
Y el milagro se hace. A los tres años, a los cinco, a los siete o a los diez, el milagro de crear un cosmos personal sólo requiere unos centímetros cuadrados de espacio. A veces ninguno. Ocurre cuando menos se espera, incluso en una calle como Emiliano Zapata, a unos metros de la Santísima, entre el griterío y el paso de diableros y gente nerviosa cargada de bultos. A las 11:35 de un sábado un niño tiene que esperar por su madre, que entró a una tienda. Mira a su alrededor. Hay dos escalones de una casa colonial para él. Saca de cada bolsillo un ejército de plástico y, en ese justo momento, dejan de ser de plástico. Él, a su vez, asciende a general de División. Distribuye a sus muchachos, azules y blancos, en los peldaños, y juega a la guerra. Es una guerra cruda, como todas, con miedo, con bravura, órdenes y contraórdenes, heridos y bajas. ¿Qué está en pleito? Como en muchas guerras, no se sabe, aunque los soldados entienden que más les vale ganar. Pero como en todas las guerras, todos pierden. Después de un rato de refriega cuerpo a cuerpo —no hay trincheras ni dunas, sólo la superficie rugosa de la piedra— más muchachos azules han caído, aunque los blancos también muerden el polvo. Pero el general no está cansado, para nada. Sigue dirigiendo a los hombres, se le saltan las venas del cuello, hace onomatopeyas de proyectiles y muecas de dolor, llama refuerzos que no llegan, mi general, porque están resistiendo aquí cerca, en esa esquina. Y en otros rincones del Centro, de la ciudad y del mundo, también se juega. Se extinguen galaxias y civilizaciones al tronar una pompa de jabón, se le da de comer a sus horas a una hambrienta niña de trapo, se charla con un árbol o se salta mil 342 veces una cuerda, y se encuentra la diferencia precisa entra cada una de esas mil 342 veces. “¡Ya deja eso y vámonos!”, ordena el mando superior a las 11:40. El general protesta, hay unas bajas apresuradas entre los azules, y ya. El milagro se acaba. Cada ejército vuelve a su bolsillo y el general, degradado, camina entre el gentío, preguntando si le pueden comprar un helado. En la tarde será superhéroe, mago, tortuga voladora o ve a saber qué.