

Por Sandra Ortega
Era difícil no verlo. Al descubrirlo ahí, asomado en el balcón mirando al cielo, era imposible no detenerse a tejer hipótesis sobre cómo llegó hasta el segundo piso del número 22 de la Calle del 57.
Quizá el corcel se sintió agotado del barullo de la feria, del millón de vueltas que había dado aquel domingo y emprendió la carrera.
Quizá fue un Pegaso agotado que guardó las alas para llamar la atención un poco menos, y en castigo fue convertido por los dioses del Olimpo en caballo de fibra de vidrio.
Dicen que llegó allí gracias a una niña que lo encontró abandonado y convenció a sus padres de adoptarlo. Se sumó así a la lista que formaban dos perros, cinco canarios, dos tortugas y tres caracoles que lo vieron entrar con dificultad por la estrecha puerta de madera del departamento.
Como no había mucho espacio en la vivienda, lo acomodaron en el balcón. Seguramente el rehilete y las nochebuenas le alegraron el invierno.
Un buen día se desbarrancó. No se sabe si se alzó en un relincho entusiasmado con la llegada de la primavera o fue perdonado, recuperó las alas, y algo falló en el último momento. El caso es que cayó al suelo y terminó descuajaringado en la acera.
Queda esta fotografía como testigo de que aquel corcel existió y vivió por unos meses en un balcón de la Calle del 57.