
Los esfuerzos recientes para repoblar el Centro Histórico van sobre todo dirigidos a una población joven, proclive a un estilo de vida inspirado en modelos internacionales de desarrollo urbano y estimulado por nuevas formas de consumo.Por alejandra leal*

Repoblar el Centro es indispensable para revitalizarlo
Es casi un lugar común hablar de la necesidad de repoblar el Centro Histórico de la Ciudad de México. Funcionarios públicos, inversionistas, urbanistas, académicos e intelectuales con posiciones distintas, y en ocasiones divergentes, concuerdan en que para lograr la revitalización genuina y duradera del corazón simbólico de la nación se deben generar condiciones para que la gente regrese a vivir en él, incluyendo a sectores medios y altos. Con esto se revertiría un proceso que comenzó a partir de la segunda mitad del siglo
xx, cuando el crecimiento de la ciudad y la dispersión de las funciones de centralidad generaron un éxodo masivo de la población, que se intensificó después de los terremotos de 1985. Las cifras del despoblamiento son sin duda sorprendentes. Según datos del Centro de Vivienda y Estudios Urbanos, A. C. en un período de cuatro décadas, de 1950 a 1990, el Centro Histórico perdió más de 50 por ciento de su población, tendencia que aún no cambiaba en el año 2000. En vista de ello, resulta pertinente reflexionar acerca de los términos en que se ha planteado el repoblamiento en el actual proyecto de renovación y señalar algunos retos.
Los esfuerzos recientes para repoblar el Centro Histórico van sobre todo dirigidos a una población joven, proclive a un estilo de vida inspirado en modelos internacionales de desarrollo urbano y estimulado por nuevas formas de consumo. En efecto, en los últimos años estudiantes, artistas y jóvenes profesionistas se han establecido en departamentos remodelados por inversionistas privados, que se apoyan en los programas gubernamentales de mejora de infraestructura, servicios y seguridad, sobre todo en las zonas poniente y sur-poniente del primer cuadro. Este proceso no se ha dado sin tropiezos. El Centro Histórico congrega diariamente a masas de consumidores, paseantes, oficinistas, es el centro simbólico del poder y el escenario privilegiado de la protesta social. Presenta además problemáticas propias de un centro urbano como el ruido, la contaminación y la inseguridad. Por todo esto son muchos los que llegan pero pocos los que permanecen. Cabe entonces preguntar si las necesidades y las expectativas de los nuevos habitantes son compatibles con la multiplicidad de funciones y prácticas que conforman al Centro Histórico.
Una cuestión recurrente en discusiones sobre la habitabilidad del Centro es cómo lograr que ésta sea incluyente. ¿Cómo impedir que la llegada de habitantes con mayor poder adquisitivo genere la expulsión de los residentes pobres, los que se quedaron y los que llegaron durante las décadas de abandono? Sin duda pertinente, esta pregunta suele plantearse de manera genérica. Son escasas las discusiones concretas sobre quiénes son estos habitantes, en dónde y cómo viven y cuáles son sus necesidades reales. Más aún, esta formulación pasa por alto que existen otras posibilidades de exclusión, que no necesariamente implican el desplazamiento. Es importante pensar, por ejemplo, si los proyectos culturales, las instituciones y los nuevos espacios de esparcimiento y consumo son accesibles para estos habitantes. En una ciudad de desigualdades alarmantes, el Centro Histórico es un lugar de convergencia para sectores sociales diversos. Por ello su renovación ofrece la posibilidad de construir un modelo de ciudad incluyente. Esto, sin embargo, no será posible si el proyecto se deja en manos de las leyes del mercado.
*doctorante en antropología en la universidad de columbia, ny. estudia el repoblamiento del Centro HistÓrico