Los devotos de la historia tienen en este bello edificio de la plaza Carlos Pacheco un lugar de encuentro, gozo, conocimiento y debate. Aquí, la crema y nata de la ciencia histórica mexicana se pone —y pone al público— al día.
Por Patricia Ruvalcaba


la academia tiene una fachada labrada en tezontle y chiluca, obra del arquitecto Lorenzo Rodríguez.
Llueve, pero no deja de llegar gente. En la puerta se cierran los paraguas, se sacuden los pies, se mira ansiosamente la escalera que conduce al auditorio. Registro, pasos presurosos hacia la escalera. Los 180 asientos del auditorio se llenan y, como una inundación, la gente colma un salón y luego otro. Son casi las seis de la tarde del jueves 2 de septiembre. El curso Hombres y mujeres en la historia de México, en la Academia Mexicana de la Historia (amh), está por comenzar.
    Gracias a un circuito cerrado de TV, todos atienden la conferencia del historiador Felipe Ávila sobre Emiliano Zapata, sobre cómo el zapatismo le dio oxígeno al campesinado mexicano por un siglo. Al final, hay preguntas y respuestas.
    “Hoy vinieron como 220 personas, pero a veces son más de 400”, dice Vera Moya, Secretaria Técnica de la Academia.
    Desde hace 13 años, gente de todas las edades, perfiles sociales y ocupaciones, viene aquí a aprender historia de México. No la oficial, sino la recién horneada en la unam, el inah, El Colegio de México o el Instituto de Investigaciones Históricas José María Luis Mora.
    Con 91 años acabados de cumplir, la Academia sigue siendo además, como en sus orígenes, un espacio donde sus miembros —e invitados— discuten a puerta cerrada, y a veces con altos decibeles, sobre la ciencia histórica.

Lo mÁs reciente
Las academias nacieron como asociaciones de eruditos, espacios “para debatir algunos problemas de las disciplinas, pero también para aliarse y tomar posturas comunes. La defensa del patrimonio en el caso de las academias de historia, o de la lengua, en el caso de las de la lengua”, explica la doctora Gisela Von Wobeser, Directora de la amh.
    Desde la segunda mitad del siglo xx, con la proliferación de universidades y otras instituciones de investigación y docencia, el número de historiadores viene aumentando, así como los foros especializados.
    Dado ese cambio, hace 13 años la Academia decidió agregar a sus funciones un “programa de difusión de la historia a nivel masivo”, que incluye conferencias, cursos, mesas redondas y de discusión, diplomados, congresos o paseos por el Centro.
    “Hemos tratado de que los conferencistas reflejen el estado de la investigación más reciente”, que las exposiciones sean “de gran calidad y en un lenguaje que sea comprensible”, explica Von Wobeser, también investigadora de la unam.
    Para los asistentes, sobre todo para los maestros y formadores de maestros, “es una manera de ponerse al día”.
    La respuesta ha sido una muy buena afluencia del público. “Ver el gran interés que nuestro pueblo tiene por la historia, es algo que llama mucho la atención”.
    En cuanto a sus funciones originales, la Academia sigue acogiendo la discusión erudita: “se debate, se presentan proyectos, se dan avances de investigación, etcétera”.
    Asimismo, la amh edita sus Memorias, anuarios con reseñas, artículos de sus miembros y documentos comentados. Como otra contribución, en abril de 2010 se editó Historia de México (fce), libro coordinado por Von Wobeser, escrito por ella y otros 12 miembros de la amh. El texto fue seleccionado por la sep y la Presidencia de la República como una de las publicaciones conmemorativas de este año.
    La obra, señala la experta, “se hizo totalmente desde el punto de vista del rigor científico (…). No es una historia oficial de este gobierno en turno, ni mucho menos”.


A las conferencias llegan a asistir hasta 400 personas.
Bajo la Égida de ClÍo
Es de suponerse que Clío, la musa griega de la Historia, sonríe cada vez que Arcelia Vázquez, ingeniera industrial de 55 años, sale a las cinco y media de la mañana de su casa en Metepec, Estado de México, para dirigirse al Centro Histórico.
    Arcelia, una “apasionada de la historia”, lleva 10 años estudiando aquí y allá. En la Academia, que descubrió apenas este año, escucha “a la crema y nata” de la disciplina, lo que ha transformado su punto de vista sobre la historia del país. Cada semana, dice, “me voy de aquí enriquecida, llena de información”.
    El abogado Rosendo Ibáñez, de 70 años, le saca otra sonrisa a Clío, y de oreja a oreja.
No sólo lleva 12 años aprendiendo historia en la Academia, ahora es un historiador amateur con cuatro proyectos en curso, cuyos temas se reserva. Retirado ya, la historia es uno de los “placeres” que cultiva en su casa, cerca de Oaxtepec, Morelos, desde donde viene a los cursos.
Ahora, un guiño de la musa, puede que hasta una lagrimita. “A mí me da gusto que venga gente que no es historiadora. (Aquí) vemos gente del pueblo, economistas, amas de casa, niños”, dice el historiador Samuel Arias, de 40 años, quien estudia un doctorado en movimientos sociales en el Instituto Mora.
    ¿Qué encuentra aquí un historiador? “Lo que pasa es que las instituciones son muy herméticas (…), cada una tiene un patrón a seguir. Y aquí, uno encuentra de todo, es muy variado. Aquí sí hay libertad de cátedra”.

Breve historia de la academia de la historia
La Academia Mexicana de la Historia, correspondiente de la Real de Madrid, es heredera de las academias literarias, científicas y artísticas que en el siglo xvii florecieron en Francia, y por contagio en España. El espíritu de sus miembros era airearse fuera del cerrado ambiente escolástico de las universidades medievales.
    Según la página electrónica de la institución, en México, de 1836 a 1901, hubo varios intentos fallidos por fundar una academia que agrupara a los historiadores correspondiente de la Real de Madrid (fundada en 1735).
    En 1916, la Revista de Revistas instaló la Academia de Historia. Manuel Romero de Terreros, uno de los miembros, gestionó la acreditación madrileña, lo que finalmente se consiguió.
    El 12 de septiembre de 1919, se fundó la amh con 24 sillones de número. Entre sus primeros miembros figuraron Francisco Sosa, Luis González Obregón y Genaro Estrada.
    Sin sede ni ingresos fijos, la Academia peregrinó durante años, hasta que a principios de los cincuenta el Banco de México financió la construcción de su edificio y la de su hermosa fachada. Ésta, labrada en tezontle y chiluca –obra del arquitecto Lorenzo Rodríguez, autor del Sagrario Metropolitano—, había pertenecido a un palacio colonial de la calle Capuchinas, que fue demolido. Miembros de la colonia española donaron el mobiliario. La inauguración fue el 9 de de diciembre de 1953.
    En 1990 se decidió aumentar el número de sillas a 30, ocho foráneas y 22 residentes. Los asientos se desocupan sólo cuando el titular muere —o renuncia, lo cual es extraordinario—; entonces se elige a quien lo ocupará.
    Entre sus miembros actuales figuran nombres tan relumbrantes como Josefina Zoraida Vázquez, Silvio Zavala, Miguel León-Portilla, Javier Garciadiego o Virginia Guedea.
    Los miembros, indica la página, representan “todas las corrientes” de la disciplina. Las especialidades cubren historia “política, eclesiástica, social, de la mujer, económica y del arte, la antropología y arqueología e historiografía, entre otras”, y van desde la época prehispánica hasta la contemporánea.

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