
El doctor Gustavo Araoz, Presidente Internacional del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (icomos), explica en entrevista la necesidad de transformar los paradigmas tradicionales e incluir a los residentes del Centro Histórico, a líderes sociales y a especialistas en diversas disciplinas, en las decisiones sobre conservación.
Por Patricia Ruvalcaba

calle de Cuba, México D. F.
En la definición de los programas de intervención del Centro Histórico, se debería “tratar de entender y estudiar sus valores patrimoniales intangibles” de manera multidisciplinaria, así como preguntar a quienes viven allí “qué es lo que quieren, qué necesitan, qué les gusta y qué del pasado no les gusta y no quieren conservar”, dijo el doctor Gustavo Araoz.
Ambas recomendaciones son parte de un paradigma que se viene abriendo paso a codazos en el ámbito de la preservación patrimonial y que reconoce el derecho de cada generación de dejar su huella en los centros históricos. Este precepto, explicó Araoz, contradice nada menos que a la Carta de Venecia, “un documento sacrosanto” para los especialistas en la materia.
Ya no sÓlo cuenta la piedra
Tras dictar la ponencia: “La experiencia del icomos en los centros históricos”, en el marco del seminario El Centro Histórico de la Ciudad de México: ordenamiento, revitalización y conservación, convocado por la Comisión del Distrito Federal del Senado de la República y celebrado el 10 de septiembre pasado, Araoz dijo a
Km.cero que uno de los desafíos actuales es lograr la aceptación del patrimonio intangible como un criterio de conservación.
“Hemos estudiado la piedra, sabemos cómo consolidarla, cómo repararla”, dijo el experto, en referencia a los valores patrimoniales resguardados tradicionalmente (edificios y espacios públicos, formas, estilos y materiales).
“Ahora tenemos que trabajar con los intangibles”, es decir, con aquellos valores que “yacen en los procesos sociales y comunitarios que a través del tiempo ha creado la ciudad, de manera que sea un escenario capaz de sustentar la vida comunitaria”.

Escalinatas de la Catedral de Amalfi, Italia
Como ejemplos de lo anterior citó en su ponencia: la tenencia tradicional de la tierra (barrio chino de San Francisco, cuyo valor está en la actividad comunitaria, no en los edificios); usos históricos del ambiente (mercado de Toluca); el valor simbólico de un lugar (monumento a Hiroshima, como recordatorio comunitario de un hecho); rituales comunitarios (como el Palio de Siena, una carrera hípica de origen medieval); el aspecto sagrado de algunos lugares (Chichicastenango, Guatemala, donde se encontró el
Popol Vuh, libro sagrado de los mayas); o su significado político (Zócalo de la Ciudad de México).
Es preciso, dijo Araoz a este periódico, definir “qué queremos conservar para nosotros mismos y para las generaciones futuras, y eso incluye elementos intangibles, procesos y contextos, porque ellos permiten cierto grado de conservación del patrimonio material”.Para llegar a esa definición “necesitamos otro tipo de gente, ya no científicos en el laboratorio, sino etnógrafos, sociólogos, economistas, antropólogos y los mismos políticos y activistas sociales”, es decir, hacer un abordaje multidisciplinario del tema.
En el caso del Centro Histórico de la Ciudad de México, como en todos los otros casos, dijo, también hay que consultar a los habitantes, “porque, al fin y al cabo, la primera trinchera en la batalla del patrimonio son los ciudadanos que viven allí. Si ellos no lo pelean, perdimos la guerra”.
“Hay que darles el espacio para que expresen qué es lo que quieren, lo que necesitan, qué les gusta y qué del pasado no les gusta y no quieren conservar. Todas las sociedades se han permitido borrar parte del pasado que no les interesa, ésa es una parte importante para construir siempre mejor”.
Si bien hay cosas que no se deben olvidar, “hay algunas cosas que queremos olvidar, por ejemplo, muchos edificios del siglo
xx, que no ameritan conservarse sólo por tener 100 años.
“Así como el siglo
xix derrumbó mucho, también aportó mucho que ahora apreciamos como patrimonio. Y ahora en el siglo
xxi, estamos empezando a apreciar el
xx: ya ustedes (México) tienen dos sitios del siglo
xx en la lista del Patrimonio Mundial (la Casa de Barragán y el campus de la
unam).

Centro HistÓrico de Cartagena, Colombia
La “sacrosanta” Carta de Venecia
Aun cuando documentos torales de la teoría de la conservación han reconocido siempre “que el patrimonio tenía que tener un uso útil para la sociedad, lo cual implica cambios”, lo que ha prevalecido es la “sacrosanta” Carta de Venecia (1964). La Carta estableció que “toda intervención tenía que ser reversible y que no se le podía quitar nada a ningún edificio histórico, porque entonces se estaban retirando elementos de autenticidad”.
En estos momentos, “decir que la Carta de Venecia ya no tiene vigencia, nos deja sin ancla, nadie quiere soltar esa ancla hasta que tengamos otra y, construir esa otra y echarla al fondo del mar y que trabe bien, no va a ser fácil”.
Aún así, concluyó Araoz, “No podemos impedirle a la generación actual que deje su huella. Eso es lo que estábamos tratando de hacer —los especialistas en conservación—, decirle a la generación de los años 60 y 70 que si se querían expresar y dejar una huella, que lo hicieran en otro lado, no en los centros históricos”, pero eso equivale “a paralizar el Centro Histórico, a quitarle la vida y convertirlo en un sitio muerto”.
El icomos es una organización internacional no gubenamental de profesionales dedicados a la conservación de monumentos y sitios históricos.