

Cualquiera puede hacer cine
En agosto de 2010, tras el éxito de un ciclo de 72 proyecciones al aire libre, en siete delegaciones del D.F., un grupo de profesionales se unió para brindarle un nuevo hogar a la producción cinematográfica mexicana.
Así, La Casa del Cine se echó a andar con el apoyo de la Autoridad del Centro Histórico, el Fideicomiso Centro Histórico (fch) y la Universidad Autónoma Metropolitana, con la participación de Lolalab, una empresa de diseño y Scientika, una asociación civil.
Según Jorge Sánchez Sosa, director de La Casa, se eligió el Centro Histórico para instalarla porque "es el termómetro de la nación, refleja lo que está pasando en todo el país".
Productor de cine y director del Festival de Cine de Guadalajara por cinco años, Sánchez dijo que La Casa será un punto de encuentro para los adictos a la imagen en movimiento. Pero el objetivo principal es contribuir a democratizar la producción de documentos audiovisuales por medio del cine digital.
Queremos que se acerque "el ciudadano de a pie, que tiene una cámara digital o un celular que graba video, y siente curiosidad por narrar historias con estos instrumentos. La idea es trabajar con ellos para que la factura y la narrativa de sus historias sean eficientes".
Con ese fin, a partir de este mes se impartirán talleres y cursos que exploran el lenguaje audiovisual del siglo xxi, como las etapas de elaboración de un guión, la fotografía, la actuación para cine y los procesos de postproducción digital. La cuota de inscripción será simbólica.
Profesionales de cine, activos en la industria, impartirán las clases. Entre ellos se encuentra María Novaro —Las buenas hierbas, 2010—, reconocida cineasta que está encargada del área de Formación de La Casa.


Escuela de cineclubes
Como primer paso para formar la red, en octubre y noviembre pasados se realizó la Intervención de Cineclubes del Centro Histórico, un taller formativo en el que participaron 10 centros culturales que tienen, o planean abrir, un cineclub en sus instalaciones.
Durante dos meses, Gabriel Rodríguez y Carolina Elías le proporcionaron a novatos y veteranos —el cineclub del Templo Mayor tiene ya 20 años funcionando— conocimientos teóricos y prácticos para fundar un cineclub, un proyecto cultural que va mucho más allá de programar ciclos sin ton ni son.
Participaron el Munal, el Templo Mayor, la Central del Pueblo, "El Sub" Galería de Arte Joven, la Casa Leona Vicario, la Galería José María Velasco, el Centro Cultural Casa Talavera, el Centro de Educación Continua del ipn, la Casa de los Oficios Vizcaínas y el Museo del Estanquillo.
"Es muy bueno sumar 'horas butaca', pero el tema es qué hacemos para hablar de las imágenes, para profundizar en ellas", explicó Rodríguez. "No se trata de que el público vea algo y se vaya, hay que establecer un diálogo".
La característica primordial de los cineclubes es que reúnen a espectadores activos, dispuestos a compartir sus puntos de vista y sugerencias, lo cual los convierte en miembros de una pequeña comunidad.
El modelo de cineclub con el que se trabajó consiste en proyecciones con una introducción a la película y una discusión al final, algunas veces con la presencia de un invitado (actor, director, productor).
Los cineclubistas del Centro realizaron prácticas de programación, de presentación de las cintas y de desarrollo de debates.
De ese modo ellos podrán, a su vez, impulsar a los asistentes a participar de manera dinámica en las funciones.
Aunado a los ciclos de cine, el quehacer editorial —virtual o impreso— es imprescindible, concluyó Rodríguez. La programación "tiene que explicarse.

no se trata de que el pÚblico vea algo y se vaya, sino de que haya dÁlogo.