Entre los fenómenos que están cambiando el rostro del Centro Histórico está la presencia creciente de artistas jóvenes que instalan aquí su residencia y lugar de trabajo. El resultado es un círculo virtuoso: el Centro influye en su obra y ellos influyen en la fisonomía y dinámica de la zona. Un vistazo al quehacer de varios creadores de entre 30 y 40 años —imposible hacerlo de otra manera con tal cantidad de voces— da una idea de por qué decidieron mudarse a estas coordenadas, de cómo viven el día a día en un lugar en transformación y qué esperan en el futuro.
PoR Óscar G. y Jano Mendoza



edson martÍnez y Jacqueline serafÍn en la puesta en escena
la soledad en los campos de algodÓn (2007).
ParaÍsos y pesadillas
Amaranta Sánchez (1974) es una artista plástica, videoasta y fotógrafa que llegó a vivir a la calle de Donceles en el año 2000. En un principio lo hizo para cambiar de aires y distanciarse de la vida cultural del sur. A ella le tocó vivir y ser parte de la reciente transformación. En este contexto los creadores van construyendo sus espacios. "Aunque siempre ha habido muchos artistas en el Centro, antes no se veían, no te enterabas que estaban aquí porque no podían darse formas de convivir". Inicialmente vivió en Donceles, en un edificio que compartía con prostitutas, ambulantes y obreros. Luego se mudó a Uruguay 120, donde gran parte de sus vecinos son artistas. Si antes tenía que reunirse con otros creadores en cantinas, ahora lo hace en la Casa Vecina u otros espacios como el Mumedi, el Zinco, o alguno de los tantos nuevos cafés. "Antes sólo nos podíamos ver en El Popular o en las cantinas, ahora tenemos muchas opciones, galerías como El Patio de mi Casa".
    La obra de Amaranta es tan complicada de describir como el Centro mismo. Ella crea universos que bien pueden ser pesadillas o paraísos con una constante: el escape de lo urbano. "Vivo en el Centro, pero busco todo lo contrario en mi obra: espacios donde la ciudad no se perciba". Ha pensado en abandonar el Centro porque el temor a que se convierta en aquello de lo que ha querido escapar en el pasado, pero desiste por el encanto de los espacios de vivienda, las amistades y la arquitectura. Desde su casa-estudio —un imponente departamento art deco donde puede encerrarse y trabajar con comodidad— se pregunta con cierta ironía por qué las autoridades no les otorgan también un edificio a los artistas, como lo hicieron con los ambulantes. Su visión para el futuro no es optimista: considera que el Centro amenaza "con convertirse en un lugar de moda, tipo Condesa". Confía, sin embargo, en que las redes del arte se defiendan, crezcan y participen en la identidad de la zona.

Caldo primigenio
El vecino contiguo de Amaranta es Juan Carlos Bautista (1964), poeta que se mudó hace más de una década al Centro, antes de que iniciara la migración de los artistas más jóvenes. Para él, habitar este espacio es una necesidad creativa, inscrita en una tradición literaria: "Muchos poetas han escrito desde aquí; Efraín Huerta, Octavio Paz, Salvador Novo".
    Bautista llegó primero a San Ildefonso seducido por "la dinámica que aquí se vive", pero se fue de esta calle por el incremento de la violencia, provocado por el gran boom del comercio ambulante de los años 90.
    En sus poemarios Lenguas en erección, Cantar de Marrakech y Bestial, tres piezas importantes de su producción, circulan versos "que sólo pudieron haber sido escritos aquí". Su cantar está dedicado de lleno a un antro que otrora existió atrás del Palacio de Bellas Artes, Marrakech (no confundir con el actual Marrakech en la calle de Cuba), un antro donde convivía "toda la fauna del centro: prostitutas, boleros, mariachis, ambulantes, policías, soldados… Un tugurio de perdición, como los que aún sobreviven en esquinas cercanas".
    Desde su afirmación como poeta, hace más de dos décadas, Bautista escribe sobre "el México profundo, y el más vano, el que puedes encontrarte de frente sólo aquí. Resumen del país, caldo primigenio de la patria, poblado de gente de todas partes. La ciudad indígena, los dos países, el de la Alameda y la Merced. La ciudad burocrática, la cultural, la rica y la pobre".
    Para el futuro, Bautista desea que "se revierta el deterioro del Centro. Que exista equilibrio entre comercio, viviendas y bodegas. Una vida más ciudadana, una vida no sólo de turistas". Por lo pronto, durante la entrevista, hubo una trifulca en la calle; Bautista alzó los brazos y dijo: "El Centro nunca te aburre".

Espacio para bailar
Al edificio situado enfrente de donde vive Bautista, se mudó hace un año un bailarín que ha participado con coreógrafos famosos de México y del mundo, Joaquín Hernández (1968). Optó por el Centro porque éste contiene "la magia del país". Vivir aquí le brinda muchas ventajas, un espacio amplio que le permite tener un estudio de danza en su departamento, cosa que no podría tener en otro lugar por el mismo precio. El caos, el movimiento de la gente del rumbo y la misteriosa armonía del no equilibrio que aquí vive, han influido en su trabajo.
    En la actualidad, como coreógrafo en la Compañía Teatro Proyecto 21, de Alberto Patiño, y en Danza Okupa, de Isabel López, explora los movimientos de las masas y los expresa en su obra. Nunca en su carrera, ni en Nueva York, Europa o Venezuela, había vivido un Centro como éste, "con un calidoscopio con personajes tan variados". Cree que a diferencia de otras colonias, en el Centro no será tan fácil que se pierda el carácter propio: "La Merced, Tepito, la Guerrero y la Doctores, todo lo que nos rodea, no va a cambiar tan fácil porque hay una larga tradición; las vecindades, los ambulantes, la violencia, las mafias, la prostitución llevan mucho aquí". Sabe que los artistas siempre han venido hacia el Centro, en gran parte por lo económico. Desde la danza, Joaquín planea seguir viviendo y aprovechando el Centro, y le parece positivo que se promuevan políticas para atraer más artistas.


Rodrigo tÉllez. "siempre quise vivir en el centro"
Que no sea una escenografÍa
A unas cuadras del edificio de Hernández, en la calle de Luis Moya, vive Iker Vicente (1975), artista plástico que creció en Donceles, luego se fue a vivir a la colonia del Valle y regresó en 2005, gracias a que la Fundación del Centro Histórico lo apoyó para montar su estudio. Desde entonces su entorno influye más en su obra, "empezando por los recursos, aquí tengo muchos a la mano".
    En toda su actividad multidisciplinaria —teatro, publicaciones para niños, dibujos e intervención del espacio público— busca que "la obra se transforme, como el espacio donde vivo". Un ejemplo son las esculturas móviles, presentadas en la Celda Contemporánea de la Universidad del Claustro de Sor Juana, donde el espectador pedaleaba una bicicleta que prendía un foco y accionaba una suerte de teatro de sombras. En Casa Vecina expuso una rueda de bicicleta que accionaba una animación en papel, una suerte de cinetoscopio invertido. Iker extraña cosas del pasado, como a las yerberas de la farmacia París, y las sorpresas de los tamaleros, artesanos y de otros ambulantes. Para él, "la transformación actual puede ser algo artificial, algo escenográfica, una pieza de museo. Mi temor es que le pase lo que al centro de Praga, donde los checos ya no lo sienten como suyo y es un espacio para los turistas". Añora una dinámica donde "se puede vivir con la sociedad, con todas sus contradicciones".

Nuevos hechos estÉticos
Iker se mudó junto con su pareja, Jacqueline Serafín (1976), directora de teatro y actriz, a quien el rumbo le costó trabajo en un principio, pero tras un mes se enamoró de la posibilidad de estar en contacto con "tantos personajes, ambientes y contextos". Para ella "el Centro tiene referencias constantes y diversidad". Entre sus trabajos recientes está la dirección de una pasarela con prostitutas brasileñas, en la que transformó el desfile carioca en algo 100 por ciento chilango, y no pudo encontrar mejor sitio para capturar esta esencia que el Centro. "Aquí encontré el estilo de caminar, la actitud, objetos antiguos, listones, toda una construcción que genera nuevos hechos estéticos".
    Serafín tiene la certeza de que en el futuro "el Centro no se convertirá en una suerte de Condesa". Teme que lo dejen deteriorar, que las autoridades no sepan sopesar entre el patrimonio cultural y el arquitectónico. Critica cómo desalojaron a vendedores como yerberos, tamaleros, tlacoyeras y artesanos que eran parte de la identidad culinaria de la zona.


iker vicente. "que la obra se transforme,
como el espacio en donde vivo"
En el ojo del huracÁn
Rodrigo Téllez (1974), último entrevistado para esta exploración, es un artista visual que busca compilar una visión general mediante ediciones en que los creadores puedan plasmar su obra en un formato diferente. Llegó al Centro apenas hace cuatro meses, pero siempre había albergado la intención de hacerlo. Lucha por un proyecto donde reúne a músicos, literatos, ilustradores, pintores, fotógrafos, videoastas, escenográfos, iluminadores y exponentes de artes multimedia.
    Para él, vivir en el Centro es estar en el ojo del huracán. Su editorial, Tigre Ediciones, elabora carpetas en formatos pequeño y mediano, así como facsímiles y libros de artista, documentos que registran procesos creativos particulares. Todavía no cumple en el Centro ni un semestre, pero ya se ha dado a conocer en el medio y tiene más de una petición. Alianzas interdisciplinarias como las que él entabla con creadores de la zona, son cada día más comunes porque en el presente existen más espacios para el intercambio entre artistas.
    El Centro Histórico se erige como una de las sedes del arte emergente de la capital. Ya no es novedad escuchar de una nueva galería (Dormitorio de Monjas, Gran Angular, Piel Café, Galera 51, Espacio de Arte Contemporáneo, Casa Vecina, La Refaccionaria), foros (Hotel Virreyes, Hotel Señorial, Marrakech), de nuevos corredores dedicados al arte, como el de Regina, o de talleres de artistas, como los que aquí presentamos. Las noches en que hay varias inauguraciones al mismo tiempo son cada vez más comunes y el terreno se ha convertido, para quienes viven por y para la creación, en una zona atractiva. Los creadores que viven aquí, muchos sin saberlo, asumen una doble misión de continuidad e innovación ante un espacio que nunca ha sabido estarse quieto.



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