Conocido como “el mercado de hojalata”, aquí los brillos metálicos roban cámara a la paleta chillona del plástico. En sus más de 200
locales se puede hallar desde una cuchara, hasta un cazo para carnitas de metro y medio de diámetro.
Por ELENA ENRÍQUEZ FUENTES
para picar, freÍr, asar, hervir, colar, moler, hornear...
“A quí tenemos desde sofisticada cuchillería para los más exigentes, hasta cualquier utensilio para las fondas y la cocina casera. Con nosotros se surten igual estudiantes de escuelas gastronómicas y gourmets, que señoras que para ayudarse con el gasto hacen pastelitos o gelatinas; también vienen los que van a abrir un negocio y mandan a hacer estufas, hornos o muebles de acero inoxidable, todo sobre medida”, explica doña Clementina López, locataria del Merced Anexo desde su fundación.
Apilados, colgados u ordenados en el suelo y los estantes, hay lo mismo botes tamaleros, para leche o atole, que tinas, cubetas, enormes cazos, y ollas y sartenes de todos tipos. Se ofrecen también toda clase de enseres para repostería y vitrinas de muchos tamaños: desde las portátiles en forma de cubo para gelatinas o postres, hasta las que van en un carrito, con campanas en el manubrio para llamar a la clientela. Casi todo gris por el acero, el aluminio y el latón; casi todo de madera y metal, no se ven en estos pasillos los chillantes colores del plástico.
“Tenemos venta al mayoreo, medio mayoreo y menudeo. Vienen compradores de aquí y de la zona central del país; incluso los militares, cuando tienen que llevar trastes y estufas a zonas de desastre compran aquí”, explica Joaquín Fernández Tinoco, segundo administrador del mercado.
Este centro de abasto abrió sus puertas en 1957, el 24 de septiembre, día en que se festeja a la Virgen de la Merced, su patrona. Es uno de los mercados del conjunto que conocemos como Merced y se construyó como parte del proyecto impulsado por Ernesto P. Uruchurtu durante los catorce años en los que fue regente (1952-1966), para regular el comercio ambulante de la Ciudad de México.
“En tiempos de crisis podemos ser austeros en todo pero es imposible dejar de comer, Ésa es la
clave de nuestro Éxito. no vendemos comida pero sí todo lo necesario para
prepararla”.
carmencita pÉrez
LOCATARIa
Para todos hay
Al recorrer los más de 200 locales, dan ganas de cocinar o de aprender al menos para qué sirven todos los objetos que se muestran.
Se encuentran decenas de modelos de saleros y pimenteros. Los hay sólo para almacenar y con trituradores de diferentes grosores. Van desde dos pesos hasta quinientos, dependiendo de su calidad y funciones.
Las tablas para picar también resultan un hallazgo: hay triangulares para acomodarlas en una esquina, circulares, cuadradas o con una base que las hace parecer una mesa.
Para freír alimentos hay sartenes de todos tamaños, grandes comales para quesadillas, woks para hacer comida oriental y enormes cazos tanto de acero como de cobre para preparar carnitas. Los más grandes llegan a medir hasta metro y medio de diámetro, por un metro de profundidad; se venden con su parrilla y en ellos caben hasta cincuenta kilos de carnitas.
La madera está presente en forma de cucharas y palas, desde para servir la salsa, hasta para agitar el pozole para un regimiento.
La repostería tiene un espacio especial. Hay moldes para hacer gelatinas, pan y galletas con formas convencionales (circulares, cuadrados y rectangulares) o con figuras de animales, frutas o personajes como Spiderman o Cenicienta.

paraÍso de los cocineros
Artesanos y productores
Los utensilios provenientes de China avasallan con sus bajos costos, pero los comerciantes del Merced Anexo han encontrado un punto de equilibrio entre calidad y precio al ofrecer productos nacionales, de fabricación propia y de importación.
“El cliente escoge de acuerdo a su presupuesto y necesidades, y cuando puede, se inclina por la calidad”, asegura Blanca Martínez, fabricante de utensilios de acero inoxidable. “Los productos chinos sólo tienen un recubrimiento de aluminio, en un año ya están manchados o descarapelados; los de aluminio aguantan más pero después de un tiempo se abollan, en cambio los de acero son para toda la vida y siempre se ven relucientes”.
El que muchos de los comerciantes fabriquen sus productos, también ayuda. Fernández Tinoco señala: “La mayoría de los comerciantes son también pequeños productores que cuentan con talleres en la zona, donde fabrican sobre pedido: estufas, comales y muebles de acero para fondas y restaurantes. Aquí la producción es un tanto artesanal, cada comerciante hace pocas piezas y logran costos más económicos que lo de los grandes industriales del ramo”.
“En tiempos de crisis podemos ser austeros en todo pero es imposible dejar de comer, ésa es la clave de nuestro éxito, no vendemos comida pero sí todo lo necesario para prepararla”, dice la señora Carmencita Pérez. El dicho se confirma, pues los pasillos permanecen llenos mientras los comerciantes promocionan amablemente sus productos: “usted pregunte, no le hace que no compre”.
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“como se vendÍa mÁs lo de la cocina, los puestosfueron
cambiando sus giros”
“Mi familia es de comerciantes, mi papá tenía un puesto de comida en la calle de Corregidora, por ahí de 1952. Cuando supo que iban a dar locales en este mercado hizo todo para que tuviéramos uno. Él estaba muy contento, pues después de años de ser ambulante, este lugarcito es patrimonio de la familia, ha pasado de generación en generación y nos ha dado sustento por más de 50 años”, dice Carmencita Pérez, locataria del mercado Merced Anexo.
Su historia es la de la mayoría de los locatarios, que en los años cincuenta abandonaron las calles del Centro y la Candelaria de los Patos para establecerse aquí.
“Al principio se vendía ropa, calzado y utensilios de madera para cocina, pero la cosa del destino, la gente compraba más lo de la cocina y los puestos fueron cambiando sus giros”, recuerda Pérez.
Mario Casablanca creció en el mercado, como otros hijos de los locatarios originales. “Mis hermanos y yo inauguramos la guardería y jugábamos en los pasillos, ahora parece que algunos de nuestros hijos van a seguir con los negocios”, dice.
Joaquín Fernández Tinoco, explica cómo el funcionamiento administrativo ayuda al arraigo de los comerciantes: “El mercado pertenece a la delegación Venustiano Carranza, quien lo administra. Los locatarios pagan uso de suelo una vez al año y los espacios no les pertenecen, se les prestan, aunque si ya no los van a utilizar los pueden ceder a algún familiar. Si no pueden continuar, la delegación reasigna el local a nuevos comerciantes, lo que ocurre muy pocas veces”.
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