Por patricia ruvalcaba

Era ya casi oficialmente invierno. Las chamarras y los suéteres empezaban a alternar con las prendas ligeras. Como un acto de magia blanca, tres jardineras de la calle de 5 de Febrero amanecieron llenas de gladiolos blancos y rojos, plantados en fila india en los perímetros. Cada grupo de flores rodeaba a su arbolito como una ronda chispeante, traviesa. Qué lejano parecía el tiempo en que estas flores de estirpe africano-mediterránea eran comparadas con las espadas —por eso su nombre, del latín gladiolus, diminutivo de gladius, espada— y obsequiadas a los gladiadores que resultaban vencedores en los circos romanos.
    Y qué lejano parecía ese día el invierno, gracias a este injerto veraniego que alegró la acera unos días. ¿A quién había que darle las gracias? Las jardineras corresponden a una lonchería, cuyo dueño, “desde chiquito”, ama las flores. ¿Cuáles? “Violetas, geranios, gladiolos, ¡todas!”. Cuantas veces ha puesto macetas, o se las han robado o ha tenido otros problemas. Así que a veces se da el gusto de plantar los tallos, quién quite y prendan. Como sea, la jornada de trabajo se aligera, cómo no, si un ramo de gladiolos danza alrededor del árbol, sea la estación que sea.

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