DEPORTES MARTÍNEZ,
CONTRA EL "PÁNICO ESCÉNICO"
Con miles de máscaras en su haber, Víctor Martínez roza el estatuto de leyenda de la lucha libre, al igual que su padre, don Antonio. Sus peleas no han sido sobre el ring, sino en su taller de costura.
Por REGINA ZAMORANO
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VÍCTOR MARTÍNEZ USA 17 MEDIDAS SECRETAS PARA CONFECCIONAR
SUS MÁSCARAS.

Cae la noche y en la trastienda de su negocio, Deportes Martínez, don Víctor se afana en un nuevo diseño de máscara. “Me encanta mi trabajo”, dice quien por más de medio siglo, desde que era un niño, se ha dedicado a crear, cortar y pespuntar, para vestir de fantasía a la lucha libre.
Hace ocho años se mudó de Santa María la Redonda a la avenida Doctor Río de la Loza, a unos pasos de la Arena México, en los límites del Centro.
El lugar es pequeño y bien iluminado, hay un mostrador, repisas donde descansan enormes pares de botas negras, doradas y blancas. De un soporte cuelgan mallas, capas y chamarras con vistosas aplicaciones y bordados.
A los lados, dos vitrinas llenas de máscaras multicolores y brillantes reciben al visitante. Ahí esperan las caretas de Dr. Wagner, Huracán Ramírez, Tinieblas, El Rayo de Jalisco y otros nombres fulgurantes. En el centro, exhibida sobre un pedestal, está una máscara de gala de Blue Demon, cubierta de lentejuelas púrpura y chaquiras cosidas a mano.
Don Víctor ha perdido la cuenta del número de diseños que ha confeccionado: “Son miles, miles”.

NACE UNA LEYENDA
El artesano guarda celosamente el primer molde de lámina, así como un prototipo que, asegura, es la primera máscara de lucha libre del mundo: una tapa de piel de cabra, de dos piezas, que hizo su padre en 1933.
Son simbólicos, ya que en realidad la capucha no sirvió, hizo falta mucha persistencia de su padre para lograr el calce perfecto sobre la cara humana. Aun así, le han ofrecido hasta 35 mil dólares por ella, “pero no la vendo, porque es invaluable”, dice el sastre.
Después de trabajar en una fábrica de telas, don Antonio Martínez, su padre, abrió en 1933 un taller en Santa María la Redonda, donde confeccionaba calzado deportivo, zapatos para futbol, béisbol y botas de boxeo. Había aprendido el oficio de zapatero en su natal León, Guanajuato, y apenas hacía un par de años que había llegado a la capital en busca de fortuna.
En los tempranos años treinta la lucha libre era un deporte incipiente en México. La mayoría de los luchadores eran estadounidenses, con excepción del Charro Aguayo quien, aunque venía de allá, tenía raíces mexicanas.
Don Antonio se hizo aficionado a las luchas y a ese gladiador, que subía al ring con zarape y sombrero de charro. “Mi papá empieza a hacer buenas migas con él, porque cuando caía, él lo levantaba”, relata don Víctor. Así fue como el Charro Aguayo se enteró de que su admirador era zapatero y le encargó unas botas especiales para la lucha libre, más gruesas, pesadas y resistentes que las de boxeo.
La innovación tuvo mucho éxito y al poco tiempo llegó al negocio de don Antonio el luchador irlandés Ciclón Mckey, quien necesitaba reinventarse. “Se quería cubrir, quería hacer un misterio diferente porque ya tenía mucho tiempo luchando así. Poniéndose la máscara iba a cambiar de nombre para convertirse en La Maravilla Enmascarada”.
“Quiero una cosa como un zapato, que se amarre, para que no pierda mi identidad”, describió el gladiador. Después de muchos ensayos y errores, pues la máscara quedaba chica, surgió una disputa entre el sastre y el luchador, quien gritó: “¡Esto no sirve”! Le aventó el dinero al zapatero y salió indignado del local.

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niÑOS, AFICIONADOS Y PROFESIONALES PUEDEN LLEVAR SU BOCETO.
LA MAGIA DE LA MÁSCARA
Don Antonio, molesto por la grosería del deportista y por su propio fracaso, declaró: “Aquí se acaba el negocio de las máscaras”.
Pero diez meses después el Ciclón McKey volvió, arrepentido y dispuesto a encargar seis piezas más; había viajado a Europa y Asia y ningún artesano de allá había podido reproducir la careta.
Se reconciliaron. Don Antonio volvió a tomar medidas, 17 en total, las cuales hasta hoy son el secreto de la casa. A partir de ese momento, “empezaron a venir más luchadores, los mexicanos, y todos querían la suya. Ésa es la magia de la máscara, que aunque la persona tenga pánico escénico, con esto se cubre y ya”, apunta el diseñador.
“Antes venían los japoneses y dejaba que fotografiaran cómo las hacía, pero luego las empezaron a copiar, por eso ya no lo permito”, dice. Los imitadores orillaron a la familia a patentar su invento, lo que ocurrió en 1967. “Es el legado que mi padre me dejó”, subraya don Víctor.
Fue tal el éxito que tuvieron con las botas y las máscaras, que pronto los luchadores también les pidieron mallas, chamarras, calzones y capas a juego.

"DIBUJA EL VIENTO"
Por razones de seguridad, los Martínez tampoco revelan datos de su producción ni de sus ventas, pero por su negocio han pasado innumerables leyendas de la lucha libre, como el Murciélago Velázquez, primer mexicano que luchó enmascarado, El Santo, Blue Demon, Huracán Ramírez, El Solitario, El Rayo de Jalisco, El Hijo del Santo y cientos más.
Don Víctor habla con especial cariño de El Solitario, a quien le diseñó su máscara en 1966, un modelo dorado con un antifaz negro. “Cuando llegó era un chavo sin dinero, sin nada. Le hicimos su máscara y llegó a ser campeón mundial”.
El Santo “era grande, era un caballero”, recuerda el artesano.
“Cuando había clientes o niños no entraba, se esperaba a que salieran todos para que no lo reconocieran. Era muy celoso de su identidad, mucho muy celoso”.
Blue Demon era sumamente exigente: “Súbele un milímetro aquí y medio acá”, decía el luchador muy serio. Martínez confiesa riendo: “La mera verdad, siempre lo engañé”. El sastre sólo simulaba los ajustes. “Ya llegaba: ‘A ver, póntela’. “¡Ahora sí!”, decía el luchador feliz, y encargaba tres o cuatro capuchas.
Otra máscara muy preciada para él es la del Huracán Ramírez, que su padre diseñó para una película de Joselito Rodríguez. “A ver cómo le haces, pero dibuja el viento”, fue la indicación que recibió.
“Mi papá había visto cómo se hacen los remolinos en las películas, entonces, con su ingenio y creatividad, esto fue lo que diseñó”, dice mostrando las aplicaciones blancas curvilíneas que decoran una de las máscaras más populares de la lucha libre mexicana.

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LA DEL HURACÁN RAMÍREZ, UNA DE LAS MÁSCARAS MÁS
POPULARES DE LA LUCHA.
DEL CENTRO A SANTA FE
A lo largo de los años, las máscaras han tenido que adaptarse a las necesidades de los luchadores. La piel de origen animal se descartó a finales de los cuarenta, pues no dejaba respirar la piel y causaba calvicie. Se sustituyó por raso, el cual se usa hasta la fecha.
Los moldes ya no se hacen de lámina, sino de cartulina, para almacenarlos y desecharlos fácilmente. En la actualidad, se emplean sobre todo telas llamadas “de alto brillo” y la metálica, así como el corfan (piel sintética, lavable) y el charol para las aplicaciones.
Lo que no ha cambiado en Deportes Martínez es el método de confección. Todos los equipos (botas, máscaras, capas, chamarras, trusas y mallas) se siguen haciendo a mano y en el proceso intervienen 17 personas, entre ellos, los hijos y nietos de don Víctor.
La tienda ofrece un catálogo de mil artículos distintos, los cuales se fabrican sobre pedido y se entregan en un promedio de 30 a 35 días.

HaSTA SANTA FE
También se hacen o perfeccionan diseños. Niños, aficionados y profesionales pueden llevar su boceto y en Deportes Martínez les dan vida en tercera dimensión.
Para el señor Martínez, la ubicación de su negocio en las inmediaciones del Centro es muy importante, “por historia y porque estamos frente a una arena que es la cuna de la lucha, donde llega todo el aficionado”.
Sin embargo, la clientela ha evolucionado, se ha diversificado.
“Éste es un deporte popular, pero ahora hay clientes con un poder económico más alto, ya vienen abogados, licenciados; vienen de San Ángel, de Santa Fe, y me piden que se las mande hasta allá”.
A diario, coleccionistas, aficionados y luchadores visitan la tienda, pero también les llegan pedidos por Internet desde provincia, Sudamérica, Estados Unidos y Europa: “Ahora funcionamos mucho con la computadora, yo creo que mi papá nunca se imaginó que iba a rebasar fronteras, y así es mucho más rápido”.
Hasta hace unos meses, una parte importante de sus clientes era de Japón, donde la lucha libre también es muy popular, pero desde el temblor de marzo de 2011, ha bajado la demanda de ese país.

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INNUMERABLES LEYENDAS DE LA LUCHA LIBRE HAN PASADO
POR DEPORTES MARTÍNEZ.
"A CACHETADAS"
Si bien hoy Víctor Martínez es un experto mascarero, sus inicios fueron difíciles. Su padre, perfeccionista y severo, se negaba a transmitirle el oficio, pues prefería enseñar a sus dos hijos mayores quienes, irónicamente, no lo aprendieron.
Eso no lo desanimó. Al contrario, se esforzó aún más. A los doce años, “yo solito agarraba y hacía mis trazos, iba y cosía solito”.
En 1961, cuando tenía 16 años, su padre sufrió un accidente automovilístico. Mientras él estuvo en cama, Víctor tomó las riendas del taller.
Un lunes llegó al taller Luis Ramírez, El Gladiador, quien le encargó unas botas para ese mismo sábado.
Cuando Víctor le contó a su padre del pedido, éste le advirtió: “Ese señor es muy grosero, si no le entregas el sábado sus botas, te va a agarrar a cachetadas”.
El adolescente hizo lo que pudo para entregarlas a tiempo; cortó las piezas pero el empleado que las armó detectó que una era más corta que la otra y se negó a armarlas de nuevo.
“Yo dije: ‘¡Me va cachetear!’, y que me paro a las seis (de la mañana) y me voy al negocio. ‘¿Qué hago?’ Sabía coser, pero no sabía montar”.
El ingenio lo salvó: “Que agarro y que corto la más alta, las dejo parejas, las cosí, las pinté, pum, pum, pum, y le encantaron, pidió tres pares más. Desde entonces hasta la fecha no he parado de trabajar”.

Deportes Martínez
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