Por patricia ruvalcaba

En el interior del metro Zócalo, levantan los brazos, alzan lo más que pueden las manos, alargan el cuello como si estuviesen realizando ejercicios de yoga o bailando o listos para atrapar un obsequio lanzado desde lo alto. Otros sólo tienden plácidamente el rostro hacia arriba, unos más levantan a los niños para que reciban la brisa húmeda.
    La gratitud se expresa con un sonoro "¡Ahhh!" o un "¡Qué riiiicoooo….!", así, alargado. El alivio relaja los rostros, desbarata los entrecejos fruncidos, cierra los párpados, forma una sonrisa, cambia el humor.
    Era una cuestión de confort y de salud, de hidratar a los usuarios —en mayo en algunas estaciones subterráneas la temperatura alcanzó niveles sin precedentes—, pero la cosa fue más allá. Los ventiladores-aspersores de agua se volvieron no sólo puntos de alivio, sino pretexto para reír y bromear. Sobre todo los adolescentes y los niños aprovechan para divertirse con el juguete más maleable, el más cristalino y fluido. Con la ropa húmeda echan relajo un ratito, se hacen cosquillas líquidas, antes de sumergirse otra vez en el trajín y el calor agobiante, ése que hace cabecear, o de plano roncar, en los vagones.

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