El tiempo en que la devoción católica se imprimía en imágenes de santos y oraciones en grandes caracteres, quedó encapsulado en esta imprenta de Correo Mayor, que funciona desde finales del siglo xix. Por allí también pasaron, para ser impresos, manuscritos originales de corridos revolucionarios y letras de Agustín Lara o José Alfredo Jiménez.
Por Patricia Ruvalcaba

Con sus manos temblorosas de 77 años, Catalina Adame hace coincidir exactamente los vértices de las 25 postales de la Virgen María que acaba de comprar. Abre su monedero para pagar, pero se detiene. Mira con codicia el muestrario colgado en la pared, donde vírgenes, santos y santas cubiertos con un lienzo de plástico, miran al cielo. “Dame otras 25 del Sagrado Corazón. ¡Y ya!”. No mira más, no quiere más tentaciones, rebusca en su monedero. Desde hace 20 años, en su calidad de “Ministro extraordinario de la Sagrada Eucaristía”, en la colonia La Joya, ella reparte las imágenes religiosas en los alrededores de la parroquia local. “Lo hago por mi cuenta”, dice, no sin satisfacción, “para que la gente conozca que cuando el Santísimo Espíritu se posa en el pecho de la Virgen, se engendra el niño”. Apoyada en su bastón, despacio, sale de la tienda.
    Estamos en el número 100 de Correo Mayor, en la Imprenta Guerrero, donde el tiempo se detuvo en los años cincuenta del siglo pasado. En la estrecha recepción hay una atmósfera provinciana, casi rural, con sus muestrarios de oraciones con burdas portadillas a una o dos tintas, o de estampas y postales de santos en color, llenos de polvo. Sobre viejos mostradores y repisas de madera con pecho de paloma, que alguna vez fueron blancos, se apilan imágenes sacras, novenas, postales. De un clavo cuelgan unos rosarios. Al fondo, las instalaciones del taller; la máquina de offset está quieta y silenciosa, y las mesas, colmadas de papeles.
    Los únicos elementos discordantes son la computadora con que se lleva la administración y el hecho de que tras el mostrador estén dos jóvenes, los hermanos Rodrigo y Daniel Hernández, ambos estudiantes, de 20 y 23 años respectivamente. Ellos remplazaron a su padre y dueño del negocio, quien enfermó recientemente.
    “Manejamos como 50 o 60 oraciones antiguas, unos 30 títulos de novenarios —series de rezos para nueve días, elaborados para determinados santos—, unas 35 o 40 imágenes en medidas para cartera, bolsillo y postal”, enumera Rodrigo.
    También hay cantos, “como uno para la levantada de la cruz de un difunto”, o el Silabario metódico de San Miguel, con el que “muchas personas mayores aprendieron a leer, según nos dicen”. Los ejercicios, en grandes caracteres, son sencillamente encantadores.
    También hay algunos clásicos, como el Catecismo del padre Ripalda “para 1er. Grado” (1943) o la oración Quince minutos en compañía de Jesús Sacramentado (1954), para rezar junto al Santísimo, una vez que un sacerdote ha autorizado al orante el acercamiento.

Santos de batalla
Doña Catalina no es una cliente característica. La mayoría son personas que tienen “un puesto de estampitas cerca de las iglesias”, explica Daniel, quien muestra una vena antropológica, mientras que su hermano es el hombre de los números.
    La mayoría de los clientes son personas mayores, o sus descendientes, que vienen por encargo de aquellos. Pocos provienen de las iglesias del Centro —La Profesa o la Iglesia de la Virgen del Sagrado Corazón. “Muchos son de provincia, de Puebla, Veracruz, Oaxaca, Tijuana, Chiapas… Vienen de tradición, ya hasta sabemos cuándo van a venir… porque se acerca la fiesta de determinado santo”.
    Los santos de batalla de la tienda son “San Judas, San Pedro, San Ramón Nonato, San Martín Caballero. Son los que no deben faltar”. Eso encadena las ventas de imágenes, oraciones y novenas. Hay santos que se ponen de moda y luego pasan. San Cipriano y Santa Teresa, por ejemplo, estuvieron a la alta hace unos años. “Yo digo que es por los barrios, como que se hace muy devoto todo el barrio en conjunto y después van juntando gente, o conocidos, entonces se van jalando las tradiciones. Duran tres, cinco años, y después ya se les olvidan”, explica Daniel.
    Lo más barato son “las oraciones de papel, que son las más antiguas, cuestan 35 centavos cada una, y se venden de mayoreo, de 100 o 200”, explica Rodrigo. “Y ya los productos más caros son las cosas nuevas, como la cédula de San Ignacio, que se pone en la puerta. Ésa cuesta seis pesos. Igual es precio de mayoreo, entonces la gente puede pedir 10 o 20”.
Pero con todo y el pequeño repunte de 10% que se da en Semana Santa, la venta es baja. Un declive importante se dio a fines de los años ochenta. “A partir de que salieron las nuevas religiones, pues se van apartando de nuestra religión católica”, dice Daniel.
    La proliferación de negocios que ofrecen los mismos productos, “pero con mejores diseños”, fue otro factor. Y más recientemente, el hecho de que en Internet circulen toda clase de oraciones e imágenes que la gente puede descargar.
    Y aunque ahora languidece, debido a las ventas bajas, hubo tiempos mejores.

“Los traÍan en pedazos de papel”
“El tallercito tiene mucha historia”, cuenta Daniel Hernández Segura, de 64 años y dueño del lugar. La charla es por teléfono. “Se fundó yo creo a fines del siglo xix, porque lo dieron de alta en Hacienda en 1930 o 1931, pero para entonces ya tenía su historia”.
    Hernández era un chico de 13 años cuando entró al taller, donde trabajaban su padre y un tío. Era 1957. Haciendo un esfuerzo recuerda los años gloriosos del taller.
    “Allí se imprimían las etiquetas de chocolates Tres Vapores, de la chocolatería La Azteca. Y en la Revolución, imprimían los corridos: La máquina 501, Corrido de Tampico, Potro lobo gateado… Antes, los corridos se pregonaban, había pregoneros que los cantaban en calles y plazas, en La Merced, La Aguilita. Y los escritores iban a la imprenta a pedir que los imprimieran”.
    Entonces, en el Centro abundaban los talleres de grabado; allí se realizaban las portadillas, en xilografía, placa de zinc, y algunos en linóleo. Luego, en los años treinta, “Agustín Lara, Luis Alcaraz, Miguel M. Ponce, ¡hasta José Alfredo!, iban a venderle las letras de las canciones al patrón, el señor Eduardo Guerrero. Fue de las primeras imprentas en sacar cancioneros”.
    A mediados de los años cuarenta “entraron las oraciones y las novenas. La gente traía las oraciones o los manuscritos en pedazos de papel. Y los sacerdotes. Y ya luego se seguían reproduciendo”.
    Pero, lamenta Hernández, “siempre nos han pirateado”.

“Es lo Único que sabemos hacer”
A principios de los años ochenta la imprenta estaba en números rojos y los dueños liquidaron a una decena de empleados cediéndoles el negocio. La crisis perduró, y uno a uno fueron desertando. Hernández logró reunir recursos para liquidar a los últimos y quedar como dueño. Vendió los linotipos, compró una máquina offset y renovó su catálogo. Mantuvo los diseños antiguos, pero mandó hacer pinturas —en técnica mixta de óleo, aerógrafo y acuarela— de santos y vírgenes, a los que se tomaron fotos para elaborar los negativos.
    Hubo un periodo de bonanza, seguido de un brusco declive y una precaria estabilización. Hoy, “el tallercito vive tiempos muy tristes”, dice Hernández.
    Rodrigo dice que ni siquiera llevan la cuenta de lo que se reimprime. “Cuando vemos que algo ya se va acabando, pues imprimimos mil, y ya”. De los negativos y placas originales, muchos se perdieron, otros le fueron robados por periodistas sin escrúpulos y, unos cuantos, “andan rodando por ahí”.
    “Nos hemos sostenido por la voluntad de Dios”, dice Hernández, con voz cansada. “Se ha complicado, pero pues es lo único que sabemos hacer”.

Imprenta Guerrero
Correo Mayor 100, Centro Histórico.
Tel.: 5522 4788. L-V de 10 a 17 hrs.,
y S de 10 a 14 hrs.

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