
Alucinante, pintoresca, simpática y conmovedora. Todos esos adjetivos le van a esta tienda que destaca en la calle de Cuba por la multitud de rostros que sonríen a través del cristal.
Alucinante, porque en los aparadores —uno con maniquíes femeninos y otro con masculinos— las caras con sonrisas de plástico, de yeso, de unicel o de cera, tienen expresiones anhelantes o pensativas, juguetonas o retadoras, sobre todo entre el grupo femenino. Son de varias épocas y estilos, y mientras que algunos tienen la nariz raspada, otros han recibido un retoque.
Con unos 40 modelos de pelucas para dama, uno podría pensar que ésta es una tienda donde las personas pueden cambiar de personalidad —con una pieza pelirroja sintética o una castaña de pelo natural— o rejuvenecer un poquito con ayuda de un bisoñé.
Pero un letrero aclara: "Se hacen toda clase de pelucas para santo y muñecos en cualquier tamaño en pelo natural".
Aunque no están expuestas, las pelucas para imágenes religiosas representan 90 por ciento de los encargos de esta casa, fundada en la colonia Guerrero en los años treinta del siglo xx por Amelia Fernández Reyes.
Primero fue un salón de belleza, pero pronto la estilista se dio cuenta de que las pelucas, bisoñés y bigotes para santos eran un mercado prometedor, y se concentró en aprender las técnicas de confección de pelucas.
En 1941, ya como Pelucas Amelia, se estableció en República de Cuba 54-A, donde el negocio se consolidó como el principal proveedor de aditamentos para acicalar imágenes y cristos.

"No necesitamos timbre"
Pelucas Amelia es también pintoresca. Si el personal anda en algún rincón, siete gorriones anuncian con sus gorjeos a los clientes. "No necesitamos timbre", dice don Damián Nicolás, de 64 años y con 27 años en la tienda. "Hay personas que dicen aquí es, porque están los pajaritos. Así lo ubican". Las aves, además, hacen de custodios; la jaula impide el paso no autorizado.
"Lo que hacemos más son pelucas para imágenes", explica don Damián. Se trata casi siempre de réplicas adquiridas por particulares o por cofradías.
"En las fábricas les ponen un pelo sintético pegado" y como la gente "las quiere con pelo natural", entonces "nosotros les tomamos la medida y se lo hacemos al gusto".
El tamaño varía desde "un dedo (la yema), como la virgen de Juquila, que es chiquitita, o la de San Juan de los Lagos, la de Los Remedios y la de Zapopan", hasta enormes.
"Acabamos de hacer una peluca de metro y medio para un cristo de Los Reyes de Juárez, Puebla. Fuimos a tomar las medidas y le hicimos la peluca, pero truqueada —con tramos unidos—; la querían de dos metros —la imagen mide 1.70m de altura—, pero les digo ¿de dónde lo vamos a hacer, si no hay cabello ya tan largo?".
La representación clásica de ciertas vírgenes es con cabello ondulado, otras lo llevan lacio, pero hay que ajustarse a las tradiciones de cada pueblo.
"Si la virgen de su pueblo tiene pelo negro, se tienen que llevar una peluca negra, nada de que una castañita ni nada. Todo lo que nos piden, lo hacemos, ya estamos acostumbrados", dice don Damián.
La tienda confecciona unas 20 pelucas al año. El costo va de mil pesos —"para una virgen chica"—, a tres mil 500 pesos. Si el cliente aporta el cabello el trabajo se abarata.
A veces llega un mayordomo con tres o cuatro personas más a solicitar una peluca, y traen cabello donado por alguna mujer devota, pero si la cabellera no tiene la medida, condiciones y abundancia necesarias, no funciona.
Los clientes provienen casi de todas partes del país —Pelucas Amelia tiene una fuerte reputación establecida de boca en boca—, como Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Puebla o el Estado de México.
La confección tarda generalmente dos semanas, y se instruye a los clientes en el mantenimiento de la peluca, que se debe hacer cada año.
Aunque no es imprescindible, cuando se acerca la fiesta del santo o virgen muchas de esas pelucas son traídas a la tienda, y "aquí les damos su shampoo".
En un patiecito interior, de unos tendederos y sujetas con pinzas, cuelgan varias pelucas lavadas; una de ellas es miniatura. "Ahí las colgamos para no meterles pistola; si no, van perdiendo el brillo".
"Es para la virgen de San Juan", dice don Damián. La peluca es para una cabeza un poco mayor que la de una Barbie, mide unos 12 centímetros de largo, es castaña oscura, espesa, quebrada y de excelente factura. Sostenerla en los dedos y apreciar la calidad humana de su cabello, a escala, es una experiencia inquietante.
"Mientras más chicas, más trabajo", explica el entrevistado. "El tejido tiene que ser muy chiquito, si no, se ve el chipotito, pero tiene que quedar una cosa bonita para quien es, que es Dios".

Los maniquíes que recuerdan a Jesucristo muestran otra de las especialidades de esta casa: pelucas, barbas y bigotes para quienes representan a Cristo en Semana Santa. Al acercarse esa celebración es cuando más trabajo tienen en Pelucas Amelia, pues sube la venta de equipos y, sobre todo, se disparan los encargos de mantenimiento (lavado, peinado y brillo).
"Le peinamos las pelucas a casi toda la República", dice orgulloso don Damián. "Nos las traen llenas de polvo, sudor, vienen todas enredadas de aquí (la nuca), ¡ah!, y están llenas de sangre. ¡Uy!, el agua sale roja roja".
La preparación no termina allí. La decisión sobre si el pelo va en caireles o "normal" depende de la edad del patrocinador del cristo. Los caireles son los preferidos de la gente mayor y de pueblo. Los cristos urbanos prefieren lucir más naturales.
Luego está el tema de la visibilidad y la seguridad. "Si les dejáramos el pelo suelto, al agacharse, pues van cargando la cruz, el pelo les taparía la cara; y no, la gente quiere verlos, tomarles fotos, entonces les ponemos pasadores aquí (en las sienes) para que se les detenga. Y por dentro, les ponemos cuatro broches para que la peluca no se les caiga a la hora de la cachetada, como ha llegado a pasar".
Don Damián aconseja a los cristos invertir en un equipo de pelo natural. "Con su mantenimiento, ¡dura hasta 15 años!". El sintético "en dos o tres puestas se hace pastoso". Otra regla es que el pelo para un cristo "tiene que ser cortito, una cosa bonita".

En una vitrina baja está el muestrario de bisoñés; los modelos, muy pragmáticamente, carecen de cuello o incluso de boca. Tienen los ojos muy abiertos, retocados con marcador.
Sin embargo, Pelucas Amelia es también un lugar conmovedor. Por la humilde aplicación con que los tres miembros de este negocio realizan su oficio, por la calidez y franqueza de don Damián, y porque, si bien la enorme competencia redujo sensiblemente la venta de pelucas normales, esta casa atiende con esmero a personas bajo tratamiento con quimioterapia.
En esos casos, "dependiendo de su cara, se les busca la que les quede mejor. Lo importante no es que sea de pelo natural, sino que a la persona se le vea natural".
"Viene mucha gente, porque nos recomiendan en los hospitales. Y a veces uno les coloca la peluca y lloran, y a uno como ser humano le llega, uno tiene que darles ánimos", cuenta don Damián.
La mayoría de esas personas son mujeres y, algunas, niñas. Se encuentran vulnerables y requieren un trato sensible. Casi siempre se llevan alguna peluca sintética y, con el tiempo, regresan a agradecerle a don Damián sus atenciones.
Porque aunque un letrero advierte: "Máximo se prueban 3 pelucas por persona", don Damián les dedica tiempo. "Tengo mucha paciencia, a veces hasta una hora y media platicamos", dice. Incluso aconseja a los familiares: "Trátela con cariño, dele amor". "Ya tiene amor", le llegan a contestar. "Pues dele más".
Con la misma empatía se atiende a quienes necesitan un bisoñé. Se trata de una clientela tímida, que da varias vueltas antes de decidirse. Un hombre compró una peluca sintética y como no se le veía natural, la quemó, cuenta don Damián. "Cuando vino aquí, se había probado el bisoñé de otra persona, pero el suyo se lo hicimos con más cariño y le gustó, quedó padrísimo y el señor se fue encantado".
"Mi patrona"
Pelucas Amelia sigue fiel a la visión de su fundadora. "Mi patrona", como la llama don Damián con respeto, murió hace 10 años, pero preside la actividad desde una fotografía enmarcada.
Para él, doña Amelia fue visionaria. Por ejemplo, Pelucas Amelia no recurre al mercado de pelo natural para subsistir, pues "cuando ella cortaba el pelo, lo iba guardando; arriba hay un tapanco (donde está almacenado) y vamos sacando de allá, poco a poco".
Cuando ella decidió especializarse en imágenes religiosas, mandó hacer cabecitas con las medidas más comunes de santos y vírgenes, para usarlas como moldes. Y se hizo de una colección de maniquíes de cera, algunos de impresionante realismo.
Don Damián confía en que la obra de Pelucas Amelia perdurará en numerosos pueblos, en los nichos de templos o de altares privados.
"Nosotros nos iremos, pero se van a quedar muchas pelucas".
Pelucas Amelia