El cine es un mirador excepcional para reconocer los espacios, las modas y las costumbres de otras épocas. Son muchos los lugares del Centro
donde se han filmado películas, a veces obvios pero también escondidos.
Por gabriel rodríguez Álvarez
Esquina bajan (1948) deja ver el bullicio urbano
de los aÑos cincuenta.
El Centro Histórico reúne los más diversos símbolos que han alimentado la memoria de la Ciudad de México. Allí estuvo la antigua México Tenochtitlan en el siglo
xiv. Concentró los poderes económico, político y religioso durante el virreinato de la Nueva España a partir del siglo
xvi. Ha sido palco de luchas y manifestaciones civiles durante toda la historia del país. Lugar de conmemoraciones, negociaciones, recreación, crucero de trayectos cotidianos, hoy permanece como un referencial en el imaginario colectivo nacional.
El acercarnos al cine filmado en el Centro nos permite contemplar esta zona captada en un álbum sentimental de personajes, costumbres, formas de hablar, canciones, melodías, chistes, albures, acentos y lugares conocidos. De la plaza mayor a las azoteas de los edificios, basta un parpadeo en las películas, para ubicarse entre los contrastes del lujo y la miseria, lo elegante y lo sucio. En la calle, los santuarios de la fe comparten las mismas cuadras con los
templos del vicio. Cada cinta guarda una sorpresa y todo importa al contar una historia en imágenes, como la manera de encuadrar y elegir un ángulo, o el estilo para retratar en tal o cual escenario a cada protagonista.
De la enorme cantidad de títulos, hemos seleccionado algunos con detalles relevantes. Todos tienen en común que utilizan los espacios físicos como fondo y escenario, pero también como símbolo que aumenta su significado: el Zócalo como ombligo y corazón del tránsito urbano; San Juan de Letrán como la arteria donde se mide el pulso metropolitano; la Plaza de la Constitución como el centro del país y sus emblemas nacionales; la calle 16 de Septiembre como la rebelión del México criollo profundo ante los modelos estadounidenses; la Torre Latinoamericana como representación de una nación en desarrollo y la cúspide de dos vidas en metamorfosis; la Plaza de Santo Domingo, como el refinamiento de la pasión en palabras y los sueños para resistir a las pesadillas.
La ilusiÓn viaja en tranvÍa (1953), un recorrido
citadino al estilo de BuÑuel.
Alrededor de la plaza mayor
En la filmografía mexicana podemos hallar fácilmente mercados, edificios públicos, templos, iglesias y calles. Pero además del espacio público que quedó congelado en el cine también se colaron las costumbres, las modas, los miedos y las ilusiones colectivas. Al primer cuadro de la ciudad podemos llegar a través del bólido de
Esquina bajan, de Alejandro Galindo (1948). Conducido por David Silva y con Fernando Soto
Mantequilla como cobrador, en ese autobús de pasajeros no faltan los gruñidos ni las malas caras. Va a otro ritmo mucho más rápido que el vehículo de
La ilusión viaja en tranvía, de Luis Buñuel (1953), con destino al depósito que se encontraba en La Lagunilla. En esos días el Zócalo tenía palmeras y recibía tanto tranvías como autobuses de pasajeros, y el bullicio de las avenidas ya era el de una metrópoli en expansión. A lo largo de San Juan de Letrán (hoy Eje Lázaro Cárdenas), en
Esquina bajan, hay tomas de la cámara a la altura de los cables de la luz, desde donde vemos el tráfico automotriz y el agitado ritmo de vida, que contrasta con la serenidad del campo a las afueras.
Otra película que incluye secuencias en la Plaza de la Constitución es mucho más compleja y ácida:
La fórmula secreta (o
Coca-cola en la sangre), de Rubén Gámez (1964). Este mediometraje ganó ese año el 1er Concurso de Cine Experimental por lo poético de sus imágenes y la pulcra realización técnica. Su guión tiene como columna vertebral un poema del escritor Juan Rulfo, en voz del poeta Jaime Sabines, que hace una crítica a las actitudes pasivas del mexicano y subraya la intervención de las corporaciones norteamericanas en el diseño de la economía nacional. Comienza con el vuelo de un águila alrededor del Zócalo y la bandera, enseñándonos una plancha de asfalto ya sin árboles. En la película hay otra secuencia filmada en lo que podría ser la calle de 16 de Septiembre: un jinete a caballo persigue y atrapa con su lazo a un burócrata, que tras acelerar la marcha de su caminata y convertirla en carrera, no puede escapar de la soga del ranchero, quien termina enredándolo con un poste, todo a ritmo de Vivaldi.
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fotograma de
sÓlo con tu pareja (1991).
Soledad en la multitud
En el Centro Histórico se perciben las distintas capas que alguna vez compusieron la ciudad. Vestigios prehispánicos se mezclan con símbolos modernos y conviven con la arquitectura colonial, modificando el imaginario urbano. Las artes gráficas y el cine dan fe de metamorfosis paulatinas y cambios radicales. El antiguo zoológico de Moctezuma se convirtió, con la conquista en 1522, en el Convento de San Francisco, que perduró intacto hasta 1856. Ya en el siglo
xx, con una parte del convento demolida, se edificó la sede de la compañía La Latinoamericana Seguros. En 1948, la aseguradora se mudó temporalmente al Paseo de la Reforma y empezó la construcción de lo que sería el rascacielos más moderno de México: la Torre Latinoamericana. Símbolo de omnipotencia, con más de 200 metros de altura y 44 pisos, terminó de ser construida en 1956. Clasificado por el inba como ejemplo de la arquitectura mexicana de los años cincuenta, el edificio, solitario en su altura, sigue siendo un referente urbano para los citadinos y los visitantes que desde su mirador han contemplado la belleza del Valle de México.
Los hermanos Alfonso y Carlos Cuarón ubicaron allí algunos de los momentos climáticos de
Sólo con tu pareja (1991). Hoy esas huellas remiten a un México que se acercaba al nuevo milenio usando primitivas computadoras y practicando los primeros exámenes de vih. Allí donde vivieron las especies animales del emperador azteca, al finalizar el siglo
xx un portentoso acuario en el piso 37 demostraba cómo se podía competir con la naturaleza.
La metáfora de la torre funciona porque sirve estar en las alturas para mirar a lo lejos, o bien contemplar desde la cima los caminos que te han llevado a la cúspide de una etapa de tu vida. Como los mirones que se asoman a través de los telescopios, los cazadores de destinos también se dan cita detrás de las lentes de aumento para localizar a su presa; sin embargo, y como narra la comedia, los ojos engañan. La trama alrededor de la fidelidad da un recorrido entre espacios íntimos del Edificio Condesa y sitios con mucha carga emocional, como el Salón Tenampa, en la Plaza Garibaldi. La historia reflexiona sobre la proximidad física, que no significa siempre una profundidad afectiva. En una ciudad de millones, uno puede estar completamente solo.
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Bruno Bichir y Salma Hayek en
El callejÓn de
los milagros (1995).
Callejones milagrosos
Además de los poderes civiles y religiosos, comparten el Centro vecindades, tiendas, cantinas, escuelas, tianguis, centros culturales, museos, iglesias, oficinas y una multitud diaria, mezclando ruidos y olores característicos de estos barrios. No es solamente su arquitectura colonial lo que sorprende, sino la propia disposición del espacio urbano. Son centenas de calles que se entrelazan, ramificándose en callejones y desembocando en plazas, como la de Santo Domingo. Se dice que se construyó sobre lo que era la casa de Cuauhtémoc; durante la Colonia, los dominicos edificaron allí el templo de Santo Domingo. Donde antes estaba el Portal de los Evangelistas, actualmente se ofrecen servicios de escritura e imprenta; en una esquina de la plaza se encuentra el antiguo Palacio del Santo Oficio, que data de 1736 y que funcionó como sede de la Inquisición hasta que se consumó la Independencia. Posteriormente albergó a la Escuela de Medicina y en el centro de la plaza se colocó una fuente con la estatua de Josefa Ortiz de Domínguez, que representa a los héroes insurgentes.
Con lápices, pinceles, y cámaras fotográficas y de cine, esas ubicaciones han sido capturadas en el tiempo. El cineasta Jorge Fons reunió allí a
Alma (Salma Hayek) y a
Abel (Bruno Bichir), para reivindicar sus gustos y ensoñaciones personales. En el ambiente de
El callejón de los milagros (1995), ocurre el encuentro de dos protagonistas que representan la breve pero intensa promesa de vivir juntos. No son los únicos corazones rotos en una enorme urbe donde se vale reinventarse y reconocerse en otros barrios y otras colonias, pero como los otros personajes, sirven para reflejar la pasión colectiva por la ilusión y el romanticismo. Así pasa en otras partes del mundo y la cinta está basada en una novela egipcia que ocurre en El Cairo y fue escrita por Naguib Mahfuz. La brillante adaptación de Vicente Leñero, una experimentada producción y la vibrante interpretación de un reparto irrepetible, dio lugar a que se le reconociera y premiara internacionalmente, lo que nos recuerda que el cine es ensueño y que los sueños son la llama de la vida.