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Las academias nacieron como asociaciones de eruditos, espacios “para debatir algunos problemas de las disciplinas, pero también para aliarse y tomar posturas comunes. La defensa del patrimonio en el caso de las academias de historia, o de la lengua, en el caso de las de la lengua”, explica la doctora Gisela Von Wobeser, Directora de la amh.
Desde la segunda mitad del siglo xx, con la proliferación de universidades y otras instituciones de investigación y docencia, el número de historiadores viene aumentando, así como los foros especializados.
Dado ese cambio, hace 13 años la Academia decidió agregar a sus funciones un “programa de difusión de la historia a nivel masivo”, que incluye conferencias, cursos, mesas redondas y de discusión, diplomados, congresos o paseos por el Centro.
“Hemos tratado de que los conferencistas reflejen el estado de la investigación más reciente”, que las exposiciones sean “de gran calidad y en un lenguaje que sea comprensible”, explica Von Wobeser, también investigadora de la unam.
Para los asistentes, sobre todo para los maestros y formadores de maestros, “es una manera de ponerse al día”.
La respuesta ha sido una muy buena afluencia del público. “Ver el gran interés que nuestro pueblo tiene por la historia, es algo que llama mucho la atención”.
En cuanto a sus funciones originales, la Academia sigue acogiendo la discusión erudita: “se debate, se presentan proyectos, se dan avances de investigación, etcétera”.
Asimismo, la amh edita sus Memorias, anuarios con reseñas, artículos de sus miembros y documentos comentados. Como otra contribución, en abril de 2010 se editó Historia de México (fce), libro coordinado por Von Wobeser, escrito por ella y otros 12 miembros de la amh. El texto fue seleccionado por la sep y la Presidencia de la República como una de las publicaciones conmemorativas de este año.
La obra, señala la experta, “se hizo totalmente desde el punto de vista del rigor científico (…). No es una historia oficial de este gobierno en turno, ni mucho menos”.

| Breve historia de la academia de la historia |
![]() Según la página electrónica de la institución, en México, de 1836 a 1901, hubo varios intentos fallidos por fundar una academia que agrupara a los historiadores correspondiente de la Real de Madrid (fundada en 1735). En 1916, la Revista de Revistas instaló la Academia de Historia. Manuel Romero de Terreros, uno de los miembros, gestionó la acreditación madrileña, lo que finalmente se consiguió. El 12 de septiembre de 1919, se fundó la amh con 24 sillones de número. Entre sus primeros miembros figuraron Francisco Sosa, Luis González Obregón y Genaro Estrada. Sin sede ni ingresos fijos, la Academia peregrinó durante años, hasta que a principios de los cincuenta el Banco de México financió la construcción de su edificio y la de su hermosa fachada. Ésta, labrada en tezontle y chiluca –obra del arquitecto Lorenzo Rodríguez, autor del Sagrario Metropolitano—, había pertenecido a un palacio colonial de la calle Capuchinas, que fue demolido. Miembros de la colonia española donaron el mobiliario. La inauguración fue el 9 de de diciembre de 1953. En 1990 se decidió aumentar el número de sillas a 30, ocho foráneas y 22 residentes. Los asientos se desocupan sólo cuando el titular muere —o renuncia, lo cual es extraordinario—; entonces se elige a quien lo ocupará. Entre sus miembros actuales figuran nombres tan relumbrantes como Josefina Zoraida Vázquez, Silvio Zavala, Miguel León-Portilla, Javier Garciadiego o Virginia Guedea. Los miembros, indica la página, representan “todas las corrientes” de la disciplina. Las especialidades cubren historia “política, eclesiástica, social, de la mujer, económica y del arte, la antropología y arqueología e historiografía, entre otras”, y van desde la época prehispánica hasta la contemporánea. |