Por patricia ruvalcaba


“Polvo de estrellas, bengalas y champiñones, lluvia de estrellas, marea baja, marea alta, mar muerto, rosas en el mar, espuma de mar, conchitas en el mar, secuencias, Romelia, tulipanes, margaritas…”.
    La tejedora recita su retahíla con una nota tierna en la voz. Son nombres de puntos que la memoria cerebral conoce tan bien como la corporal. O más bien de ritmos que las manos ejecutan sin equivocarse, después de 35 años de entrecruzar las agujas.
    “¿Cuántos puntos se sabe, María de la Luz?”. “Uh, como cien. O más”. (La verdad son más). “¿Toditos de memoria?”. “Toditos”.
    Cuando María de la Luz extiende su muestrario en un muro del templo de San Jesús de Nazareno, en República de El Salvador y Pino Suárez, le enseña al mundo no sólo la pasión madura con que domina su oficio, sino buena parte de su vida.
    “Yo estuve internada y desde los ocho años me enseñaron a tejer. Formé mi familia y todo. Cuando acabé mi carrera con ellos, me vine a dar clase”, primero por gusto y luego “para sobrevivir”.
    “Un día estaba sentada en el jardín (frente al templo), acabando un vestido para una dama que iba a levantarle la cola a una novia. Entonces pasó una compañerita y dice ¿qué está haciendo? Y así se empezaron a juntar y dije, bueno, me traigo mi muestrario para acá”.
    Eso ocurrió hace cuatro años. Desde entonces, se han sumado pupilas. Algunas vienen desde lugares tan lejanos como el estado de Chiapas. “Mis niñas”, les llama María de la Luz. Juntas tejen “a placer” en la escalinata de la capilla. “Ya nos radicamos aquí. El padre nos dio gentilmente mucho permiso de estar aquí y, pues sí, la pasamos bien a gusto”. “¿No es incómodo?”. “No. Porque al rato baja el sol, y ya se vuelve a ir otra vez. Que es lo que luego nos cala. Y en temporadas de lluvia, Dios ha sido muy pródigo con nosotras. Nos deja hasta que terminamos y luego echa su agüita”.
    La menor de las niñas tiene 28 años; la mayor, Jesusita, cumplió 92. Hacen sombreros o pantuflas, guantes o blusas, mañanitas o gorras. No sólo eso. Esta academia creada por generación espontánea ha crecido y agregado especialidades como bordado, crochet o bordado de listón.
    “Estamos aquí para amistar, para que entre ellas se cuentan sus problemas, nos desestresamos”, dice María de la Luz. A veces, las risas suben de volumen y el padre sale a aplacarlas, confiesa María de los Ángeles, la maestra de bordado. “Es que esto es una iglesia”, razona.
    Y allí, a unos metros de la escalinata, colgado del muro, el lienzo de la tejedora, con sus retazos prendidos con seguritos, habla pues de la maternidad expansiva y gozosa de María de la Luz.
    Habla de un cosmos femenino en tonos pastel: susurros, embarazos, canciones de cuna, chambritas, bufandas y suéteres para el invierno de los hijos, chalecos para el otoño de los maridos. “Marea baja, marea alta, polvo de estrellas…”.

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