
Sin apoyo institucional, con la voluntad de mostrar un “México que era más feliz”, el Museo del Juguete Antiguo Mexicano () es producto del tesón de un curador formado a base de feeling, un guardacionista empedernido.
Ni más ni menos.
Por javier lara
La idea
tradicional de un museo se hace añicos cuando
uno entra al local de Dr. Olvera 15, en la colonia Doctores, en los límites del perímetro B del Centro Histórico.
Las salas de exhibición son en realidad bodegas, oficinas y talleres acondicionados. La museografía, ni pretenciosa ni pulcra, consiste en muebles fantásticos, diseñados y construidos por el arquitecto Roberto Shimizu, quien es el creador, dueño, director y amante de este peculiar proyecto.
Con sus 20 mil piezas —entre juguetes antiguos, objetos de la vida cotidiana y fotografías—, el sitio tiene un encanto muy especial, desbordante de agudeza y sentido del humor.
Al recorrerlo, el visitante se encuentra rodeado de colecciones de trenes, naves espaciales retrofuturistas, futbolitos, patines del diablo, trompos, yoyos, baleros, objetos de la lucha libre, bicicletas, alcancías de yeso, máscaras, casas de muñecas, carritos... Incluso un extraño zoótropo —aparato que al girar produce la ilusión de que se mueven unas figuras dibujadas—, diseñado por Shimizu para exhibir ¡luchadores de plástico!
Se trata, dice Shimizu, de “mostrar a las nuevas generaciones los juguetes con los que jugaron y fueron felices sus abuelos y sus padres, enseñándoles, a través de ellos, un México en el que si bien había pobreza, también era un México más feliz, promotor de la creatividad y del ingenio. Para las generaciones anteriores, nuestro objetivo es recordarles la felicidad y la creatividad que los juguetes les dieron en su infancia”.
“México era un gran país y se ha descompuesto por las acciones de la clase dominante. Mi único mensaje al abrir este museo es ése: México era un gran país y tenemos que recuperarlo. Nada más”.
La familia Shimizu
“Mi papá llega de Japón a México, primero a Mazatlán, y en 1940 a la Ciudad de México y abre una tiendita de barrio. Era papelería, dulcería y, en Día de Reyes, vendía juguetes”, rememora Shimizu.
“La tienda, que se llamaba Avenida, estaba en Niño Perdido 117, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas. Es durante las ventas de Navidad y Reyes cuando comienzo a juntar juguetes. Inicié la colección en 1955, cuando tenía 10 años de edad”.
“La tienda se movió del Eje Central para acá cuando yo estaba en la secundaria. Después de muchos años de estar al frente del negocio, me retiré y decidimos comenzar a mostrar algunas cosas; así fue como nos extendimos hasta esta parte de la tienda (planta alta) para habilitarla como sala de exhibición de nuestra colección”.
En la planta baja del museo sigue funcionando la tienda Avenida. Allí los visitantes tienen un remanso para disfrutar desde un sándwich, hasta una rica comida japonesa; aunque es pequeña, vende cualquier cantidad de juguetes raros y de colección. Carritos de plástico, figuras de luchadores, súper héroes, muñecas, extraños juguetes japoneses, carros de radio control, autopistas, juguetes mexicanos que estuvieron de moda en los ochenta —como aquel famoso “espirógrafo”—, piezas de colección y muchos más.
Desde por 20 pesos, hasta por varios miles, los visitantes pueden llevarse un juguete que difícilmente encontrarían en otro lado.
Guardacionista empedernido
El entorno de aquella tienda donde creció Shimizu marcó sus intereses. “Yo me hice coleccionista de chácharas de la vida diaria, y mucho de eso se debe a que nací aquí y ésta es una colonia popular que se hizo a base a guardar cosas”.
“Hace unos tres años me enfermé y entonces pensé que era momento de mostrarle esta colección a mis hijos, colección que he reunido a lo largo de cincuenta años y que si no la muestro ahora, nadie la entenderá con el paso del tiempo”. La decisión “también proviene de valorar la gran importancia que representa, para las nuevas generaciones, conocer los juguetes de la época en que se socializaba con el juego, ya que actualmente, con los juegos electrónicos, el niño se despersonaliza porque juega en solitario contra una máquina”.
“La gente me pregunta qué es lo que soy. Les respondo que soy un guardador de cosas. Siempre guardaba algo de cada cosa. No tiraba nada, hasta la fecha. Mucha gente se ríe de ese comportamiento pero, por ejemplo, nos terminamos la mayonesa y guardo el frasco; nos terminamos la pasta de dientes y guardo el tubo. Siempre uno de cada cosa. Pueden pensar que es una tontería, pero dentro de cincuenta años no va a haber ninguno”.
¿Se trata de un espíritu de coleccionista?, se le pregunta. “Yo más bien creo que es mi espíritu guardacionista. Le doy gracias a Dios que no me hizo coleccionista de arte moderno, de pintura, de barro, de cucharas o de elefantes”.

La museografÍa, parte del juego
Shimizu afirma que su colección completa asciende a un millón de juguetes. “Lo que está en exhibición ahora es sólo lo que teníamos guardado aquí en la tienda, son aproximadamente 20 mil piezas. No hemos traído nada de la casa, tampoco de la bodega; son puros juguetes que teníamos por aquí”.
Los hay artesanales, industriales, didácticos, eléctricos y de colección, entre muchos otros. Si la colección es fascinante por sí misma, la museografía, juguetona, aviva el asombro.
Cada sección de juguetes “vive” en su propio entorno, como la de carritos de lámina —ésos que todavía se ven en las ferias ambulantes—, en la cual se representa un choque entre uno de aquellos célebres guacaleros y un no menos famoso camión transportista; ambos montados junto a un anuncio vial derribado que advierte “Curva peligrosa”.
Muchas series de objetos, como la de muñecos de peluche, la de antigüedades o la increíble colección de trenes alemanes, se hallan dentro de vitrinas hechizas, reinventadas a placer.
“Nuestro trabajo museográfico es muy particular”, explica Shimizu, apostado entre una rústica versión del Sputnik 2 —el legendario satélite ruso que llevó a la perra Laika a su fallida misión
espacial— y un viejo carrito de helados.
“¿Por qué le quise hacer estos tipos de display (exhibidores) a los juguetes? Bueno, he ido a muchos museos alrededor del mundo y creo que no tiene chiste poner objetos en una vitrina; se vuelve como una juguetería vieja. Entonces pensé en que debía darles su hábitat a los juguetes.
“Esta museografía la hicimos con puras cosas recicladas. Un día sacaban las vitrinas de la tienda de mi papá para tirarlas y nosotros decidimos usarlas. También compramos en los tianguis cosas viejas que nos pueden servir. Así hemos ido armando todo”.
Un museo vivo para
mexicanos vivos
¿Cómo puede alguien reunir un millón de objetos y luego compartirlos con todo el mundo?
“Por afición y por placer”, dice Shimizu.
“La colección se muestra de manera gratuita porque se hizo sin fines de lucro, sin la idea de coleccionar objetos de gran valor económico. Por ejemplo, cuando compraba todos los juguetes de la lucha libre se trataba de objetos que eran prácticamente basura. Compraba una caja llena de fotografías de lucha en cien pesos y allí es donde entraba mi feeling para decidir guardar algunas de esas cosas. Es un camino que Dios te pone y al que uno sirve como herramienta. Así se ha estado formando esa colección”, explica el arquitecto.
“Este museo”, continúa, “es como una enciclopedia de objetos de la vida cotidiana de los mexicanos. Nos preguntan por qué no ponemos cédulas para identificar cada pieza. Les respondo que no es necesario dar esa información. La idea es que cada objeto nos remita a distintos recuerdos de nuestra vida. Un juguete nos puede recordar a nuestro papá, otro a nuestro abuelo”.
“Estamos felices porque la gente nos dice que es un museo vivo para mexicanos vivos. Yo a veces digo que puedes ir a ver arte colonial, pero no nos dice nada porque no es de nuestro contexto. Inclusive el arte prehispánico, el arte sacro, el arte moderno, que están tan llenos de vaciladas”.
“Para hacer un museo necesitamos patrocinadores, no podemos solos. Necesitamos ayuda para poder mostrar el otro 90 por ciento de la colección, que aún está guardado. Nos queremos ir a un local más grande. Nos han ofrecido irnos a otras zonas, como Polanco, pero no nos interesa, este museo pertenece a este barrio y lo vamos a mantener aquí”.
| claves de supervivencia |
Cuando se recorre el Museo del Juguete Antiguo, los empleados encienden las luces del salón al que se va a entrar y apagan las del que se acaba de visitar. Es una estrategia de ahorro de energía, pero también de fondos.
“El museo se mantiene gracias a las donaciones voluntarias que nos dejan nuestros visitantes y a la fortuna de contar con un espacio de nuestra propiedad, ya que gracias a ello no pagamos renta”, dice Alberto García, brazo derecho de Shimizu y responsable de la difusión y relaciones públicas del mujam.
“La desventaja es que no tenemos el capital para sacar adelante nuestro proyecto de ampliación, necesitamos la ayuda del sector privado y del Gobierno”.
Tampoco hay presupuesto para publicidad. “Los medios que se han interesado en el museo son los que nos han hecho el favor de darnos a conocer”.
El equipo de trabajo es de siete personas, entre “el director, la gente de relaciones públicas, los creativos y el personal de atención al cliente”.
Pero la pasión prevalece sobre las vicisitudes financieras.
“Todos los juguetes son importantes para nosotros, pero tenemos algunas piezas que por su representatividad e importancia en la cultura popular de México son significativas”, dice García. “Por ejemplo, la máscara y las maracas del salón de baile Colonia, que se ubicaba hasta hace algunos años en la colonia Obrera; un traje original de ‘Santo, el enmascarado de plata’, carritos de la marca Schuco, así como los de plástico, de a peso, que se vendían en los mercados”.
“Seguimos abiertos a incrementar la colección. Todos los días nos llegan personas a ofrecernos juguetes. Adquirimos solamente los que vemos interesantes o poco conocidos, además de que se encuentren en buen estado”. |
| servicios del mujam |
• Visitas guiadas a cargo
del personal del museo para grupos de al menos 10 personas, previa reservación
en el teléfono 5588 2100.
• Tienda de juguetes antiguos
de colección, además de dulcería.
• Comida japonesa los sábados
y domingos.
• Estacionamiento.
Si desea apoyar este proyecto, esta temporada navideña considere hacer sus compras
en el mujam. Está en
Dr. Olvera 15, en la colonia Doctores. Su horario es de lunes a viernes de 9 a 17 hrs.
y sábados de 9 a 13 hrs. |