
Si abría un cajón, si se asomaba debajo de la cama o husmeaba en las alacenas de la cocina, Franz Mayer se topaba con un objeto decorativo por el que había pagado una buena suma en una subasta en Londres o Nueva York.
Hombre de obsesiones —las orquídeas, don Quijote, la fotografía y las artes decorativas—, su colección había desbordado su casa del Paseo de la Reforma, que compartía con sus perros y gatos desde que había enviudado de María Antonia de la Macorra.
Su obsesión por los objetos decorativos, objetos bellos de uso cotidiano, lo llevó a reunir más de 10 mil piezas, un número enorme si se piensa que en el museo que lleva su nombre apenas se exhibe un 20 por ciento.
Desde su inauguración en 1986, "el Franz" ha visto crecer su inventario a través de adquisiciones propias y donaciones: sólo en 2004 la colección Ruth Lechuga sumó 10 mil piezas nuevas de arte popular mexicano, con lo que la colección suma hoy más de 21 mil piezas.
Ante el desbordamiento, el Museo Franz Mayer se apresta a un replanteamiento. Con ese fin se ha dibujado un ambicioso plan a 2020 cuyos objetivos son recuperar la narrativa que le dio el propio coleccionista a su obra, mostrar la diversidad de la colección y lograr que el Museo se integre a su entorno como factor de cambio social, explica a Km.cero Magdalena Zavala, directora del recinto.
"Tenemos muchísima obra y, más que ameritar más espacios, amerita más movilidad: cambios constantes de la colección (…). Existe una nueva museología donde se ve el museo como detonador de cambio social y factor de construcción de comunidad y ciudadanía. Para ello hay que generar nuevos discursos e investigaciones. A partir de la exposición Susurros de la colección (inaugurada el 14 de julio) arrancaremos con estos discursos".

Vuelta al origen
Una de las nuevas tareas del Museo será situar la colección en su contexto original. Cuando se inauguró la institución, hace 25 años, explica Zavala, las investigaciones sobre la vida cotidiana no registraban el avance que tienen ahora.
"Los objetos tienen que ver con la vida de las personas. Ahora hay que cruzar las investigaciones históricas con las colecciones".
En la época en que Franz Mayer reunía su acervo, a sus piezas se les conocía con el nombre genérico de artes decorativas. Hoy a los objetos bellos de uso cotidiano los llamamos diseño. Por eso el Museo se propone, además de albergar la colección del financiero alemán, abrirse a diversas artes visuales.
Si bien cada año aloja una muestra del World Press Photo, tiene pendiente exhibir su propia colección de imágenes. Mayer, él mismo estupendo fotógrafo, reunió unas tres mil piezas de fotógrafos mexicanos.
Museos célebres en el mundo, como el Royal Albert Hall y el Art Institute of Chicago, se han reorganizado de acuerdo con el criterio de los coleccionistas que dieron origen a su acervo.
Otro proyecto es renovar completamente la página electrónica y fundar un portal que no sólo sirva de enlace con los usuarios, sino que pueda presentar curadurías museográficas. El Museo también se abrirá a discursos contemporáneos en el campo del diseño y buscará a través de sus exposiciones explicar cómo los objetos que nos rodean atestiguan el cambio social. Por ejemplo, cómo un coco chocolatero se transformó en el moderno termo.

Historia de un acervo
El plan de renovación del Museo Franz Mayer se inicia con la muestra temporal Susurros de la colección, que relata la historia de la colección homónima desde la perspectiva del financiero alemán que se apasionó por México y el arte mexicano, se naturalizó en 1933 y legó su colección al pueblo mexicano a través de un museo.
Susurros…, integrada por 148 piezas entre textiles, mantones, documentos, escultura y platería, ofrece una narrativa de las cuatro etapas que conformaron el acervo: la primera, cuando Franz Mayer simplemente quiso rodearse de objetos bellos y empezó a comprar piezas para adornar su casa; otra en la que asumió ya el interés por reunir una colección especializada en el periodo virreinal; una tercera, de obsesión por adquirir miles de piezas y, la última, de planear la construcción de su museo. Éste, que originalmente Mayer concibió en su propia casa, sería después trasladado a la sede actual por el patronato encargado de la custodia de la colección.
Entre las historias que cuenta Susurros… está la tenacidad con que Franz Mayer buscó adquirir el Biombo de la conquista —una de las piezas más importantes del Museo— y repatriarlo a México. Relata asimismo cómo fue reuniendo la biblioteca de artes decorativas más importante del país —con nueve mil volúmenes—, más otros mil ejemplares de ediciones de Don Quijote de La Mancha.
La exposición concluye con la primera obra adquirida por el museo tras la muerte de Mayer: un calvario barroco de origen guatemalteco.

Obsesiones
En las fotografías Franz Mayer aparece siempre con un clavel en la solapa, un elegante traje oscuro, bigotes recortados en punta y lentes redondos, como redonda era su cara sonriente. Nacido en Manheimm, Alemania, en 1882, Mayer llegó a México en 1905, después de dar una muestra de su talento en la banca de Londres.
Brillante financiero, amasó rápidamente una fortuna. Fue aficionado a la equitación, el canotaje, el montañismo, la pesca y el esquí.
Fue miembro de los clubes Alemán e Inglés, y fundador de la Asociación Mexicana de Orquideología, a la que donó su colección de flores.
Al tiempo que cultivaba sus aficiones de hombre de negocios, caminó el país con una Leica Rolleiflex al hombro, con la que captó paisajes y personajes. Hacia 1940 dejó la fotografía, cuando el esfuerzo de cargar la cámara y el tripié se volvió superior a sus fuerzas.
Su primera adquisición de artes decorativas, en 1919, consistió en mil 400 mosaicos. Metódico en sus compras, Mayer conservó los catálogos de las casas subastadoras; en ellos marcaba con plumón rojo sus adquisiciones. Poco a poco fue refinando su gusto y delimitando el objetivo de su colección. Perteneció a una generación de mexicanos que formaron colecciones monumentales como Álvar Carrillo Gil y Diego Rivera, pero se distinguió de ellos porque decantó su colección a las artes decorativas más que a la pintura y la gráfica, y optó por reunir y repatriar arte novohispano.
A diferencia de sus contemporáneos, que atesoraban pinturas, Mayer compraba pinturas para contextualizar las sillas, las mesas, la cerámica y la platería, y recibía a sus invitados en su silla siglo xvii con manos de gato.
¿Qué representaba un soñador errante y desapegado como don Quijote para un corredor de bolsa metódico y práctico como Franz Mayer?
Los archivos del coleccionista no revelaron una línea en donde declarara su admiración por el ingenioso hidalgo de La Mancha, sin embargo, fue uno de sus más esmerados coleccionistas. Reunió 736 ediciones en 13 idiomas de Don Quijote..., entre ellas la primera edición de Valencia, de 1605, la segunda de Bruselas, de 1607, y la primera inglesa, de 1612, de la que quedan tres ejemplares en el mundo. Entre las colecciones privadas, la suya es la más importante de América Latina.
Mayer murió en 1975. Había dispuesto que no se hiciera ningún tipo de ceremonia religiosa en sus funerales. Once años después, su colección llegó al edificio novohispano conocido como Hospital de los Desamparados.

Sede desde 1986 del museo más importante de artes decorativas en Iberoamérica, el edificio que alberga la colección Franz Mayer tiene una historia propia por contar. Situado en la plaza de la Santa Veracruz, tras la Conquista fue alhóndiga y "pesa de harina". En 1582 Pedro López fundó el Hospital de los Desamparados para atender a leprosos y recibir a niños abandonados, así como a indios, negros y chinos, poblaciones marginadas en Nueva España. Ahí se construyó una ermita dedicada a los Reyes Magos, símbolo de la diversidad racial que hospedaba.
La orden religiosa de San Juan de Dios, los juaninos, se encargó del Hospital a partir de 1604. El edificio actual se empezó a construir en 1620, aunque durante los siguientes 200 años se le harían numerosas modificaciones.
Ya entrado el siglo xix, las órdenes hospitalarias fueron expulsadas de México y la administración del Hospital pasó a manos del Ayuntamiento. En el imperio de Maximiliano se especializó en prostitutas, quienes recibían atención ginecológica. Durante los gobiernos republicanos del siglo xix el Hospital se enfocó en la atención de la mujer. En esa época se le conoció como el hospital Morelos, por una estatua del libertador situada en el patio.
En el ajetreado siglo xx fue banco de sangre, hospital para niños, asilo de mendigos, oficinas del Diario Oficial de la Federación y de la Administración General de Correos. Volvió a ser hospital especializado en mujeres y se mantuvo así hasta 1966, cuando se cerró debido a los riesgos que implicaba el hundimiento del suelo. En 1968 fue usado como centro de exposición de artesanías, en el marco de la Olimpiada. En 1981 fue cedido al Fideicomiso Cultural Franz Mayer, administrado por el Banco de México. Ese mismo año se inició la reestructuración, restauración y adaptación del inmueble; el 15 de julio de 1986 se inauguró el Museo Franz Mayer.