995; Gabriel Rodríguez Álvarez, Contemporáneos y el Cineclub Mexicano, revistas y cine clubes; la experiencia mexicana, Tesis Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, México, 2002.

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