
Por vicente quirarte
totalmente renovada, la biblioteca lerdo de tejada
celebra sus 80 aÑos La Ciudad de México es una biblioteca y un archivo. Sus piedras y plazas, sus calles y estatuas son acumuladoras de tiempo que cuentan historias de las que han sido protagonistas o testigos. En pocos espacios como el que denominamos Centro Histórico se concentran tantos hitos que den cuenta de la evolución sincrónica y diacrónica de la urbe. Por fortuna, los hechos del hombre y las obras que para preservarlos ha construido, tienen como aliados a los archivos y las bibliotecas que sustentan el conocimiento, el dato. La Historia.
Ciudad de paredes vivas, casa de imágenes y voces, laberinto cuyo explorador conoce el secreto para encontrar la salida y donde el cordel es más firme y sabio conforme se estrecha el contacto entre el lector y la página, la Biblioteca es una ciudad y una casa: un universo. Es la invención humana más prestigiada y temida por los hombres. Prestigiada, porque es el resumen de los sueños y logros de una comunidad; temida, porque en ella los aprendemos a elegir por nosotros mismos y a saber que los hechos, al estar registrados, no se borran.
Tenemos una Biblioteca Nacional y un Archivo General de la Nación. Al igual que en otras repúblicas que nacieron a la vida independiente en el siglo
xix, su historia está ligada a los principios de libertad y soberanía, a la necesidad de conocernos para defendernos mejor. Ambas instituciones emigraron a otros inmuebles en cuanto los originales fueron insuficientes para custodiar y hacer accesibles sus acervos. En el Centro se quedaron, para librar su heroica batalla contra el tiempo, notables acervos documentales. Basta trasponer puertas para encontrar sorpresas de toda clase. Algunas tienen sus letreros ostensibles desde la entrada; otras, como la del Casino Español, la del Colegio Nacional, el fondo reservado del Palacio de Minería, requieren de iniciación y de conocimiento. Dignas de mención son igualmente esas biblioteca en movimiento constante que son las librerías de segunda mano. Algunos de sus capitanes, como Enrique Fuentes en su generosa Librería Madero, son bibliógrafos profesionales y guías imprescindibles para los cazadores profesionales de libros a punto de la extinción. Los hijos del siempre recordado Ubaldo López continúan su tradición, y dice la leyenda que en su trinchera cultural de la Calle de Donceles existe un fondo de 2 millones de ejemplares, siempre cambiante y vivo, como el mar.
Espacio público que enseña el respeto al espacio privado, el archivo y la biblioteca tienen una definición amplia pero un denominador común: la pasión individual para sumar en papeles escritos afirmaciones y dudas individuales, y la de sucesivas generaciones que, al igual que los constructores de catedrales, a través de los siglos enriquecen y preservan la memoria de una comunidad. Una suma de libros no hace una biblioteca, pero sí la voluntad que un individuo o una comunidad aportan para que los signos de la tribu mantengan su ciclo y se renueven. Es el sitio donde, en contacto con seres que han sentido aquello que como primeros lectores adivinamos, descubrimos nuestros plenos poderes para poseer, al menos por instantes, la eternidad.
La misión de una biblioteca y un archivo no es la de ser exclusivamente un almacén o un recinto que albergue una riqueza estática: por el contrario, su trabajo dinámico y cambiante consiste en fomentar la cultura del libro, del texto impreso o manuscrito, como seres que precisan cuidados que permitan llegar al lector gozoso o al especialista, gracias a cuyas múltiples transformaciones la letra o la imagen encuentran su renovada razón de ser. Con los nuevos recursos tecnológicos cuyas consecuencias rebasan nuestras expectativas, defendamos y preservemos los acervos documentales y los edificios e instituciones que los custodian. Contribuyamos de todas las maneras a ajustar los engranes y aumentar la eficiencia de esas máquinas del tiempo que nos ayudan a ejercer con plenos poderes el presente y el necesario inevitable futuro.