
Un par de brochazos verdes jalan hasta al ojo más distraído en la calle de Vizcaínas, entre Eje Central y López. Allí, en la banqueta norte, Pepe y La Loca pasan sus días plácidamente, bañados de sol cuando hay sol o encobijados cuando aprieta el frío. Parte de esta vida consiste en degustar alegremente pistaches, semillas de girasol, nueces de la India, manzana, mango, papaya y todo lo que quepa en el campo semántico de la palabra “fruta”. Como buenos loros de estirpe huasteca, Pepe y La Loca derrochan simpatía y pueden sostener una animada conversación con quien se acerque a saludar. Saben decir “buenos días, buenas tardes y buenas noches”, cada fórmula de cortesía a la hora apropiada, y dicen adiós con la pata. De broma, imitan el llanto de los bebés y, desde su jaula, contestan “¡bueno!”, cuando suena el teléfono de la pollería La Especial, que regentean sus amos en el número 5 de Vizcaínas. Ahora, son sociables, pero no dejan de tener sus parámetros. Les gustan, del 1 al 10, los hombres, las mujeres, los niños y los bebés.
Hasta ahí no parece haber diferencia entre Pepe y La Loca. Pero con un poco de convivencia, queda claro que él es más serio. ¿Tendrá algo que ver un pasaje trágico de su vida? Le ocurrió cuando era chico y solía andar libre por la estructura del toldo de La Especial. Un día, una descarga proveniente del cableado eléctrico lo lanzó al piso. El accidente le costó parte del pico. Pepe no volvió a sentirse seguro en el vacío —cuando, por ejemplo, su ama se lo colocaba de pie sobre el brazo, él se iba de bruces como un autómata— y prefirió vivir en una jaula. Estuvo solo un tiempo, pero luego llegó a su vida La Loca. Ella se ha ganado ese nombre con su temperamento arrebatado. “Es mucho más alegre, juguetona y hablantina que él”, dice su amo. Pepe tiene cinco años y La Loca dos, y se podría decir que, como muchas parejas, se complementan. Dos brochazos verdes en la grisácea acera norte de Vizcaínas. (Patricia Ruvalcaba).