
Si en la guerra de Independencia, la Ciudad de México, lo que hoy llamamos Centro Histórico, fue un escenario más de conspiraciones que de batallas, durante la Revolución otra fue la historia. La capital vio de todo, incluso la cara más cruenta de la guerra.
Km.cero recorrió calles y monumentos, edificios y estatuas que recuerdan aquellos años que transformaron al país.
Por enrÍquez fuentes y sandra ortega

Zapatistas en el ZÓcalo, 1914
Si en la guerra por la Independencia, la Ciudad de México, lo que hoy llamamos Centro Histórico, fue un escenario más de conspiraciones que de batallas, durante la Revolución otra fue la historia. La capital vio de todo, incluso la cara más cruenta de la guerra. Multitudes que, acabando de vivir un sismo, se arremolinaron para recibir a Madero; cadáveres en la Plaza Mayor y en las calles; magnicidios; la desconfianza mutua entre la Ciudad, y Zapata y Villa, cuando éstos la ocuparon; Villa trepado en una escalera, bautizando personalmente una calle con el nombre de Madero; sólo en un año, siete entradas y salidas de ejércitos, y sus secuelas de saqueos, hambre y caos monetario y, lo más insólito, gente pudiente barriendo las calles. Todo el orden anterior, de cabeza. Y luego, la pacificación.
Km.cero recorrió calles y monumentos, edificios y estatuas que recuerdan aquellos años que transformaron al país.
con El brazo entumecido
La primera entrada triunfal de un revolucionario a la Ciudad de México fue la de Madero, el miércoles 7 de junio de 1911, durante su segunda campaña electoral —había participado en una primera elección, en la que Porfirio Díaz se declaró vencedor, y el 20 de noviembre de 1910 había llamado a las armas, para derrocarlo. Una de las principales entradas al Centro Histórico, recuerda la fecha.
La mañana de ese día, a las 11: 16, la capital fue sacudida por un fuerte terremoto que destruyó 119 casas, flexionó rieles de tranvía y dejó decenas de muertos, entre otros daños. Para muchos, fue un oscuro presagio para Madero.
El líder arribó a Palacio Nacional por la calle que hoy lleva su nombre. Entonces se llamaba Plateros y era muy bonita. Manuel Gutiérrez Nájera la llamó el “París de las Américas”; en ella estaban el Cinematógrafo Lumiere, el Jockey Club, y varios cafés y tiendas elegantes frecuentados por la sociedad porfiriana.
A pesar del susto causado por el sismo, la vía estuvo colmada. “Medio millón de habitantes sistemáticamente vejados por la autoridad saboreó aquel día estival, el júbilo de ser libres. (…) tantas manos fervorosas tuvo que estrechar, tanto sonrió a las multitudes en el prolongado desfile y después en la recepción en Palacio, que al día siguiente se quejaba de tener adolorido el rostro y entumecido el brazo”, escribió José Vasconcelos en sus memorias.

Villa, Eulalio GutiÉrrez y Zapata, en un banquete
en palacio nacional, 1914
“No perdiÓ su sangre frÍa”
Finalmente el 6 de noviembre de 1911 Madero tomó posesión. Su gobierno duró apenas 15 meses, durante los que combatió igual a los zapatistas, que le reclamaban el reparto agrario, y a los porfiristas, que no aceptaban haber perdido el poder.
Era muy de madrugada el 9 de febrero de 1913, cuando se escucharon disparos en diferentes zonas de la ciudad. Entre los conspiradores que fraguaron la asonada estaban varios senadores, periodistas, el embajador de Estados Unidos y los generales Félix Díaz y Bernardo Reyes —ambos desde la cárcel. Unos tomaron Palacio Nacional con poca resistencia, mientras otros liberaban a Reyes y a Díaz.
El general Lauro Villa, encargado de la custodia de Palacio, logró recuperarlo y colocó francotiradores a lo largo del recinto y sobre la Catedral. Cuando Díaz y Reyes llegaron a la Plaza Mayor, se vieron en medio de un fuego cruzado que mató a conspiradores y a comerciantes, trabajadores y transeúntes. Reyes murió ahí; Félix Díaz huyó y se refugió en la actual Plaza de la Ciudadela. El edificio que hoy ocupa la Biblioteca de México eran los Almacenes Generales de Artillería y la Fábrica de Armas, por tanto los golpistas contaron con pertrechos suficientes.
Madero recibió las noticias en el Castillo de Chapultepec, y marchó a Palacio Nacional para comandar la defensa.
“No perdió su sangre fría ni su optimismo. Montado en un caballo de gran alzada y rodeado de jóvenes cadetes, volvía a ser el amado caudillo popular. La gente se sumaba a su comitiva, aclamándolo”, dice Fernando Benítez en su Historia de la Ciudad de México. Al llegar a la actual Plaza de la Constitución, la explanada estaba tapizada de muertos y aún había disparos. El general Villar había sido herido de gravedad, y Madero nombró en su lugar a Victoriano Huerta.
Durante diez días no cesaron las ráfagas de ametralladoras ni los cañonazos. Huerta encubrió a Díaz y le permitió operar en la Ciudadela, mientras daba informes falsos a Madero.
sobre la ciudad de mÉxico, Zapata dijo: "NomÁs puras banquetas (...). de que ando en una banqueta, hasta me
quiero caer". Villa respondiÓ:
"Ese rancho estÁ muy grande
para nosotros".
Las fuerzas leales a Madero reportaron en esos días más de 5 mil 500 bajas, y los civiles muertos fueron incuantificables. José Juan Tablada, cronista de la época, cuenta: “por las noches había cientos de hogueras por toda la ciudad con el propósito de quemar los cadáveres insepultos y basura acumuladas. Densas humaredas esparcían el olor a carne chamuscada. No era posible caminar sin encontrar gente aniquilada”.
Del 9 al 18 de febrero la Ciudad se paralizó, eran muy pocos los que intentaban huir en carretelas, o salir un momento a rezar un responso para los caídos.
Desde el primer día de la asonada, Madero se instaló en Palacio Nacional. El 17 de febrero los golpistas retomaron el edificio y lo retuvieron allí junto con el vicepresidente Pino Suárez y el general Felipe Ángeles.
Hacia las 11 de la noche del 22 de febrero, Madero y Pino Suárez fueron obligados a subir a dos automóviles y en las inmediaciones de la prisión de Lecumberri fueron asesinados, por órdenes de Huerta. Así concluyó la Decena Trágica.
En honor al Vicepresidente, la calle que corre del Zócalo a la calzada de Tlalpan, y una estación del metro, llevan su nombre. Ricardo López, vendedor de zapatos en una plaza ubicada sobre la vía, reconoce, algo sonrojado: “No sabía quién había sido este señor, yo creía que pinosuárez era algún tipo de pino, como esos que se usan en Navidad”.

Civiles enarbolan una bandera blanca, durante la Decena
TrÁgica, 1911
El sacrificio de DomÍnguez
Huerta se hizo del gobierno y durante 17 meses el sino de su mandato fue la represión a los opositores. El senador chiapaneco Belisario Domínguez fue de los pocos que lo enfrentaron públicamente. En el recinto de Donceles, el 23 de septiembre de 1913, Domínguez leyó el discurso que le costó la vida: “el pueblo mexicano no puede resignarse a tener por Presidente de la República a don Victoriano Huerta, al soldado que se amparó del poder por medio de la traición y cuyo primer acto al subir a la presidencia fue asesinar cobardemente a Presidente y Vicepresidente legalmente ungidos por el voto popular…”.
El discurso fue omitido en el
Diario de los Debates y en la prensa, silenciada por el régimen, pero circuló clandestinamente. La noche del 7 de octubre de 1913, por orden de Huerta, el senador fue sacado de su habitación del hotel Jardín y conducido al cementerio de Xoco, en Coyoacán, donde fue martirizado —entre otras cosas, le cortaron la lengua— y asesinado.
Como homenaje, la calle que cruza la plaza de Santo Domingo, entre Eje Central y República de Brasil, lleva su nombre. Y en la explanada del Senado de la República, hay una estatua; el senador alza la mano, protestando contra el régimen.
En 1914 los alzamientos contra Huerta crecían por todo el país, a lo que se sumó la invasión estadounidense a Veracruz y el retiro del apoyo de EU a su régimen. Huerta renunció en julio de ese año.

Última fotografía de Madero con vida, 1911
“Puras banquetas”
Venustiano Carranza es otra de las calles del Centro Histórico que recuerdan la Revolución Mexicana. Es una ajetreada vía comercial en la que se encuentran telas y productos de mercería y manualidades.
Carranza, gobernador maderista de Coahuila, desconoció al gobierno de Huerta y se levantó en armas. Después se autonombró jefe del Ejército Constitucionalista y marchó a la Ciudad de México, a la que llegó el 20 de agosto de 1914.
En esos días nació el verbo
carrancear como sinónimo de robar, debido a los saqueos cometidos por sus tropas, durante 35 días de ocupación.
Entre julio de 1914 y julio de 1915 la Ciudad fue ocupada siete veces por ejércitos revolucionarios. Convencionistas (villistas y zapatistas) y carrancistas la convirtieron en escenario de su disputa.
En octubre de 1914, los convencionistas se reunieron en Aguascalientes buscando acuerdos para zanjar sus diferencias. En la Convención de Aguascalientes se nombró como Presidente interino a Eulalio Gutiérrez Ortiz, quien sería escoltado por Francisco Villa a la capital; allá se reuniría con Zapata.
El 3 de diciembre, Villa acompañó a Eulalio al Palacio Nacional, “pero lo dejó en el elevador; no quería entrar a Palacio antes de haber conversado con Zapata”, narra Paco Ignacio Taibo II en el libro
Pancho Villa, una biografía narrativa.
El primer encuentro de ambos fue al día siguiente, en Xochimilco. Allí acordaron combatir a Carranza. En la conversación, transcrita por un taquígrafo, dejaron ver sus impresiones sobre la Ciudad. Zapata comentó: “Nomás puras banquetas (...). Yo lo digo por mío, de que ando en una banqueta, hasta me quiero caer”. A lo que Villa respondió: “Ese rancho está muy grande para nosotros”.
El 6 de diciembre, zapatistas y villistas tomaron juntos la capital. Durante más de 8 horas, 30 mil hombres desfilaron rumbo al Zócalo. Los capitalinos los esperaron con curiosidad y temor. La prensa huertista había advertido sobre las “hordas” zapatistas y villistas, por lo que ambos jefes ordenaron estricto respeto a las vidas y propiedades de nacionales y extranjeros.
Los trenes de la División del Norte llegaron a Tacuba; en tanto, el ejército del Sur, a caballo, se desplazó desde Tlalpan, San Ángel y Mixcoac. Se reunieron en el Paseo de la Reforma y entraron al Zócalo por la calle, bautizada pocos días después por Pancho Villa, como Madero.
En la Decena TrÁgica, tiradores en la azotea de Palacio Nacional y cuerpos en la plaza, 1911
En una crónica del 8 de diciembre, el periódico
El Universal describió: “los zapatistas (…) visten calzón y camisa de manta blancos, bajo sus anchos sombreros guardan pan y otras cosas ligeras. Sus cananas les cruzan en el pecho en forma de cruz. Los dorados de Villa en cambio portan uniformes color caqui y sombreros de fieltro (…). Villa llegó engalanado en un uniforme militar azul oscuro y Zapata vestía de charro, una chaqueta de color beige con un águila bordada en hilo de oro en la espalda, su pantalón negro, con detalles de plata relumbraba al sol”.
Desde el balcón central de Palacio, flanqueando al Presidente Eulalio Gutiérrez, ambos jefes revolucionarios saludaron a la multitud que los ovacionaba. El desfile de las tropas parecía interminable, y se dispusieron a ir al comedor. En uno de los salones vieron cuatro sillas, una de ellas “garigoleada y repleta de dorados, con el águila del imperio de Maximiliano en el respaldo”. Alguien dijo que era la silla presidencial, y se inició un intercambio que culminó con la famosa fotografía de Villa sentado en la silla, con Zapata a su lado.
Dicen que Zapata, tímido, no quiso aceptar la invitación de Villa a sentarse. El Centauro del Norte, según el villista Cecilio Robles, dijo: “voy a ser Presidente de la República un tantito”, y se sentó.
El 8 de diciembre, Villa homenajeó a Madero. “A las 10 de la mañana se encontraba una banda de música en Plateros e Isabel La Católica. Villa llegó, subió a una escalera y mostró al público una placa. Y sin mayor ceremonia, mientras la banda tocaba el Himno Nacional, la colocó bautizando Plateros, y San Francisco que la prolongaba, como avenida Francisco I. Madero (…). Al pie del nombre de Madero un pequeño letrero avisaba, muy al estilo de la División del Norte, que quien retirara la placa sería ‘fusilado inmediatamente”.
El 9 de diciembre Zapata dejó la Ciudad de México; Villa, dos días después. Ambos marcharon a seguir combatiendo a los carrancistas, Zapata en Puebla y Villa, en Zacatecas. En la lucha de facciones los vencedores fueron los moderados Carranza y Obregón. Zapata sería asesinado en Chinameca en 1919, y cuatro años más tarde lo sería Villa, en Parral. Sólo Zapata es recordado en el Centro Histórico; así se llama la calle ubicada entre Academia y Anillo de Circunvalación, prolongación de Moneda.

Villa y Zapata en Avenida Reforma, antes de entrar al ZÓcalo
El aÑo del hambre
A 1915 se le conoce como El año del hambre. La entrada y salida de los ejércitos paralizaba las actividades, el abasto de agua y alimentos, y provocaba acaparamiento, así como robo y saqueo de comercios, bodegas y molinos de grano.
Cada ejército emitía su propia moneda, por lo que para 1915 circulaban varios tipos de billetes: “dos caras” de los villistas; los que trajeron los zapatistas; los emitidos por el Presidente, fabricados con las mismas placas de los carrancistas, pero con la leyenda “revalidados” y, por si hiciera falta, falsificaciones de los anteriores.
En febrero, el general Álvaro Obregón intentó contener el caos y dictó medidas contra los acaparadores y nuevos impuestos a los más pudientes; éstos rechazaron las medidas y se reunieron en el Teatro Hidalgo para buscar cómo defenderse. Obregón los mandó aprehender, los obligó a barrer las calles y a reunir y entregar medio millón de dólares a manera de impuesto.
También hubo protestas. El 19 de mayo, miles se reunieron en las afueras de la Cámara de Diputados. “¿Dónde está el maíz?”, preguntaban.
En 1915 y 1916 Carranza y Obregón combatieron a Villa y Zapata. A finales de 1916, Carranza convocó al Congreso Constituyente, que sesionó en Querétaro, desde el 1 de diciembre. Para conmemorar el día en que ese Congreso dio a conocer la Carta Magna que nos rige, a una de las principales calles del Centro Histórico se impuso el nombre de 5 de Febrero.
“San Ildefonso”
Si Obregón se dedicó a pacificar al país, José Vasconcelos, secretario de Educación Pública, emprendió una gran cruzada cultural que ayudó a construir una nueva identidad nacional. Hizo de los maestros rurales un ejército pacificador, ordenó la edición masiva de grandes obras del pensamiento occidental, y apoyó a artistas e intelectuales. En 1921, dio a varias calles del Centro los nombres de las primeras repúblicas latinoamericanas en reconocer al gobierno revolucionario.
A espaldas de la entrada principal de San Ildefonso hay una estatua que algunos transeúntes despistados llaman “El San Ildefonso”. Es Vasconcelos, de pie, en “Una actitud de reto frente a los contrarios, que están representados por un fuerte viento que le levanta la toga”, dijo alguna vez Ernesto Tamarez, autor de la escultura de 4.40m.
Esta breve reseña da cuenta de cómo el Centro Histórico puede ser un libro abierto a través del cual leer la historia.
Fuentes: Fernando Benítez, Historia de la ciudad de México, Salvat, 1984; Daniel Cosío Villegas et al, Historia general de México, El Colegio de México, versión 2000, 2004; Salvador Ponce de León, Anecdotario de la ciudad de México, Colección Popular de la Ciudad de México, ddf, 1973; Alfredo López Austin et al, Un recorrido por la historia de México, sep Setentas Diana, 1975; Fernando Orozco, Cuentos y narraciones de la ciudad de México, Colección Popular de la Ciudad de México, ddf, 1974; Paco Ignacio Taibo II, Temporada de zopilotes, Planeta, México, 2009, y Pancho Villa, Planeta, México, 2006; Joaquín Cárdenas Noriega, José Vasconcelos, Conaculta, México, 2008; Así fue la Revolución Mexicana, Senado de la República, sep, México, 1985.