Por patricia ruvalcaba

¿Qué cara hubiese puesto Hernán Cortés si le hubieran anticipado que sus ilustres huesos terminarían emparedados en el mismo punto donde conoció al emperador Moctezuma? ¿Y qué gesto le hubiese merecido enterarse de que ese destino se cumpliría 400 años después de su muerte, habiendo pasado por una travesía transcontinental, ocho exhumaciones, homenajes pomposos y una amenaza de profanación?
    El 4 de diciembre de 1547, dos días después del deceso de Cortés, sus restos fueron colocados en la iglesia del monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, Sevilla. En 1550 se les cambió al altar de Santa Catarina, en la misma iglesia. En 1566 o 67, como él deseaba, fueron llevados a Nueva España y sepultados en la iglesia de San Francisco de Texcoco. Luego, en 1629, al convento de San Francisco de la Ciudad de México.
    En 1794 los huesos fueron trasladados con toda pompa al templo de Jesús Nazareno, del Hospital de Jesús. La institución fue fundada por Cortés en Huitzilan, el paraje donde conoció a Moctezuma —hoy en Pino Suárez y República de El Salvador.
    Allí se construyó un mausoleo de mármol decorado por Manuel Tolsá; el artista, además, realizó un busto del conquistador. Para las exequias, encabezadas por el virrey Branciforte y anunciadas por las campanas de Catedral y de las parroquias, el Hospital se engalanó y Fray Servando Teresa de Mier dijo una oración fúnebre.
    Pero en 1823 el ambiente era otro. Se acercaba el 16 de septiembre, fecha en que se honraría a los héroes de la recién consumada Independencia, y algunos exaltados amenazaron con profanar el mausoleo de Cortés y quemar sus restos. Para impedirlo, Lucas Alamán y el capellán mayor del Hospital de Jesús exhumaron los huesos y los escondieron bajo la tarima del altar mayor del templo. El busto y el escudo nobiliario de Cortés fueron enviados a sus descendientes en Italia. Así simularon el traslado de los huesos, lo que calmó los ánimos.
    En 1836, por remodelación del Hospital, los huesos se cambiaron a un nicho en el muro del Evangelio, sin inscripción alguna. Pero Alamán registró ese movimiento en un acta secreta cuyo original envió a Italia. Una copia fue entregada a la embajada española, igual que la llave de la urna funeraria.
    Pasaron 110 años. En 1946, investigadores de El Colegio de México que por accidente conocieron el acta notarial secreta, quisieron ver los huesos. Siguiendo las instrucciones de Alamán, encontraron la urna el 24 de noviembre. Por acuerdo presidencial, se encargó la custodia y autentificación de los restos al inah, lo que se llevó más de siete meses. Confirmada su autenticidad —y encontrado, de paso, que Cortés tuvo bastantes problemas dentales—, el 9 de julio de 1947 los huesos fueron devueltos solemnemente al mismo nicho de 1836. Esta vez se colocó una placa conmemorativa de bronce con la inscripción “Hernán Cortés 1485-1547”.
    Hoy, a 462 años de su muerte, pareciera que los huesos del conquistador por fin reposan en paz. Si hubiera sabido,?tal vez sólo hubiese levantado las cejas.


Fuentes: Julián Gascón Mercado, Breve historia del Hospital de Jesús, 5ª ed., Vertiente Editorial, 2006; Xavier López Medellín, “La historia de los huesos de Hernán Cortés” en www.motecuhzoma.de/huesos.html, consultado el 05/10/2009.

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