Por patricia ruvalcaba


El tizne impregna las paredes, la pala, los escasos utensilios, las manos y la cara del carbonero. La negrura no es total, gracias al manchón azul turquesa del mostrador y al color blancuzco de los costales de carbón. Sin embargo, la estampa da para un estudio a la manera de los pintores de claroscuro, aquéllos que con una pequeña fuente de luz, creaban escenas llenas de calidez, dramatismo u horror. Un Caravaggio contemporáneo, o un Rembrandt, podría realizar una serie acerca de la carbonería de Manzanares 19-A. “La báscula del carbonero”, podría ser una. Porque los platillos metálicos semicirculares con que antes se servía el carbón desaparecieron, pero la humilde báscula sigue pesando kilos -de 6.50 pesos, a precio actual. “Los trabajos del carbonero”, podría ser otra. Porque el carbonero, que se llama Gerardo Martínez y tiene 36 años, dice que el negocio ha venido a menos desde los tiempos en que la carbonería era de su padre y estaba “allí a la vueltita, en el mercado de Mixcalco”. El destino de su carbonería sin nombre -“es que no tiene razón social”- está ligado básicamente a los eloteros, que “son los que más compran” (la población de quesadilleros y tamaleros ha mermado, o bien han cambiado de fuente de energía). Luego está la gente afecta al pescado sarandeado, al cabrito a las brasas o a las carnes asadas de los pic nic, y “personas de escasos recursos” que carecen de una estufa a gas. El carbonero, que abre los siete días de la semana de 10 a 15 horas, está prevenido y tiene “otro trabajo”. Una variación más podría titularse “La familia del carbonero”. Porque la esposa y los tres niños hacen la comida con él, detrás del mostrador azul turquesa y en medio de las pilas de materia oscura, geométrica y olorosa. Luego los niños, alegres y tiznados, juegan, trepan al tapanco del fondo, remueven ese carbón venido de Chiapas, con lo que producen una música quebradiza. Una última variación podría ser “La serenidad del carbonero”, porque cuando despacha, cuando descarga, cuando, en fin, apila sacos de carbón, el polvillo negro se le viene a la cara. Pero al carbonero, la idea de que eso sea dañino, francamente le hace gracia.

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