Teórico y activista en favor de políticas públicas urbanas “de resistencia” en su natal Barcelona, el autor de La ciudad conquistada (2003) habla aquí sobre espacio público y ciudadanía.Por PATRICIA RUVALCABA


Borja, el pasado 5 de octubre
La relación de Jordi Borja con la Ciudad de México es larga y profunda. En 1976 era ya un insólito espécimen mezcla de académico y luchador social cuando plantó en un seminario mexicano sus ideas sobre el vínculo entre movimientos urbanos y procesos de democratización. En 1985, quiso la suerte que Borja —junto a su colega Manuel Castells—, acabara involucrado en la comisión que diseñó la salida política al problema de vivienda causado por los sismos. El modelo resultante —un acuerdo entre líderes sociales, universidades, ong y gobierno— marcó la convivencia entre gobierno y sociedad. Dos años después, Borja participó nuevamente en un tema crucial para la Ciudad: la reforma institucional que facilitaría el camino hacia la existencia de un órgano legislativo del Distrito Federal (Asamblea de Representantes) y la elección de un Ejecutivo local. Luego, su presencia se ha prolongado en el debate sobre tópicos medioambientales, de movilidad o de equidad.
    El 5 octubre pasado Borja, quien dirige el Programa de Gestión de la Ciudad de la Universitat Oberta de Catalunya, fue el primer conferencista del seminario permanente “Centro Histórico de la Ciudad de México”, recién creado por el Programa de Estudios de la Ciudad de la unam. Ofrecemos a continuación extractos de su ponencia y de una breve charla con Km.cero.

Para usted la ciudad está en la calle, más que en las casas…
La ciudad es la calle y la plaza, son los lugares de ciudadanía, que crean y expresan el nivel de ciudadanía, de libertad e igualdad. La calle que nos lleva a los centros, la calle que articula la ciudad, que nos proporciona recorrido y escenario. A diferencia de una carretera, la calle es función y es paisaje.
    La ciudad también es la plaza, lugar relacional por excelencia, ordenador funcional y referente icónico, que puede maximizar la intensidad de la actividad económica y de la vida social.


“La calle y la plaza expresan la libertad e igualdad de una
sociedad”.

¿Qué tiene qué ver eso con la ciudadanía?
En la calle y la plaza es donde se expresa la ciudadanía colectivamente. Es un espacio político y cultural donde se expresan valores y formas de ser de las personas, elementos de identidad y pautas que permiten la vida en común. Y conflictos: las manifestaciones, las concentraciones, las luchas sociales.
    El espacio público para mí es un espacio de ciudadanía en dos sentidos. Primero, es donde se pueden expresar los ejercicios de los derechos de los ciudadanos. Y segundo, es donde se puede expresar la lucha por conseguir estos derechos.
    El espacio público también refleja qué tan democrático es un gobierno. No es únicamente el que los gobernantes sean electos, sino que promuevan políticas públicas que maximicen las libertades y las igualdades entre todos los ciudadanos.
    Por eso creo que la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo no son democráticos, empezando por los europeos. El hecho de negar a la población de origen inmigrante igualdad de derechos, les descalifica como gobiernos democráticos.
    Además, han impulsado políticas públicas de vivienda, de urbanización, que han favorecido la segregación social y por tanto, la desigualdad social.

En ese sentido, ¿cómo ve al Centro Histórico como espacio público?
Yo creo que el Centro Histórico en México es una expresión de un cierto proceso de democratización.
    La represión de la Plaza de las Tres Culturas (1968) es un momento de involución democrática, es un acto criminal de terrorismo de Estado. A unas personas que estaban ejerciendo un derecho ciudadano reconocido, manifestándose en un espacio público, se las mata simplemente, a otras se las encarcela.
    En cambio, en el terremoto de 85, (la autoridad) establece una relación de diálogo con los afectados. Aquí se inicia un proceso que culmina con la democratización política del D. F., el nuevo gobierno electo del D. F., etc., a lo largo de una década, entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa.
    Ese trance se refleja en el Zócalo, que deja de ser un espacio vedado para las movilizaciones sociales. Se conquista el Zócalo, que es muy simbólico, y se revaloriza el Centro Histórico como un espacio significante para los ciudadanos.
    El Centro Histórico de Ciudad de México es un indicador de un proceso de democratización más general, con sus avances y retrocesos, con sus contradicciones, porque al mismo tiempo hay zonas de inseguridad, o hay zonas degradadas, hay conflictos con los ambulantes... Pero hay vida, hay expresión social, hay valores culturales, y éste es un centro histórico que no es únicamente para turistas, no es únicamente monumental, aunque también sea esto. Es un centro histórico en el que la Ciudad de México en su conjunto puede encontrar un elemento especialmente significativo.


El Centro, un espacio significante
¿Aún en una megalópolis con numerosas centralidades?
Sí, la Ciudad de México tiene muchos centros. Hay ciudad cuando hay centros, lugares significantes, por su historia y su patrimonio físico, por su memoria colectiva y su polivalencia, por su animación y su capacidad de sorprender… los centros museificados no son centros; los centros degradados tampoco lo son. En unos no hay vida interna, en los otros no la hay externa.
    Hay centros incluyentes y centros excluyentes, centros que te hacen sentir ciudadano, libre e igual, y centros para usuarios y consumidores que tienen papeles administrativos y solvencia económica.
    El problema del Centro Histórico es que no solamente el D. F. es muy grande y muy poblado, sino también que la movilidad es fatigosa, es pesada, es poco accesible en la práctica.
    Creo que uno de los derechos en el que normalmente no se piensan es el derecho a la movilidad.
    En una ciudad grande y compacta ese derecho sólo se puede ejercer a través de un transporte colectivo eficiente. Si estás en una periferia, para ir al centro tienes que poder llegar en transporte colectivo, rápido. Si no, este centro será para la población residente próxima, y para la población turística; será un centro que jugará un pobre papel integrador del conjunto de la ciudadanía.

Usted advirtió sobre “los procesos disolutorios de la ciudad”, en particular sobre la renta especulativa del suelo y el uso de la ciudad como negocio por parte de los actores económicos y políticos. ¿Cómo ve al Centro Histórico ante esos retos?
La inversión privada es necesaria, así que la cuestión es crear un compromiso entre este interés lucrativo de los inversores y un interés general de mantener una parte importante de residencia y de comercio popular, de mantener un espacio público que permita la fiesta, la animación, etcétera.
Por lo tanto, sí tiene que haber una autoridad muy fuerte y con las ideas muy claras que sepa a la vez atraer, pero también poner condiciones, a los actores privados que pueden ver en el Centro una oportunidad de beneficio.

La ponencia “La ciudad es la calle. El espacio público y los centros históricos como test de la ciudad democrática”, de Jordi Borja, se pueden consultar en www.puec.unam.mx/jordi_borja_ponencia.pdf

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