
Desde hace casi 30 años, en República de Perú 60 se fabrican y reparan muebles
de latón. Es una tienda-taller donde los detalles de un oficio
en plena extinción aún
brillan como la mismísima luz del sol.
Por Alonso Flores

“Aquí todavía se
encuentra lo que quieran de latÓn
y lo que no, se
lo hacemos”.
Mireya Cruz
Traigan sus dibujos
De los años en que aprendió el oficio mientras barría y limpiaba, don Rosendo recuperó muchas técnicas, como la de atornillar las piezas en lugar de soldarlas, pues “le da mayor solidez a los muebles, además de que en un futuro es más fácil limpiarlas”, asegura.
“Sigo haciendo muchas cosas a la antigua, a mano digamos. Con una dobladora pequeña le doy forma a los tubos y los más grandes los relleno de brea y los caliento para manejarlos”, explica un poco tímido. Para cortar los tubos usa una máquina llamada “de rechazado”, y con limas limpia la rebaba. Corta y perfora con seguetas, brocas y taladros.
“Primero pulo y abrillanto, al final barnizo a fuego, caliento el tubo, lo barnizo y lo vuelvo a calentar otra vez. En los pocos lugares en los que todavía existe el trabajo en latón, ponen laca en spray, aquí el barniz lo hago yo, con alcohol industrial y goma laca, funciona muy bien y no se levanta”.
El pulido también ha cambiado. “Se hacía a mano, ahora un motor con rueda y pasta hace que el trabajo sea más rápido”.
Así es como al final, tubo a tubo —lisos o trenzados—, los muebles van tomando forma. Ya sea una cama matrimonial, que puede costar hasta 15 mil pesos, o las queen o king size, sobre pedido, que pueden llegan a los 25 mil pesos, o un perchero de mil 100 pesos. También, refacciones o piezas pequeñas, como una perilla de 40 pesos.
La variedad da para todos los gustos, bolsillos y ocasiones. “Aquí todavía se encuentra lo que quieran de latón y lo que no encuentren, se lo hacemos. Los clientes pueden traer sus dibujos, incluso”, dice Mireya.
Además, aquí se restauran y se pulen este tipo de muebles, y los materiales para esas tareas —polvo de esmeril, pastas, franelas y ruedas pulidoras— también están a la venta.
“Nos han traído muebles que tienen hasta 100 años. ‘Era de mi bisabuelita’, nos dicen. Y sí, con el paso del tiempo se pone negro, pero se pule y queda otra vez como nuevo”, afirma Mireya.
“Todas las economÍas”
La clientela, dice don Rosendo, es variada y corresponde a “todas la economías”. Por ejemplo, “los señores que se dedican a pulir, se llevan una pasta o una rueda”.
“Y la gente de Las Lomas o Tecamachalco viene a pedir un diseño especial”, explica el artesano.
Otra línea del negocio es la renta de muebles. “Los últimos que vinieron fueron para la película de las bandidas con Salma Hayek; se llevaron una cama de dosel, un tocador y unas lámparas”, cuenta Mireya.
“Ésa es otra de las cosas bonitas, que puedes tratar con cualquier tipo de gente. Y obviamente a todos se les da el trato igual, es algo que nos ha enseñado mi papá”, agrega.
Para ellos, este oficio implica haber resistido la paulatina desaparición del aprecio general por su trabajo. “Antes había bastantes casas de muebles de este material, recuerdo varias en Belisario Domínguez, pero han desaparecido, ya no era negocio”, cuenta don Rosendo.
Y acerca de su propio futuro, Mireya afirma: “mi papá nos dice que ya nosotras decidiremos si seguimos con el negocio. Yo sí quiero, porque creo que esto es algo que debemos de conservar”.
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