Km.cero buscó los rastros —físicos y en la memoria colectiva— de los héroes de la Independencia y elaboró un recuento de estatuas, placas, calles y estaciones del metro que los recuerdan.
Por Elena EnrÍquez Fuentes y sandra ortega


la campana de dolores fue fundida en 1768 y fue conocida
como esquilÓn de san josÉ. hoy estÁ sobre el balcÓn
central de palacio nacional

A los pies del monumento a Leona Vicario, una corona de flores por su aniversario luctuoso — el 24 de agosto — indica que aún se recuerda, al menos oficialmente, a esta señorita de sociedad que durante la gesta de la Independencia fue correo, se fugó de la cárcel, se unió a las tropas de Morelos y rechazó los indultos que le ofreció el poder colonial.

    Otra conspiradora, Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, que en 1811 orquestó un plan para retener al virrey y ahorcarlo, está casi en el olvido. En un callejón que lleva su nombre, un residente refiere de oídas que “allí vivió una mujer que participó en la Independencia”.

    En la capital de la Nueva España no hubo cruentas batallas, pero hace 200 años en algunas de sus casas se difundían en secreto las ideas de la Ilustración, se reunían recursos y se planeaban actos subversivos. Km.cero buscó las huellas de estos personajes en la memoria colectiva, así como en forma de estatuas, placas, calles y estaciones del metro.


en 1813, dÍas despuÉs de haberse fugado de la cÁrcel de belem, leona vicario saliÓ de la ciudad disfrazada de negra, cubierta de harapos. en unos huacales con legumbres llevaba ocultos tinta y tipos para imprimir. tenía 24 aÑos..


¿EjecuciÓn en Moneda?
En la esquina de Pino Suárez y República de El Salvador hay una plaza presidida por la estatua de un hombre sentado. Parece abrumado, incluso tiene los hombros un poco caídos, indiferente a los niños que tratan de tocarlo y a la pareja que discute cerca de él.
    El personaje es Francisco Primo de Verdad. Entró en la Historia como la persona que por primera vez planteó la idea de establecer la soberanía popular en la Nueva España.
    Fue en 1808, a unas cuadras de esa plaza. En junio de ese año llegaron al Ayuntamiento de la Ciudad de México —al inmueble ocupado actualmente por la Jefatura de Gobierno—, noticias de la invasión francesa a España y de cómo fueron obligados a dimitir Carlos IV y Fernando VII en favor de José Bonaparte, hermano del emperador Napoleón.
    Francisco Primo de Verdad, entonces síndico del Ayuntamiento, con el apoyo del regidor Juan Francisco de Azcárate y el fraile mercedario Melchor de Talamantes, propuso al virrey José de Iturrigaray convocar a todos los ayuntamientos de la Nueva España para formar un gobierno provisional, con el argumento de que a falta del monarca español, la soberanía volvía al pueblo.
    El 16 de septiembre, Gabriel de Yermo, rico comerciante español, organizó una asonada que depuso al virrey. Azcárate, Talamantes y Primo de Verdad fueron acusados de traición y apresados. A este último lo encerraron en un calabozo del Palacio del Arzobispado que daba a la esquina de las calles de Moneda, y la que ahora lleva su nombre. Amaneció muerto el 4 de octubre de 1808. Nunca se supo si fue asesinado.


predio donde naciÓ josefa ortiz

“Un agente efectivo, descarado, audaz…”
Después de aquel episodio, la Ciudad ya no fue la misma. La tensión creció y los criollos se dieron a la tarea de organizar en secreto la insurrección.
    Se conspiró en muchos lugares, pero los conjurados de Querétaro, San Miguel y Dolores, al ser descubiertos, convocaron a la lucha. Fue la oportuna intervención de Josefa Ortiz de Domínguez lo que impidió que Miguel Hidalgo e Ignacio Allende cayeran presos.
    En el número 14 de la calle de El Carmen, un edificio de dos pisos con la fachada descarapelada alberga hoy una plaza comercial. Allí se ofrecen desde bisutería y regalos, hasta artículos para body piercing. Allí nació Josefa.
    “Este edificio tiene mucha historia, pero no sé cual será. Viví aquí durante 22 años hasta que el gobierno lo expropió. Ahora rento este local. Yo nunca supe que aquí nació Josefa Ortiz”, dice sorprendida Ana Rosales, comerciante del lugar.
    La Corregidora nació en esta bulliciosa calle comercial, estudió en el Colegio de las Vizcaínas y, después de ser parte de la conspiración, volvió a la Ciudad de México y murió en El Carmen, a unas puertas de donde había nacido, en el número 5.
    A un costado de Palacio Nacional, la calle Corregidora, en su honor, es también muy activa; ahí se puede conseguir desde un clavo hasta sofisticadas herramientas para la construcción. Pero donde la presencia de esta insurgente es más fuerte, es en la hermosa Plaza de Santo Domingo.


estatua de la corregidora en la plaza de santo domingo

    En medio de la fuente hay una estatua que la representa.
A sus pies, los paseantes se sientan a comer helados, chicharrones o elotes asados. Yolanda Moreno, de 24 años, vende refrescos en la Plaza desde hace 8 años. “Desde un principio me gustó la fuente, pero no sabía quién era (Josefa) ni qué hizo”, dice.
    El escultor italiano Enrique Alcita representó a Josefa sentada, con un mensaje en la mano. Pareciera que capturó justo el momento previo al envío de la alerta que ella dirigió a Hidalgo, evadiendo el encierro al que la había sometido su esposo.
    El mensaje decía, según Luis González Obregón: “En pos de estas letras van la prisión y la muerte; mañana serás un héroe o un ajusticiado; en esta revolución está la pérdida de mi libertad; pero este sacrificio no será estéril porque me mandarás en contestación el grito de independencia”.
Y así ocurrió. Mientras Hidalgo llamaba a la insurrección en Dolores, la Corregidora era detenida en Querétaro.
    El canónigo Beristain, enviado del virrey en Querétaro, le informaba —según el historiador Alejandro Villaseñor— que Josefa era “un agente efectivo, descarado, audaz e incorregible que no perdía ocasión ni momento de inspirar odio al rey, a la España”.
    Consumada la Independencia, Josefa fue invitada a convertirse en dama de honor de la emperatriz doña Ana, esposa de Iturbide; fiel a sus convicciones republicanas, rechazó la oferta.


una de las dos estaciones del metro con nombres
de insurgentes

Hidalgo no llegÓ; la campana, sÍ
El ejército de Hidalgo fue creciendo. Salió de Dolores con 600 hombres y en pocos días los mineros, campesinos y trabajadores que se le unieron se contaban por miles. El 30 de octubre de 1810, después de haber tomado Celaya, Salamanca y Valladolid (hoy Morelia), Hidalgo salió victorioso de la cruenta batalla del cerro de las Cruces, cerca de Toluca. Parecía natural que marchara sobre la Ciudad de México. Hizo llegar mensajes al recién nombrado virrey Venegas, pidiéndole que rindiera la plaza, pero éste se negó.
    Hidalgo decidió retroceder. Según algunos historiadores temió al enfrentamiento; según otros, quiso evitar el saqueo de la Ciudad. Como una coincidencia, la estación del metro Hidalgo se sitúa en la proximidad de lo que fueron los límites de la ciudad en el siglo xix.
    Ahora, la campana con la que Hidalgo convocó a la lucha armada sí llegó a la capital. En 1896, Porfirio Díaz ordenó traerla para continuar la tradición que había iniciado Maximiliano de Habsburgo, de conmemorar la gesta independentista emulando el “grito de Dolores”. La noche del 15 de septiembre de 1896, por primera vez Díaz dio el “grito” tocando la misma campana que Hidalgo; movió el festejo una noche antes, para que coincidiera con su cumpleaños. Hoy la campana de Dolores está sobre el balcón central del Palacio Nacional.
   Compañero de batallas de Hidalgo, Ignacio Allende era enlace entre las conspiraciones de Querétaro, San Miguel y México, y tenía contactos en muchas ciudades. Su plan era que la rebelión se iniciara al mismo tiempo en varios lugares para garantizar el triunfo, y aunque fue ejecutado junto a Hidalgo, las redes que tejió ayudaron a la continuidad del movimiento.
La estación del metro Allende, y la calle dedicada a él, se encuentran en la zona más céntrica de la capital. Hoy, en la salida de esa estación, un grupo de músicos ciegos anima el ambiente con cumbias o rocanrol.


16 de septiembre, una de las principales vÍas de acceso
al centro histÓrico

“¿QuÉ ya no hay hombres en AmÉrica?”
Más de una conspiración en favor de la Independencia se dio en el marco de una de las diversiones de la época: las tertulias.
    Una de las más importantes transcurrió en abril de 1811. Su protagonista fue Doña Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, esposa de un acaudalado minero.
    En la casa de doña Mariana se celebraba una amena tertulia, cuando las campanas de Catedral comenzaron a repicar y se escuchó una salva de artillería. El gobierno virreinal celebraba el haber aprehendido a Hidalgo.
    “En la casa de Lazarín la noticia cayó como un rayo”, señala González Obregón. Ella se levantó y le dijo a sus contertulios: “¿Qué es esto señores? ¿Qué ya no hay hombres en América?”, y los conminó a liberar a los prisioneros. Cuando le preguntaron cómo hacerlo, ella fue tajante: “De la manera más sencilla: ¡apoderarse del Virrey en el paseo, y ahorcarlo!”.
    Con el apoyo de Ignacio López Rayón (hay una calle en su honor entre Palma Norte y Comonfort) Mariana conspiró para aprehender al virrey Venegas y proclamar la Independencia. Ganó adeptos entre las fuerzas del virrey y varias autoridades religiosas, y fijó una fecha para el acto culminante. Pero uno de los conspiradores, José María Gallardo, fue delatado por su confesor, a quien había revelado los nombres de sus compañeros, y éstos fueron aprehendidos.
    Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín es ahora el nombre de un pequeño callejón ubicado entre Allende y República de Chile. La vía, como Mariana, parece un tanto olvidada. La que fuera la casa de la insurgente está dividida en departamentos y no hay placa que recuerde los acontecimientos sucedidos allí.
    Martín Flores, de 43 años, dijo: “Siempre he andando por aquí y los viejos de la calle me llegaron a contar que ahí vivió una mujer que participó en la Independencia”.


un aspecto del callejn lazarÍn del toro

“SaliÓ de la ciudad montada en un burro”
Otra de las muchas mujeres protagonistas de la lucha de Independencia fue Leona Vicario. Hija de una familia adinerada, huyó de su casa al descubrirse la conspiración en la que participaba su prometido, Andrés Quintana Roo, y se unió con él a la insurgencia bajo el mando de Morelos. Organizó un grupo de mujeres que servían como correo y espías, y financiaba la lucha con su propia fortuna.
    Su casa, en las calles de República de Brasil y Colombia, aloja hoy las oficinas de la Dirección Nacional de Literatura de Bellas Artes. A unas cuadras de ahí, en la Plaza de Santa Catarina, en la esquina de Brasil y Honduras, una estatua la representa con los brazos abiertos, en actitud de entrega.
    Perseguida y apresada varias veces, sus innumerables fugas y su participación tanto en el campo de batalla como en el de las ideas, la convirtieron en un mito. Tenía 24 años de edad cuando, a principios de 1813, la tomaron presa y la condujeron a la cárcel de Belem; el 22 de abril de aquel año, fue rescatada por un grupo de insurgentes. Alejandro Villaseñor, refiere que “Algunos días después salió de la ciudad montada en un burro, vestida de negra y cubierta de harapos (…) llevaba en los huacales sobre que iba, tinta de imprenta, letras de molde, botes, etcétera, todo cubierto con legumbres”.
    Leona rechazó varias ofertas de indulto por parte de Manuel de la Concha, jefe realista que aprehendió a Morelos en 1815.
    En la que fuera su casa, hay una placa. Bonfilio Guzmán, trabajador del inba que labora allí, dice: “Respecto a Leona Vicario, sólo sé que aquí fue su casa, que tenía un cuarto de costura y tenía su capilla, su recámara y sus muebles. Esos sí los conocimos, aunque ahora están en una bóveda del Centro Nacional de Conservación, en San Ildefonso. Se los llevaron en 1992”.


calle morelos
El turno de Morelos

Muertos Hidalgo y Allende, José María Morelos fue el impulsor más importante del movimiento; contribuyó a la consolidación política de las ideas independentistas y su genio militar dio grandes frutos. En 1815, fue apresado en Temalaca. En la plaza de la Ciudadela, hay una estatua en su honor. El Generalísimo fue juzgado en el edificio que hoy alberga la Biblioteca de México y luego fusilado en Ecatepec. Morelos ciñe un sable con la mano derecha en forma amenazante, mientras el viento agita su ropa.
    La Independencia también fue posible gracias a personajes como fray Servando Teresa de Mier, quien contribuyó a dar sustento ideológico al movimiento. Escribió en publicaciones de Europa y de Nueva España, argumentando que América pertenecía a sus pobladores indígenas y, después de ellos, a todos los nacidos en el continente. Sus ideas lo llevaron varias veces a la cárcel. Cuando el padre venía a la capital, se hospedaba en Santo Domingo y hoy la avenida que delimita, al sur, el Centro Histórico, lleva su nombre.


primo de verdad muriÓ prisionero en esta calle
El capricho de La GÜera RodrÍguez

Hacia 1817, el poderío militar de los españoles, la falta de liderazgos en las filas insurgentes y la política del virrey Apodaca de indultar a los rebeldes hizo declinar al movimiento independentista. En 1820, Fernando VII volvió al trono de España y fue obligado a restablecer la Constitución de Cádiz. Lo mismo debían hacer los gobernantes de la Nueva España, pero por ser una norma liberal, la iglesia y los sectores más conservadores la rechazaron, y el virrey Apoadaca se negó a asumirla.
    Agustín de Iturbide, con el Plan de Iguala, hizo una propuesta que dejó satisfechos a los poderosos, tanto criollos como españoles. A Vicente Guerrero, último de los insurgentes que continuaba alzado, lo convenció de llegar a un acuerdo. Así, México se convertía en una nación independiente pero monárquica. El 27 de septiembre de 1821, Iturbide hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México con el Ejército Trigarante.
    Ese día, que marcó el fin de una época, estuvo marcado por el capricho de una mujer. La famosa Güera Rodríguez (María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba) fue célebre en su tiempo por sus ocurrencias y amoríos con personalidades como Alejandro Von Humboldt, Simón Bolívar y Agustín de Iturbide.
    A la sazón era amante de Iturbide, y lo convenció de desviar hacia su casa (actual cruce de Madero e Isabela La Católica) la ruta del Ejército Trigarante. El hombre, además, debió cortar una rosa y ofrecérsela, después de ponerse de rodillas ante ella.
    La independencia se había consumado, más no los cambios sociales que exigieron los insurgentes.
    Muchos independentistas conspiraron, otros estuvieron prisioneros y fueron juzgados y sentenciados en lo que hoy es el Centro Histórico.
    A algunos más, a otros menos, la historia y la memoria les han hecho justicia. Aquí les hacemos un modesto homenaje.

Fuentes:
Fernando Benítez, La ciudad de México, Salvat, 1984; Daniel Cosío Villegas et al, Historia general de México, El Colegio de México, versión 2000, 2004; José María Miquel i Vergés, Diccionario de Insurgentes, Editorial Porrúa, 1969; Héctor R. Olea, La Leona Vicario y la Ciudad de México, Colección Popular de la Ciudad de México, Departamento del Distrito Federal, 1974; Alfredo López Austin, Edmundo O´Gorman y Josefina Vázquez de Knauth, Un recorrido por la historia de México, SEP Setentas Diana, 1975; Rafael Rojas, La escritura de la independencia, CIDE-Taurus, 2003; María del Carmen Ruiz Castañeda, Ciudad de México en el siglo XIX, Colección Popular de la Ciudad de México, Departamento del Distrito Federal, 1974; Alejandro Villaseñor, Biografías de los héroes y caudillos de la Independencia, Editorial del Valle de México, México 1908; Luis González Obregón, México Viejo, Alianza Editorial, México, 1991; Genaro García, Documentos históricos mexicanos, tomo V, INEHRM, México, 1985; Luis Villoro, El proceso ideológico de la Revolución de Independencia, SCDF, México, 2003; Varios autores. Gran Historia de México ilustrada, tomo III, Planeta De Agostini, México, 2002.


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