la humanidad
de saramago
La muestra La consistencia de los sueños reúne documentos, manuscritos, fotografías y objetos del escritor portugués. Todos transmiten la sensación de una vida larga y laboriosa.
Por diego flores magÓn


JosÉ Saramago en 1974.
Para preparar esta exposición —que se mostró por primera vez en Lanzarote en 2007, con motivo del cumpleaños 85 de José Saramago— Fernando Gómez Aguilera, el curador, entró al estudio del escritor y, "sin limitaciones (...) buscó entre la correspondencia, en los originales, en cajas que estaban todavía cerradas de la mudanza de Lisboa a Lanzarote", y "descubrió cosas que el propio José Saramago había olvidado que tenía". "Mi marido todavía vivía", me cuenta Pilar del Río, desde Lanzarote, España.

"¡Pero cuánto he trabajado en mi vida!", exclamó asombrado Saramago cuando vio reunidos todos esos documentos que dócilmente se ofrecían a la vista en el museo: manuscritos, cuentos nunca publicados, tramas de novelas por escribir o nunca escritas, pruebas de imprenta, retratos, recortes de prensa, libros, traducciones. Así se ofrecen hoy en el Antiguo Colegio de San Ildefonso.

En Todos los nombres, su novela de 1997, un coleccionista sucumbe a la obsesión de completar la serie que consiste en todos los registros de la vida de una mujer desconocida. Cuando se interna en la gruta ominosa del archivo municipal para procurarlos, lleva consigo un hilo de Ariadna: todo archivo es un laberinto y cualquier recorrido es posible.

El hilo que el curador de La consistencia de los sueños tiende por el laberinto documental de Saramago describe un recorrido inmenso, desmesurado: una vida y su destino increíble ("hecha a sí misma, levantada del suelo"). El orden es convencional. El eje es una línea de tiempo. La sucesión que establecen los papeles es diacrónica. La intención ("lo que a Fernando más fascinó", me dice Pilar) es el asombro por ese destino "esplendoroso", de alguien que "no nació para ser escritor; que nació para ser un campesino pobre de una región pobre de Portugal".

La exposición escenifica el espectáculo de esa vida, tendida entre el origen (un pueblo "como cuadra al arquetipo del origen" increíblemente arcaico y remoto de Portugal, Azihnaga) y su destino nunca imaginado (digamos el premio Nobel, la fama, el peso, que sobrelleva humilde y resignadamente, de su calidad pública de escritor).

En la práctica, lo que encontramos en las vitrinas, los muros, las urnas, son textos, pero sospecho que es imposible, en un sentido muy práctico, leerlos todos (según se informa, consta de cuando menos 500 documentos: un libro de ese grueso no se lee a pie). No sé si consigue documentar la totalidad de la vida de este hombre sin duda extraordinario. Sé que la exposición comunica, eventualmente, la sensación de una vida larga y laboriosa. Creo, por otro lado, que esos textos transmiten otra información, acaso más significativa que la biográfica. Si convenimos en que los documentos no están ahí para leerse, más que fragmentariamente, son otros signos los que en ellos hablan, aparte de los lingüísticos.

¿Qué dicen esas escrituras? Dicen la humanidad de Saramago. Incluso los recortes de periódico, los libros, las escasas fotocopias, están rubricados con inscripciones, así sean mínimas: por todas esas cosas pasó la mano de Saramago. Todo lleva su huella: la señal del uso, el sabor de una tenue y cálida posesión. Tratándose de textos, una corrección, una tachadura o un garabato al margen acusan que fueron, como cosas, utilizados. Estos textos y utensilios son las pertenencias de Saramago, y como tales, llevan el vestigio de su intimidad. Son los objetos que la cohesión (que es ya el amor) de una vida reunió. Eso es lo que mejor consigue la muestra de San Ildefonso, más efectivamente que sus propósitos monumentales: la consistencia de la presencia de José Saramago.

Le pregunté a Pilar del Río si estos papeles evocaban, también para ella, una forma de la presencia del escritor, y me contestó que no: "me ponen en contacto —me dijo—, y de una forma muy íntima, y que me llena de satisfacción, de gozo, e incluso de consuelo, con otras personas. No quiero que esos papeles estén guardados en una caja fuerte de la biblioteca nacional, no quiero que los originales estén poderosamente custodiados en Portugal, no quiero que la medalla del Nobel esté en no sé qué depósito, no: quiero que esté todo a la vista, al aire, respirando, visto por gente; ojalá pudiera ser hasta tocado, ojalá no tuviera que estar en urnas de vidrio".

En Lanzarote, Pilar abrió la casa a las visitas públicas: "siempre le digo a la gente toquen los libros, por favor, tóquenlos, denles vida"; quiere "que la tinta no se borre, que las palabras, escritas en esos documentos, se mantengan y se fijen con la mirada de las personas".

La consistencia de los sueños Antiguo Colegio de San Ildefonso. Justo Sierra 16. M Zócalo. Hasta el 2 de octubre 2011. Ma 10-19:30hrs. entrada libre. Mi-D 10-17:30hrs. Admisión 45 pesos; 50% de descuento a estudiantes y maestros; menores de 12 años y adultos mayores, entrada libre.www.sanildefonso.org
cultura     inicio