
Por juliÁn pablo

Vestigios de un canal de desagÜe colonial en Templo Mayor
Para la sensibilidad e inteligencia de nuestros días, es muy difícil visualizar en una memoria dichosa, desde su fundación hasta el día de hoy, al Centro Histórico de la Ciudad de México.
En la historia de la cinematografía existen dos modos de contar la memoria de una ciudad dichosa o desdichada. Roma de Fellini y Los olvidados de Luis Buñuel representan ambas narrativas. La primera cuenta el origen de la Ciudad Eterna, la segunda hace visibles los márgenes de la Gran Ciudad. Ambas metrópolis comparten un destino común: nunca han dejado de ser grandes ciudades, cada una en su propio tiempo, alejada una de la otra y sin embargo semejantes. Ambas ciudades eternas. Ambas ejes del mundo y de los mundos. Hasta nuestros días, han pasado por ellas lo indecible y lo decible: razas culturas amores y crueldades, epopeyas y tragedias.
Si Roma está viva y se la llama la Ciudad Eterna, la Ciudad de México no lo es menos, a su modo. Toda Europa ha pasado por ambas ciudades, toda África, todo Oriente, toda Oceanía, toda América.
Porque en México se encontraban ya los antiguos pueblos originarios, culturas vivas en sí mismas, en contacto con otros pueblos dentro del mismo territorio que hoy llamamos América. Después nos llegó España preñada de las culturas árabe, griega y romana. Luego llegó África de dolorosa memoria, para abrir paso a las Filipinas y la India. De ese modo México fue
ax mundi.
No se puede entender esta gran ciudad sin las religiones que aquí convergieron: la católica y la mozárabe, luchando con las sabidurías antiguas que permanecían latiendo en los antiguos pobladores. Así, los ritos mexicas y cristianos se superpusieron en mundos paralelos, o bien entraron en agónica batalla, pero las más de las veces se fundieron en un mestizaje paradójico. Las procesiones virreinales de la Ciudad de México, como la de Semana Santa con el Cristo del Santo Entierro y la Virgen Dolorosa, caminata sagrada que iba de San Francisco a Santo Domingo y culmina en Catedral, eran las representación plástica y devocional de una teología de la redención intuida por esa civilización en ciernes, donde muchos mundos se enfrentaron y encontraron en torno a un Mesías sufriente. Extraña y admirable liberación de las pulsiones de
eros y thanatos en una síntesis que busca superarlas como amor de donación.
México es una ciudad por naturaleza universal e irrepetible. Es ejemplo de personalidad y globalización. Su corazón, el Centro Histórico se fue haciendo para todo el mundo y por eso todo el mundo puede ver a México como el lugar donde pasa lo eterno y bello, semejante y distinta a Roma y Jerusalén en otras latitudes del planeta.