Entre las comunidades extranjeras presentes en el Centro Histórico, la libanesa es una de las más fuertes. Sus cafés y restaurantes son su huella más visible, pero hay muchas otras. Ofrecemos aquí un acercamiento mínimo a esa presencia con más de 130 años.
Por javier lara

La historia de la migración árabe a México se remonta a la segunda mitad del siglo xix. Durante el Porfiriato –—sobre todo en la segunda mitad—, México se volvió un destino atractivo al migrante tanto por su empuje económico como porque su ley migratoria promovía la entrada de extranjeros. Esas y otras condiciones facilitaron que muchos árabes de origen libanés, sirio y palestino, principalmente, eligieran un país tan remoto como México para probar fortuna y escapar de la sujeción del Imperio Otomano.
Hasta antes de 1950, la población libanesa se estableció principalmente en las costas del golfo de México, en Tampico y Veracruz, así como en la península de Yucatán, en buena medida por el auge petrolero de los años treinta. Los grupos palestinos y sirios se estable-cieron en ciudades del norte como Monclova, Saltillo y Monterrey.
    Una importante colonia libanesa se venía conformando en la Ciudad de México desde principios del siglo xx, pero fue en la década de los cincuenta cuando nuevas oleadas de árabes comenzaron a instalarse allí, debido al crecimiento económico de la urbe.
    Con los años, todas esas comunidades se integraron a su nueva patria; las maryem se convirtieron en marías, los joseph en josés, los boutros en pedros y los fares en félix.
    En el Centro Histórico, calles como República de El Salvador, Tres Cruces, Mesones y Jesús María, en el oriente, alojaron a los libaneses. Los ramos textil –telas y ropa—, de mercería y comida han sido su fuerte, aunque también incursionaron en la ferretería y la papelería. Las familias solían tener el negocio en la planta baja y habitaban el primer piso.
    “Había un restaurante o café libanés en cada esquina. Cuentan que era como un pueblito de Líbano y la convivencia con judíos, españoles y mexicanos era muy intensa”, dice Mohamed Mazeh, dueño del restaurante Al Andalus y llegado de Líbano hace 20 años.
    Entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, los libaneses más prósperos se fueron a vivir a colonias de clase media como Condesa, Narvarte o Roma. Posteriormente, ya acaudalados, algunos se mudaron a otras, como Polanco o Las Lomas de Chapultepec.
    Así el Centro pasó a ser para la mayoría de ellos exclusivamente su barrio de negocios. Al caminar por República de El Salvador, por ejemplo, se puede ver a los nietos de aquellos libaneses —ahora al frente de los negocios—, o a otros, llegados de Líbano recientemente. Ellos dominan, junto con la comunidad judía, el mercado textil. Otras huellas de esta culturason la Fundación Centro Histórico, de Carlos Slim y el recién remodelado deportivo Nader, construido por Farid Nader. Asimismo, en la parroquia de Nuestra Señora de los Mártires de Líbano, en Uruguay y Correo Mayor, los libaneses católicos veneran a San Charbel.
    Los lugares para comer no son ya tan abundantes, pero persisten los cafés Jekemir y los restaurantes Al Andalus y el Gruta Edhen, éste fundado en 1930.
    Pero el legado principal de los libaneses al Centro, concluye Mazeh, “es la huella gastronómica. Todo el que vive o trabaja aquí conoce nuestra comida, algo que no sucede en otras partes de la ciudad”.

retos de la migración
De acuerdo con la embajada de Líbano en México, hay cerca de 300 mil libaneses —ciudadanos y sus descendientes— en la Ciudad de México. La migración continúa. Aquí, tres testimonios sobre migrantes.

Joseph, Porfirio y Ubaldo
En República de El Salvador, casi esquina con Las Cruces, está H’elus, una de las tres tiendas de productos árabes que quedan en el Centro. Ubaldo Helú, el dueño, habla con el corazón y con el paladar, lo que es inevitable porque es mexlib y su pasión es la comida libanesa.
    “Un buen día, en la segunda década del siglo pasado, mi abuelo, don Joseph Helú, emprendió una aventura que se ha repetido miles de veces en la historia de Líbano. ‘Me voy a la América porque aquí no hay oportunidades’, le dijo a su madre. El día de la partida ella se vistió de luto para despedirlo. Sintió que nunca volvería a ver a su hijo. Tristemente, tuvo razón: es el drama de los emigrantes”.
    “La llegada de mi abuelo a México fue muy dura. Llegó con una mano adelante y otra atrás; tuvo serios problemas para aprender el idioma y adaptarse a costumbres distintas. Pocos años después se casó con mi abuela, una mujer del estado de Hidalgo, con quien procreó seis hijos, entre ellos mi papá, don Porfirio Helú”.
    “Como buen libanés, mi abuelo se dedicó a la venta de mercancía. Vendió ropa, pan árabe y nieves, entre otras cosas. Vendía en abonos, a veces le iba bien, a veces mal. Cuando tocaba a la puerta de alguien que le debía, y aquél no tenía para pagar, rompía la tarjeta de los abonos mientras decía: ‘Ya no debes nada’. Así era el abuelo, tal vez por eso no se hizo rico”.
    “Don José nos enseñó a trabajar. A mi padre no le iba bien en sus trabajos y mi abuelo le decía: ‘Tú tienes la culpa, Porfirio. ¿Por qué no haces pan árabe? Con el carbón que te sobra de cocer el pan pones una olla de frijoles y el pan que se te quemó o que no vendiste, se lo das a tu familia. Pan bueno y frijolitos no les faltarán’”.
    “Finalmente, mi papá le hizo caso. Venía desde Pachuca, donde vivía, a vender sus charolas de pan y de dulces entre los paisanos que habitaban en el Centro; más adelante, don Pedro Cesin, dueño de este edificio, también de ascendencia libanesa, le dio facilidades para instalar su panadería. Es así como en 1949 nace este negocio”.
    Don Joseph siempre deseó volver a Líbano, pero no pudo “por falta de massari (dinero)”, así que encomendó a su hijo Porfirio que hiciera el viaje. La historia se repitió y “a la muerte de mi padre esa encomienda recayó en mí”, dice Ubaldo.
    “En 2007 viajé a Líbano. Sentí que llegaba a mi segunda patria. No tuve ninguna dificultad para integrarme, porque pertenezco a ese lugar. El libanés es muy cordial, muy gente, de corazón muy grande, al igual que nosotros los mexicanos”.


en los cincuenta, en el
centro “HabÍa un restauran
te o cafÉ libanÉs
en cada esquina . Cuentan
que era como un
pueblito de LÍbano”.


MOHAMED MAZEH


    “Aquí hay oportunidades que allá no hay. Y lo que la comunidad árabe ha dejado, además de ciudadanos notables como Jaime Sabines, Héctor Azar o Carlos Slim, es una gran cultura del trabajo. Son patrones muy exigentes, pero tienen una filosofía en la que todos se protegen por el bien de la empresa, que al final es la fuente de manutención para las familias de patrones y empleados”.

Nayla
Nayla tiene 42 años, es libanesa de nacimiento, está casada con un mexicano desde hace 20 años y tiene tres hijos. Llegó a México invitada por su hermano, que también vive aquí. Venía por seis meses, que se convirtieron en toda una vida.
    “Es un recurso de los libaneses en México gestionar permisos ante la embajada de Líbano para traer de vacaciones a familiares. Al igual que para miles de compatriotas, ésta fue mi opción para entrar al país”.
    “Me dediqué a hacer comida libanesa para vender a domicilio. Como turista, y luego como ilegal, era complicado aspirar a un trabajo formal. Con el paso de los años logré consolidar mi negocio”.
    “Mi esposo es mexicano y yo ya soy mexicana también. En casa trato de que mis hijos conozcan la cultura de su madre; los tres hablan árabe y cada vez que podemos vamos a Líbano. No sé si volvería, amo a mi patria pero mi esposo y mis hijos son mexicanos, y eso pesa”.

Farid
Farid tiene 28 años. Hace seis llegó a la Ciudad de México con un poco de ropa y los nombres de algunas calles frecuentadas por libaneses. En una calle del Centro pudo identificar rápidamente a sus coterráneos y pedirles ayuda.
    “El libanés se parece al mexicano porque es muy generoso. A mí me recibió una familia libanesa que nunca antes había visto; me ofrecieron hospedaje, comida y la oportunidad de trabajar en su negocio textil. El comienzo fue muy duro, me levantaba a las cuatro de la mañana a descargar telas, registrar la mercancía que ingresaba (y luego) trabajaba como vendedor, con el mismo sueldo y obligaciones que el resto de los empleados. Así pasaron tres años. Hoy soy el cajero y me encargo de la administración”.
    “Tengo sentimientos encontrados con mi situación en México. Aunque tengo estabilidad económica, sigo sin papeles y eso me limita en muchos aspectos, como regresar a ver a mi familia. Por otro lado, me siento tan mexicano como cualquiera, quiero mucho a este país y a su gente. Mi vida transcurre totalmente en el Centro, aquí sólo he recibido cosas buenas, conozco su cultura y me gusta”.


Fuentes: Marín-Guzmán, Roberto y Zéraoui, Zidane, Arab Immigration in Mexico in the Nineteenth and Twentieth Centuries. Assimilation and Arab Heritage, Austin-Monterrey, Augustine Pres-Instituto Tecnológico de Monterrey, 2003; “Antecedentes”, en www.emigrantelibanes.com, consultado el 29/05/2009.  

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