Se estima que entre 1939 y 1942 llegaron a México 20 mil refugiados españoles. Algunos se establecieron en el Centro y dejaron allí unaómica y vital que permanece hasta nuestros días.
Por ana Álvarez
JosÉ Rivaud en los aÑos cuarenta
Eran las dos de la mañana cuando el padre de Aurora Gené llegó a la casa diciendo que hicieran maletas pues había que dejar de inmediato Igualada, un pequeño pueblo a 60 kilómetros de Barcelona. Ese invierno de 1938, iniciaron un difícil éxodo que terminaría años más tarde en el centro de la Ciudad de México.
El golpe militar, encabezado por el general Francisco Franco en julio de 1936 para derrocar al gobierno español democráticamente electo, estaba a punto triunfar —y de expulsar a quienes habían imaginado una España renovada, con un régimen republicano en lugar de uno monárquico, reforma agraria y autonomía para las regiones.
A principios de 1939 había medio millón de españoles en campos de concentración y refugios en Francia. El gobierno de Lázaro Cárdenas —a pesar de la oposición de diversos sectores de la sociedad mexicana, que calificaban a la República Española de roja, comunista y atea— decidió abrir las fronteras a los españoles cuya vida estuviera en riesgo.
La familia Gené, como muchas otras de varias regiones de España, se embarcó el 14 de julio de 1939 en el
Mexique, que siguió la travesía del
Sinaia, el
Ipanema y otros barcos que también trasladaron refugiados; se estima que entre 1939 y 1942 llegaron a México 20 mil.
Cárdenas dispuso que los recién llegados a Veracruz se distribuyeran, según su profesión o capacidad, en distintas regiones del país. Algunos fueron a estados como Chihuahua o Coahuila y se dedicaron a la agricultura o a la ganadería. Pero no todos esos proyectos fueron exitosos y pronto la ciudad comenzó a recibir refugiados. Comenzaron a instalarse principalmente en las calles de López, Artículo 123 y Bucareli, donde empezaron sus vidas de cero.

Diego VillarÍas. desde su expendio de cafÉ se enviaban
alimentos a espaÑa
GriterÍo
“Las primeras en aportar dinero a la familia fueron las mujeres, porque podían hacer cosas con las manos. Mis tres tías tejían: una hacía mangas, la otra delanteros y la otra las espaldas. Eran muy eficientes tejiendo suéteres, y les ponían etiquetas de una casa de artículos ingleses”, recuerda Carmen Varea, hija de refugiados españoles que llegaron a vivir al Centro.
Las ganas de dejar atrás las carencias provocadas por la guerra empujaron a los refugiados españoles a integrarse pronto a la vida laboral, pero no pasó lo mismo con su integración cultural. “Yo crecí hasta la universidad en un rincón de España en México”, dice Amelia Rivaud, hija de refugiados nacida en México.
La idea, compartida por muchos exiliados, de que su estancia aquí sería temporal y que Franco caería más pronto que tarde, contribuyó a que efectivamente construyeran un rincón de España en México, del que el Centro Histórico fue y es testigo.
Hoy, tras setenta años de la llegada del primer barco a Veracruz, en la esquina de López y Ayuntamiento, en el expendio Villarías el café recién tostado se empaca en bolsas que todavía tienen impresa la bandera de la República Española. Mientras, Diego Villarías —también hijo de un refugiado— cuenta cómo en los años cuarenta y cincuenta en este local se organizaban envíos de azúcar, café y alimentos a quienes padecían hambre en España.

El historiador JosÉ A. Matesanz
El Centro Republicano Español —ubicado hasta su disolución en 2001 en la calle de López— además de centro de reunión fungió como oficina de colocaciones. Porque hubo muchos —sobre todo abogados y militares— que no pudieron ejercer sus profesiones y tuvieron que inventarse nuevos oficios, como vender chapas de puerta en puerta.
La migración española de fines del siglo
xix y principios del
xx vio a los refugiados primero con recelo, pero no tardó en integrarlos, sobre todo laboralmente. En los clubes —como el Orfeo Catalán, antes ubicado en Bolívar, o el Casino Español, aún en Isabel La Católica— refugiados y antiguos residentes se juntaban a jugar cartas o comer, a pesar de sus diferencias políticas.
Otros, como los padres de Amelia Rivaud, hacían tertulias en casa o iban a la
Guay (
YMCA) de Artículo 123 a jugar canasta. Pero aunque la vida se fue normalizando, los refugiados nunca dejaron de pensar en España.
Los intensos debates en torno a la restauración de la República se oían en la Alameda Central, en donde se reunían los que aún no podían pagar un café, y en los famosos “cafés del exilio” —el Papagayo en avenida Juárez, el Chufas en López, el Madrid en Artículo 123, el Tupinamba en Bolívar y, frente a éste, el Do Brasil, el único que subsiste. Lo que a oídos de muchos mexicanos era un griterío que podía acabar en balacera, para los españoles era la manifestación de sus ideales, el negarse a abandonar la España que habían comenzado a construir.

juan LÓpez aprendiÓ de un exiliado catalÁn a preparar
embutidos
“Mi historia es buena”
La conciencia del exilio tiene su manifestación más contundente en los más de 6 mil 700 libros resguardados en el Ateneo Español de México. Ubicado en un edificio histórico, en Isabel La Católica y Regina, por su acervo bibliográfico y su colección de pasaportes, salvoconductos, folletos, revistas y periódicos de la época, es el centro de documentación sobre el exilio español más importante del mundo, de acuerdo con José Antonio Matesanz, historiador experto en el tema.
“Se intenta recuperar todo”, explica la bibliotecaria, Belén Santos. Y cuenta uno de los detalles más curiosos que encontró en la biblioteca: “Bartolomeu Costa-Amic, que tenía una librería en el Eje Central, se dedicaba a publicar las cosas de los exiliados, pero (ellos) pagaban la edición. Ellos decían: mi historia es buena, y Bartolomeu decía: yo te la publico, no hay problema, pon tú el dinero”. Así se pudieron contar gran cantidad de historias que forman parte de los 800 libros de relatos personales resguardados en la biblioteca.
De ese extraordinario conjunto documental —visitado por investigadores nacionales e internacionales, sobre todo españoles— emerge no sólo un retrato de la España desterrada, sino del México construido, primero, con el exilio español y, más tarde, con el de los chilenos, argentinos, venezolanos y centroamericanos.

la bibliotecaria BelÉn Santos en el Ateneo EspaÑol,
en octubre pasado
AzafrÁn en los calcetines
Otros espacios, más cotidianos pero no menos significativos, guardan huellas del exilio español.
En el pasaje Savoy o en República de Uruguay las figuritas de mazapán que Moisés Gamero y Luis García Galiano comenzaron a hacer en noviembre de 1939, recién desembarcados del
Ipanema, se mezclan con la nueva producción de figuras y pasteles de almendra, y con turrones de todo tipo; en temporada navideña, recorren el país bajo la marca Mazapanes Toledo.
Algunas panaderías fundadas por refugiados siguen funcionando, como la Madrid y La Joya, en 5 de Febrero, y La Valenciana, en Tacuba.
La comida, además de sobrevivencia, representó la continuidad de una fuerte tradición culinaria. “¿La comida? ¡Pura alpargatería!”, bromea Amelia Rivaud, y agrega: “los únicos hobbies de mi padre eran la filatelia, leer, jugar cartas y, bueno, ¡comer!”.
Fermín García, abarrotero mexicano del mercado de San Juan, que aprendió su oficio de un exiliado, cuenta que cuando Franco aún estaba en el poder, quienes venían a visitar a sus familiares traían azafrán en los calcetines para poder hacer paella.

El CafÉ Do Brasil ,en BolÍvar 45
Por eso los locatarios del mercado comenzaron a traer los ingredientes que la comunidad española pedía: conejo, pichones, angulas y embutidos. Los grelos y la hoja de berza, que se usan en varios caldos, empezaron a cultivarse en Xochimilco.
El crecimiento de la Ciudad, los sismos y, como señala Belén Santos, la salida de la
unam del Centro Histórico, provocaron que los exiliados españoles abandonaran la zona. Sus hijos —aquellos niños que recuerdan el canto español de sus madres en los tranvías o los juegos infantiles en azoteas de López, Bucareli y Artículo 123— viven ahora por toda la Ciudad. Pero en un local del mercado de San Juan, llamado El Porvenir, uno puede todavía degustar parte de aquel pedazo de España. Heredera del exilio en el arte de elaborar embutidos —morcillas, fuet y butifarras—artesanalmente, la familia mexicana López vende sus productos a finos restaurantes y a algunos catalanes que los llevan a España para presumir su calidad. El local ofrece unas tapas que, junto con una copa de vino gratis, hacen sentir que México y España comparten una compleja historia que puede leerse en muchos rincones del Centro Histórico.
Fuentes: José Antonio Matesanz, Las raíces del exilio: México ante la Guerra Civil Española, 1936-1939, Colmex-UNAM, México, 1999; “La dinámica del exilio” y “México, la II República Española y la Guerra Civil”, ambos en Boletín del Instituto de Estudios Latinoamericanos de Kyoto, 2006. 12. No 6.; Pablo Mora y Ángel Miquel, Barco en tierra, España en México, UNAM-Fundación Pablo Iglesias, México, 2006.