
El primer viernes de marzo, unas dos mil personas acuden
al templo de Santo Domingo a venerar a esta imagen
que cuenta con su propia leyenda.
Por Patricia Ruvalcaba

En Semana Santa es venerado como Nazareno y como
SeÑor del Rebozo.
Cuando se visita el templo de Santo Domingo, en la plaza homónima, llama siempre la atención la capilla del Señor del Rebozo, adornada con flores, velas y, sobre todo, decenas de rebozos colgados de unos tubos de madera.
El viernes primero de cada mes, el Señor del Rebozo —un Jesús Nazareno con un rebozo cruzado en el pecho— es objeto de rezos, súplicas y agradecimiento (como sucede los días 28 con San Judas Tadeo en San Hipólito), pero el primer viernes de marzo, la cosa cambia.
La leyenda dice que en un convento dominico, situado en lo que hoy República de Argentina a la altura de San Ildefonso, una noche tormentosa, una monja moribunda le pidió a Jesucristo la gracia de verlo.
Tocó a su puerta un mendigo, hambriento y casi desnudo. La monja le dio de comer y lo cubrió con su rebozo, tras de lo cual ella murió. Al día siguiente, hallaron el cadáver perfumado de rosas, mientras que el Nazareno del templo de Santa Catalina de Siena —que la monja siempre veneró— tenía puesto el rebozo.
La leyenda, recreada en el poema
El Señor del Rebozo, de Juan de Dios Peza, sustenta un culto cuya celebración mayor ocurre el primer viernes de marzo.
En Santo Domingo, a donde la imagen fue trasladada en tiempos de la Reforma, tiene lugar una romería. Hay varias misas, la más importante a mediodía, oraciones y cantos a la luz de las velas. Acuden fieles del Centro y del resto de la ciudad, así como peregrinos.
Entre lo más colorido de la celebración están los numerosos rebozos y bufandas que los devotos dejan a los pies de la imagen, en señal de gratitud por algún favor o “don” recibido. Los hay de algodón, seda o artisela —mezcla de algodón y rayón—, mates o lustrosos, con barbas elaboradas o ralas.
Lo mÁs colorido de la celebraciÓn son los rebozos que los devotos dejan en señal de gratitud por algÚn favor
o “don” recibido.
“Si uno le promete a él un rebocito, aunque sea de 50 pesos, y si es su voluntad, él le cumple lo que usted le pida”, dice Guadalupe Salgado, de 62 años y vecina de El Toreo, quien el pasado 5 de marzo depositó su “primer rebocito”.
Era una prenda azul, “porque azul es el cielo donde él está”. En el rebozo, ella fijó con un alfiler un retrato de su hijo. El Señor del Rebozo volvió al chico muy aplicado en la escuela, dice Guadalupe. Ella lleva dos años venerando a la imagen y, en ese lapso, puntualiza, “me ha hecho muchas maravillas, es bien lindo”.
A menudo las personas escriben sobre el rebozo o bufanda el favor concedido.
Marina Barriga, de 62 años, vino de la colonia Nueva Santa María; ella es devota de la imagen desde hace 15 años. Explica que antes la gente compraba unos listones benditos, los cuales se ponían sobre los enfermos para que se aliviaran; ahora, además, se puede bendecir un rebozo para ese fin. Y “hace como tres años que nos permiten dejar rebocitos aquí”.
Un hijo de Marina se dispone a depositar uno, en gratitud por haberse curado de una úlcera.
Para las hermanas dominicas de la orden de predicadoras, el primer viernes de marzo es también un gran día. “Nosotras nos encargamos de vestirlo (al Señor del Rebozo), tenemos todo su ajuar, su ropa, su corona”, dice una emocionada sor Alejandra.
Las religiosas, además, ofrecen a los fieles reliquias relativas a la imagen, como listones, estampillas, la oración oficial y los 33 credos que según la tradición se le deben rezar. Por cada compra, el cliente recibe una bolsa de galletas caseras.
Unas dos mil personas acuden a la fiesta anual, de acuerdo con Fray Fernando Romero. El 5 de marzo pasado, arribaron dos peregrinaciones, una de Iztapalapa y otra de Cuautitlán. Al contrario de lo que podría suponerse, la romería no es dominada por mujeres, sino que está compuesta por familias.
Romero explica que la imagen se saca de su capilla y se coloca en el presbiterio desde el Miércoles de Ceniza hasta el Viernes Santo; en Pascua, regresa a su sitio habitual en calidad de Cristo glorioso. La imagen, de algún modo, es venerada en sus dos calidades, como Nazareno y como Señor del Rebozo.
Y a todo esto, ¿cuál es el destino de los rebozos y bufandas que la gente deposita en Santo Domingo? “Los dejamos un tiempo expuestos, para que los fieles no se molesten, porque les gusta verlos donde los pusieron. Luego, se guardan con las madres dominicas y en invierno se donan a la gente necesitada”.