La Central del Pueblo adapta la laboriosidad de sus talleres y la algarabía de sus presentaciones artísticas a su nueva sede, una vecindad del primer cuadro.

Por Alonso Flores


el edificio, a un paso de la plaza de santa catarina
En el número 15 de la calle República de Nicaragua, en el norte del Centro Histórico, una vecindad del siglo xviii es el nuevo hogar de la Central del Pueblo.
    Allí continuará con la tarea que inició en agosto de 2008 en el Teatro del Pueblo: ofrecer talleres gratuitos de artes y oficios para adultos, jóvenes y niños; brindar programación cultural de calidad y, en fin, “ser parte del proyecto de recuperación del Centro Histórico, a través de la cultura, el arte y el trabajo comunitario”, señala Argel Gómez, coordinador de la Central.
    En agosto de 2009, la delegación Cuauhtémoc decidió no renovar el convenio a través del cual trabajaban en el Teatro del Pueblo —donde se atendió a más de mil 900 alumnos y se realizaron casi 100 funciones de teatro, danza, cine y cabaret en un año. La asociación civil Centro de Artes Libres buscó entonces alternativas para seguir en el Centro.
    El propietario de Nicaragua 15 les ofreció parte del inmueble, construido a mediados del siglo xviii como un colegio carmelita y convertido luego en vecindad.
    Para entrar hay que cruzar un enorme portón de madera. La bienvenida la da un altar a la virgen de Guadalupe cuidado por las cinco familias que junto con la Central ocupan el edificio. Después, un amplísimo patio y en el centro, las escaleras que se bifurcan hacia la planta alta. “El edificio está muy bonito y se pueden crear muchas cosas. Dependerá de la imaginación de cada quien”, dice Zacil-Ha García, de 22 años y alumna de cartonería de la Central.
    La imaginación se ha puesto a trabajar para adecuarse a la nueva sede.
    Según los organizadores, restaurar el edificio y ajustar la oferta de talleres a los espacios disponibles, son las tareas inmediatas.
    “Es un espacio radicalmente distinto al que teníamos en el Teatro del Pueblo. Y en esa medida estamos desarrollando propuestas para que el edificio funcione como centro cultural; hacer una metáfora del espíritu de la vecindad y del espacio de convivencia que representaba”, explica Gómez. Esto, en un área del Centro muy olvidada y poco conocida.


con un Taller de pan de muerto se inaugurÓ la nueva sede
un espacio gratuito y seguro
Construir un “vecindario cultural” es una de las apuestas, y consiste en que el edificio aloje también proyectos culturales y sociales afines, que además de enriquecer a la Central y su dinámica comunitaria, contribuyan a la restauración de los espacios.
Se trata de desatar un proceso de apropiación y rescate del edificio. A ese fin se dirigirán algunos talleres. “Los carpinteros podrán poner en práctica sus conocimientos e ingenio en marcos y ventanas, los herreros en los barandales, y así”.
    Otra veta de trabajo es la de residencias artísticas. Se trata de que artistas nacionales o extranjeros, vinculados con una beca o un proyecto específico, ocupen una habitación y usen el equipo y la herramienta por un lapso de hasta seis meses.
    “Aquí la ventaja es el intercambio que pueda haber entre los alumnos y maestros de la Central con los residentes”, explica el promotor cultural.
    La Central del Pueblo quiere incidir en su entorno social. “Una de las principales razones por las que estamos aquí es porque creemos en la cultura como un elemento fundamental en la recuperación del tejido social. Es diferente cuando los niños tienen un espacio seguro donde jugar y aprender, y los jóvenes pueden aprender oficios, conocer del arte.
    La vida de las personas se dignifica con espacios como éste”.
    Es un esfuerzo por mejorar la calidad de vida de los residentes del Centro y “atraer a jóvenes a quienes ya no les tocó conocerlo, con espacios para un público popular, en donde se garantice la posibilidad de trabajar y convivir sin tener que pagar o consumir”.

“AquÍ te toman en serio”
Fernando Escárcega, de 23 años, es uno de esos jóvenes que a través del arte tuvo un acercamiento con el Centro. En el marco de un proyecto con la Comisión del Bicentenario, fue becado por la Central en 2009, para integrarse al taller de Nuevos medios. Cada martes y jueves llegaba del oriente de la ciudad a sus clases.
     , como le gusta que le llamen, reconoce que “en la Central te toman con seriedad. En mi caso, como un posible artista, no como a un chavito que tiene dos horas libres. Eso me gustó mucho, porque son espacios que se te abren, en los que conoces a gente de otros lugares y disciplinas. Con ellos empecé a crear, y aunque la beca se terminó, seguimos produciendo y colaborando”.
    Para Gómez, ése es otro reto de la nueva etapa, “darle continuidad a todo el trabajo pedagógico con la comunidad que ya asistía al Teatro del Pueblo”.
    Con el apoyo del Fideicomiso Centro Histórico, la Central inició el 26 de enero su ciclo bimestral de talleres gratuitos con 230 alumnos inscritos y los 18 talleres casi llenos.
    Para los niños hay talleres de iniciación a las artes visuales, estimulación temprana y teatro; para jóvenes y adultos, de serigrafía, grabado, arte contemporáneo, escultura en metal y soldadura, carpintería, cartonería y alebrijes, teatro, video documental, actuación para cine, técnicas de movimiento y acrobacia, ensamble afroamericano, danza africana, acondicionamiento escénico, capoeira, así como pan y conservas.

Las muertes chiquitas
Además de talleres y residencias artísticas, la Central del Pueblo se propone ser una pista de aterrizaje para proyectos visuales, musicales y escénicos.
    La presentación de Las muertes chiquitas, de la catalana Mireia Sallarès, que incluye una exposición fotográfica, una película y un libro, es la primera propuesta de 2010.
    “Este proyecto habla de la relación que tienen las mujeres con el orgasmo y, por tanto, con la sexualidad, con el placer, con el goce, pero también con el displacer, la violencia, el dolor y la muerte”, dice Sallarès.
    Se llevó a cabo durante cuatro años de estancias intermitentes de la artista en el país, durante los cuales entrevistó y fotografió a más de 20 mujeres de varias regiones, clases sociales, ocupaciones y experiencias: una ex religiosa, una ex guerrillera, una prostituta, una mujer indígena, actrices, cantantes, académicas, luchadoras sociales…
    ¿Los resultados? Una película de cinco horas que se proyecta en dos partes, una exposición fotográfica de retratos en gran formato —las entrevistadas aparecen en su contexto, junto a un letrero de neón rosado que Sallarès llevaba consigo— y un libro que registra la experiencia.
    Las muertes chiquitas, dice la artista Mónica Mayer, “contrapone las dos fuerzas más poderosas: la de la vida y la de la muerte. Ni más ni menos. Pero también es una obra llena de matices en la que conviven el placer, la inteligencia, el humor, la fuerza, el miedo y el dolor”.
    “(…) es una obra golosa, gozosa e intensa que exige que le prestemos atención y con tal de obtenerla es capaz de hablarnos en muchas lenguas y lenguajes. Es una obra cuya estrategia es repetirse de mil maneras… hasta que se entienda, hasta que sea necesario, hasta el cansancio mismo si es necesario. Hasta venirnos o hasta morirnos. ¿Por qué? Porque lo que nos está diciendo es importante y sigue silenciado”.



 

Las muertes chiquitas
Proyección de la primera parte: J 4, 11 y 18 de febrero.
Proyección de la segunda parte: V 5, 12 y 19 de febrero. 17:30-20hrs.
Exposición fotográfica, en los mismos horarios de la proyección. Entrada libre.

Central del Pueblo
Nicaragua 15.
Metro Zócalo y Lagunilla.
Ma-V 11-20hrs. S 11-15hrs.
Tel. 5772 2938.
www.centraldelpueblo.org.


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