Desde 1936, la tienda Artículos ingleses viste a quienes mantienen “el gusto por la elegancia y el uso del sombrero”.
En el escaparate, los maniquíes están engalanados como para ir a una fiesta invernal, con trajes correctamente coordinados, con sombreros y bufandas, y apoyados en bastones de maderas finas. Su atuendo contrasta con la apresurada vestimenta de la mayoría de los transeúntes de 5 de Mayo.
En el número 19 de esa calle, una angosta entrada conduce a un santuario de la elegancia estilo inglés. En una amplia y acogedora habitación con alfombra rojo granate, mobiliario de madera y espejos, se disponen la ropa interior, las camisas y pantalones, batas, pantuflas de borrego y zapatos, o accesorios como mancuernas, brochas de afeitar y pipas de madera de brezo.
    Pero sobre todo, las telas para confeccionar trajes, ya sea de algodón, bambú, casimir y cachemira —de estas dos últimas, dice Álvaro Escalante, dueño de la casa, “una es de lana común y, la segunda, de lana de cabras salvajes de Cachemira, Asia”.
 LA MIRADA DE SU MAJESTAD
“Estas telas las traía ya mi abuelo, Eduardo Martínez de Velasco, poblano nacido en 1900 y pionero en la importación a México de lo british, la moda inglesa”, explica Escalante, de 36 años y cuyo porte inglés no opaca su origen orgullosamente mexicano.
    En 1936, el abuelo de Escalante fundó Artículos ingleses, que se mantiene “decorada aún como en aquella época, igual que las tiendas que él visitaba en Inglaterra”, incluso con el mismo olor a naftalina.
    Ante la mirada de la reina Elizabeth II y el príncipe Philip, duque de Edimburgo, se ofrecen productos exclusivos de importación, desde peines de plástico de 28 pesos, hasta trajes de 95 mil pesos, confeccionados con seda de un hilo muy delgado y polvo de diamantes. “Tenemos otro casimir muy fino, con seda e hilo de 11 micras de diámetro, un hilo muy apreciado por su grueso microscópico, de borregos a los que les dan alimentación y cuidados especiales”, abunda Escalante.
    “Son telas que nadie más puede ofrecer”, agrega. “Por la relación tan antigua, nuestros proveedores nos dan artículos en exclusiva. Por ejemplo, telas tweed cálidas, fuertes y resistentes, hechas con diferentes tipos de lana provenientes de las islas Hébridas (oeste de Escocia)”.
    En una vitrina de madera y cristal con forma de mesa redonda, las camisas se distinguen por los cuellos. Hay 14 diferentes, de punta alargada para personas con cara redonda, muy abiertas para los de cara delgada, o bien diseñados para los diferentes nudos de corbata.
    No podían faltar las prendas de etiqueta. Para la noche, para el protagonista, un novio, por ejemplo, el frac negro con cola. Para un invitado está el esmoquin, de tela llamada grano de pólvora, por su textura.
Para el día, el chaqué es la máxima expresión de la elegancia masculina —consta de cuatro piezas: levita (lleva cola, pero es más larga y redondeada que la del frac), chaleco, pantalón y corbata.
    En la sección de accesorios y perfumería sobresalen la línea Truefitt & Hill, creada en 1805 por una barbería londinense considerada la más antigua del mundo, así como los cepillos para el cabello con cerdas de jabalí, que no causan estática debido a que contienen aceites naturales.
    Para las damas hay perfumería, guantes y bufandas, pantuflas, telas y casimires, así como suéteres de Escocia, de la pequeña fábrica de tejido de punto Barkers.

LA TERCERA GENERACION

“Aquí hemos comprado guantes de mujer, sombreros, pantuflas, perfumes..., además aprovechamos para darnos una vuelta por el Centro, almorzar y entrar a algún museo”, dice el empresario Pablo Hernández, de 53 años, mientras busca un sombrero en compañía de su esposa. Se decide por uno estilo Fedora, como el que usaba Indiana Jones.
    Fascinado, como su abuelo, por la elegancia, Escalante quiere mantener la tienda, y tiene una visión clara: “competir en precios, con productos exclusivos y actuales, una mejor atención al cliente y una ubicación importante, frente a las grandes tiendas departamentales de ropa”.
Tanto él como el resto del personal, incluido el sastre, asisten a la clientela “sin presionarla”.
    “El atender personalmente la tienda es uno de los valores agregados”, explica Escalante. “Soy parte de una tercera generación, puedo orientar a las personas que nos visitan, en muchos casos hijos o nietos de quienes le compraban a mi abuelo y, en otros, jóvenes que han recuperado el gusto por la elegancia y el uso del sombrero”.