En casas y calles del Centro se han fraguado numerosas historias de amor y odio, celos y pasión. Verídicas, o mezcla de ficción y realidad, todas son fascinantes.

Por patricia ruvalcaba

El primer mestizo
Malitzin o Marina, luego nombrada La Malinche, llegó a los brazos de Hernán Cortés después de haber sido vendida por su padrastro como esclava y luego regalada por su amo al conquistador, quien a su vez, la dio como botín de guerra a un soldado. Al darse cuenta de que hablaba náhuatl y maya —pronto aprendió español—, Cortés la recobró para volverla su intérprete. Pero fue más que eso. Sus agudos consejos facilitaron la derrota de Tenochtitlan en 1521.
    En 1523, la pareja tuvo un hijo, Martín Cortés, considerado el primer mestizo de este país. En tanto, la esposa legítima de Cortés murió misteriosamente. Una leyenda reza que Marina, despechada, la torturó y la mató; otra sostiene que fue el propio conquistador quien lo hizo.
    En 1924, Cortés casó a Marina con el capitán Juan Jaramillo, y le dio varias propiedades, entre ellas una en lo que hoy es República de Cuba 95. Al mismo tiempo, Cortés se casó con una española. En 1929, mientras Cortés enfrentaba un juicio en España, Marina murió, también misteriosamente. Para algunos, Cortés habría ordenado su asesinato para impedir que ella testificara.

CorazÓn eterno
Conmovedora (o cursi) a rabiar es la historia del virrey Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor (1716-1722). Soltero como era, se dice que en una misa en Catedral se enamoró de la joven Constanza Téllez. Ella no sólo lo rechazó, sino que quería ser monja. El virrey decidió entonces hacerle un convento, que terminaría siendo el de Corpus Christi, en la actual avenida Juárez, frente a la Alameda Central.
    Al final de su gestión, De Zúñiga fue llamado a España, de donde no pudo volver. Pero su desmesurado amor siguió vivo, y dispuso en su testamento que al morir, su corazón fuera enviado a Nueva España y depositado en el presbiterio del templo de Corpus Christi. En la ceremonia de recepción de la urna habría estado presente sor Marcela del Divino Amor, antes Constanza Téllez.
En 2004, durante la restauración del templo, se halló una lápida fechada en 1728 y dentro una urna que contenía una "víscera cardiaca". El ex virrey murió sin descendencia en 1727.

Conspiraciones y besos
En su juventud, Miguel Domínguez y Josefa Ortiz vivieron un romance abrasador, cuyo escenario fue la calle del Indio Triste, hoy Correo Mayor. La unión se "consumó" antes del matrimonio y tuvieron una hija un año antes del enlace oficial y secreto.
    Quince años después, cuando conspiraban a favor de la causa independentista, la corregidora tuvo un affair con Ignacio Allende. Se especula incluso que el famoso aviso de doña Josefa para alertar a los insurgentes, tenía como principal objeto salvar a Allende. Más aún: al parecer, en septiembre de 1810 ella estaba embarazada. De 1814 a 1817 estuvo recluida en el convento de Santa Teresa, en la Ciudad de México. Años después, allí hubo una monja, hija de Allende, cuya ascendencia materna se desconoce.

Amor republicano
"Modelo", "ejemplar". Es como se ha calificado a la pareja que formaron Benito Juárez y Margarita Maza. Se casaron en 1843, cuando él era un abogado aguerrido de 37 años y ella una "señorita principal" veinte años menor, hija de Antonio Maza, en cuya casa Juárez había servido.
    Marcados por innumerables sufrimientos, entre ellos constantes separaciones y destierros, su prueba más difícil fue el exilio de ella y los niños en Estados Unidos, mientras el Presidente combatía la invasión francesa. En esos años (1865-1867), murieron de frío dos de sus hijos, lo que los sumió en la desesperación: "…mi corazón está destrozado", escribió el Presidente a su mujer.
    Al triunfo de la República, en 1867, días antes de su reencuentro, Juárez le preguntaba a Sebastián Lerdo de Tejada si no lucía avejentado; quería estar presentable para su esposa y se compró una levita negra.
    Vivieron en Palacio Nacional hasta el 2 de enero de 1871, cuando Margarita murió; Juárez la había atendido en su enfermedad, y él mismo la colocó en el ataúd. Año y medio después, enfermo de angina de pecho, él murió en esas habitaciones, el 18 de julio de 1872.

El mausoleo
El humanista, político y diplomático José María Lafragua (1813-1875), hombre clave de la Reforma, vivió un amor platónico que se prolongó más allá de la muerte.
    Lafragua supo por primera vez de Dolores Escalante a través de un amigo suyo que la pretendía. Medio enamorado de ella a través de esos relatos, el flechazo definitivo vino cuando conoció a la joven y ella dio señales de corresponderle.
    La pareja pospuso su deseo de casarse, y casi renunció a él, cuando otro pretendiente de Dolores, supuestamente enfermo de muerte, la chantajeó y obligó a prometerse con él. Tres años después, cansados del chantaje, los enamorados decidieron casarse en el verano de 1850.
    Pero dos meses antes de la fecha, Lola murió víctima de una epidemia de cólera que devastó la ciudad. Por disposición de las autoridades, esos muertos debían sepultarse de noche. "Era tal la cuota de vidas que había cobrado la epidemia, que no fue posible encontrar un carro mortuorio para trasladar a Lola…", escribiría Lafragua.
    Dolido por la indigna sepultura de Lola, mandó hacer un mausoleo de mármol italiano en Europa. La pieza llegó dos años después y aún hubo que ajustarla. La gente lo tildó de loco. Pero a él no le importó y, en honor a Lola, permaneció "viudo". Durante esos años, escribió: "Diariamente, a la hora exacta en que murió Lola, detengo mis actividades y concentro mi pensamiento en ella…". Cuando murió, fue sepultado junto a Dolores, en el panteón San Fernando.

"resolverÁs con una palabra"
Cuando se enamoraba, Porfirio Díaz se declaraba mediante cartas. "Estoy muy ocupado y por eso seré demasiado corto no obstante la gravedad del negocio que voy a proponerte a discusión y que tú resolverás con una palabra". Así empezó su carta del 18 de marzo de 1867 a "Fina", Delfina Ortega, una prima carnal, casi una niña. Él tenía casi 37 años. Delfina le dio el sí.
    Díaz ya era poderoso y arregló que el padre de Delfina, quien nunca la había reconocido, lo hiciera, para borrar del nombre de ella el apellido Díaz. La boda fue en representación, pues Porfirio estaba peleando en Puebla. Delfina lo acompañó en las campañas siguientes, en el curso de las cuales tuvieron siete hijos, de los que sobrevivieron dos. Para ella, era un castigo divino a su pecaminosa relación.
    A principios de abril de 1880, siendo Díaz Presidente, vivían en el ala norte de Palacio Nacional. Tras su octavo parto, Delfina estaba moribunda. El general quiso regalar a su esposa una muerte tranquila. Consiguió que la mitra les dispensara el lazo de consanguinidad, pero el precio para México fue alto: Díaz abjuró de la Constitución de 1857, que él mismo había defendido. Horas después, la pareja se casaba por la iglesia y al día siguiente, 8 de abril, Delfina murió.
    Al año siguiente, Díaz se casó con Carmen Romero Rubio, de 17 años. Él tenía 52, y también se le declaró por escrito.

"Yo caÍ en este abismo"
Carmen Mondragón Valseca (1893) —escritora y dibujante de enormes e inolvidables ojos azules— ya tenía fama de diosa del erotismo cuando en 1922 se fue a vivir con el pintor y escritor Gerardo Murillo, quien se hacía llamar Dr. Atl (agua). Él vivía en Capuchinas 90, en la azotea del ex convento de La Merced; ahí llevaba a sus amantes, a las que drogaba y bautizaba con nombres en náhuatl. A Carmen le puso Nahui Ollin (cuarto movimiento del sol).
    "Yo caí ante este abismo, instantáneamente, como un hombre que resbala de una roca y se precipita en el océano", diría el Dr. Atl, sobre el momento en que la conoció, en un salón.
    Gritos y gemidos de amor se escucharon a menudo en la azotea de La Merced. La pareja se amaba ruidosamente, se metían en los tinacos y, a los quejosos, el Dr. Atl replicaba: "Si toman píldoras del Dr. Ross, bien pueden beber agua del Dr. Atl". Y creaban: el dibujo de Nahui fluyó, y él la retrató en poemas y pinturas. Ella servía desnuda a los amigos que los visitaban, colocando en una bandeja sus senos, y dos copas de "elíxires fecundantes".
    Pero los gritos de placer se tornaron en insultos. Nahui estaba celosa, y cuando rompieron, decía de él que era "un pinche medicucho cabrón". La demencia de Nahui ya era más que evidente cuando en 1964 apareció discretamente en Bellas Artes, donde se velaba el cuerpo del Dr. Atl. Conocida en la Alameda como La dama de los gatos, murió en 1978, sola y olvidada, rodeada de gatos vivos y muertos.

"pintaban casi igual"
De 1928 a 1932, un estudio en la calle de La Soledad alojó a los pintores María Izquierdo y Rufino Tamayo. Se conocieron en una de las pantagruélicas fiestas que ella y Lola Álvarez Bravo solían dar en su casa, en Venezuela 34. María era alumna distinguida en la Academia de San Carlos; Tamayo pintaba, cantaba, tocaba la guitarra, usaba camisas rosas.
    Su colega Juan Soriano recordaría que, enamorados, en La Soledad "…pintaban casi igual, los mismos temas y colores (…) pero la gente que se quiere mucho, cuando se pelea se odia tanto, que da miedo. Se separaron y nunca volvieron a darse los buenos días".
    Tamayo se volvió ícono de la plástica nacional y María, la primera mexicana en exponer individualmente en Estados Unidos. Luego, ella sufrió parálisis del lado derecho del cuerpo y murió de una embolia en 1955.


Fuentes: José Manuel Villalpando, Amores mexicanos, Planeta, 1998; Elena Poniatowska, Las siete cabritas, Era, 2000.

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