De amor, pasión o celos, de castigos divinos y terrenos, de siniestras y tiernas apariciones, de milagros, son cientos las leyendas que se sitúan en el Centro Histórico y parte de su patrimonio intangible. Este número Km.cero ofrece ocho de ellas.
POR ALONSO FLORES


“En ese callejÓn tenÍan lugar unas danzas infernales.
Eran practicadas por nahuales que entraban a las casas
a robar niÑos y mujeres de mal y buen ver”.
De amor, pasión o celos, de castigos divinos y terrenos, de siniestras y tiernas apariciones, de milagros, cientos de leyendas se sitúan en el Centro Histórico y de algunas hay referencias físicas, como nombres de calles, edificios o santos.

Km.cero ofrece en este número ocho ejemplares poco conocidos de un género literario que es parte del patrimonio intangible del Centro.

Un presagio
Situada en la época prehispánica, la leyenda Del labrador cuenta que un águila bajó a las tierras de Coatepec, en donde un hombre labraba la tierra. Sujetándolo con sus garras, lo llevó hasta una cueva donde había una imagen del emperador Moctezuma. Allí, una voz le ordenó que quemara una de las piernas del rey y le aseguró que éste, enfermo de soberbia, no lo sentiría. El labrador dudó pero, apremiado por la voz, cumplió el mandato. En efecto, el emperador de Tenochtitlan ni se inmutó.
    “¿Ves cómo no siente y cuán embriagado?”, dijo la voz. “Anda, vuelve al lugar del que fuiste traído y dile a Moctezuma lo que has visto y lo que te mandé hacer; y para que entienda ser verdad lo que le dices, dile que te muestre el muslo y que tiene enojado al Dios de lo creado y que él mismo se ha buscado el mal que sobre él ha de venir y que ya se le acaba su mando y su soberbia…”. El águila regresó al labrador a sus terrenos, y él se presentó ante el rey, a quien contó lo sucedido. Moctezuma recordó un sueño que tuvo en la víspera, en el que un indio le quemaba el muslo. Se levantó el vestido y vio la quemadura, pero en lugar de atender a la advertencia, ordenó el encierro del indio y su muerte por hambre. El labrador murió, pero la Ciudad también sucumbió.
De esa leyenda hay una huella en la entrada del atrio del templo de San Hipólito, en la esquina de Hidalgo y Zarco. Es una piedra labrada con la imagen de un águila que sostiene a un indígena.


“El indio vivÍa atormentado por el temor a la ira de sus
dioses”.
El indio espÍa
Otras leyendas marcaron con nombres evocadores la nomenclatura de las calles. El tramo que actualmente corresponde a 1ª de Correo Mayor y 1ª del Carmen se llamó antes Del indio triste. A mediados del siglo xvi, en una casa del rumbo vivía un indio noble que por su servilismo y labores de espionaje, recibía los favores de sus nuevos amos españoles.
    El indio, que poseía riquezas, “acabó por embrutecerse. Volvióse supersticioso, en tal extremo, que vivía atormentado por el temor de las iras de sus dioses y por el miedo que le inspiraba el diablo. Viviendo constantemente en los excesos le impidió enterarse de una conspiración, mientras el Virrey se enteraba por otras fuentes”.
     Así, se vio despojado de sus posesiones, reducido a la miseria y despreciado por los suyos y por los españoles. En la esquina de lo que era su casa, se sentó en cuclillas y se dedicó a pedir limosna. Los vecinos se acostumbraron a verlo ahí, y le llamaron “El indio triste”. Algún tiempo después murió en la calle.
    La tradición cuenta que el Virrey ordenó, para ejemplar escarmiento, que la efigie del indio se labrara en piedra y se colocara en esas calles, de donde más tarde fue llevada primero a la Academia de Bellas Artes y después al Museo Nacional.

De sacrificio y valentÍa
También hay leyendas que exaltan el valor, como la Del callejón de la danza. A mediados del siglo xviii la gente evitaba cierto callejón —hoy calle de Talavera— pues sucedían allí cosas sobrenaturales que costaron la vida a algunos atrevidos.
    “En ese callejón tenían lugar unas danzas infernales. Eran practicadas, se decía, por nahuales con gestos diabólicos que entraban a las casas a robar niños y mujeres de mal y buen ver”.
    Un joven de 20 años, Simón de Esnaurrízar, miembro del cuerpo de arcabuceros del Virrey, decidió investigar. Una noche se envolvió en su capote, se colocó dos pistolas al cinto, y con el arcabuz en mano se fue al callejón. Vio la danza alrededor de una hoguera, disparó y descubrió que los demonios morían como cualquier gente. Con ayuda de dos guardias que escucharon el escándalo, acabó con lo que en realidad era una banda que raptaba niños y los entrenaba para pedir limosna.
    Los celos, en cambio, son el trasfondo de la leyenda de La quemada. En lo que ahora es la 9ª calle de Jesús María, a mediados del siglo xvi vivía Beatriz, una hermosa mujer de larga cabellera, bellas y frondosas caderas, tan preciadas como su espíritu caritativo.
    “Muchos fueron los caballeros de la corte que la rondaban y solicitaban su mano; pero ella estaba más empeñada en servir a los pobres, hasta que un día llegó a la Nueva España un noble joven italiano, que bien vestía y bien hablaba cosas galantes. Y de él se enamoró. Este caballero, de veintinueve años, se llamaba Martín Scúpoli, marqués de Piamonte y Franteschelo...”.
    La belleza de Beatriz “provocaba los infundados celos de don Martín”, quien prohibió a los pretendientes pasar por la calle donde ella vivía. Esto derivó en duelos de espadas, en los que el italiano siempre vencía. Para terminar con la matanza, “Beatriz tomó la decisión de acabar con su belleza, y con ésta, las incertidumbres de su querido mancebo. Acercó un bracero a su habitación, avivó el fuego y lentamente acercó su rostro entre rezos y llanto”.
    Al enterarse del sacrificio, don Martín abrazó a La quemada y dijo entre sollozos: “Malditos celos que hacen que el alma dude”. Poco después la pareja se casó y en la boda, Beatriz llevó un velo en el rostro. Así sería el resto de su vida.


“malditos los celos que hacen que el alma dude”.
La mujer herrada
Los castigos impuestos por fuerzas oscuras o sobrenaturales son materia de muchas leyendas, cuyas moralejas ahora suenan un tanto discriminatorias, como en la leyenda de La mujer herrada.
Por 1670 o 1680 vivía en la casa número 3 de la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, ahora número 100 de República de Perú, “un clérigo eclesiástico en incontinencia con una mujer como si fuera su legítima esposa”.
    Una noche, dos hombres negros le pidieron a un herrero amigo del clérigo, y en nombre de éste, que herrase una mula, pues el clérigo saldría temprano de viaje. El herrero reconoció la cabalgadura de su amigo, “y clavó cuatro sendas herraduras en las cuatro patas del animal”.
    Al día siguiente muy temprano, el herrero fue a preguntarle al clérigo la causa del viaje; sorprendido, supo que ni habría viaje, ni se había ordenado herraje alguno. “Una broma acordaron era lo sucedido, pero cuando llamaron a la mujer con la que vivía y no respondía se acercaron para darse cuenta, mudos de espanto, que en cada una de las manos y cada uno de los pies de aquella desgraciada, se hallaban las herraduras que el buen herrador había colocado la noche anterior”.
    “Ambos se convencieron que todo aquello era efecto de la divina justicia, y que los negros habían sido enviados del infierno”.
    Los ingredientes de espanto son comunes en las leyendas más populares, pero también las hay divertidas.
    Es el caso de La machincuepa, que además dio nombre, por un tiempo, a la actual 3ª calle de la Soledad. Allí vivía don Mendo Quiroga y Suárez, quien a pesar de su fortuna, estaba triste y solo. Para tener compañía, mandó traer a una hija de su difunta hermana.
    “Doña Paz, que así se llamaba la joven, era hermosa, vana, egoísta y muy coqueta, recibía despectivamente cuantas atenciones le prodigaban sus admiradores, en la certeza de que, al morir su tío, sería ella la mujer más rica de México. Y así fue, murió don Mendo y le heredó todo, aunque bajo ciertas condiciones que hirieron su orgullo en lo más vivo”.
    La mujer leyó estupefacta que debía realizar, a mediodía, “ataviada con su mejor traje de baile y luciendo sus joyas más preciadas”, un acto circense. Además debía iniciarlo parándose de cabeza.
“Doña Paz se encerró en sus habitaciones y nada se supo de ella durante los seis primeros meses que transcurrieron desde la muerte de don Mendo. Pero el mismo día en que finaba el plazo impuesto en el testamento, se abrió paso el majestuoso carruaje en cuyo interior lucía esplendorosamente doña Paz… Llegó a la Plaza Mayor por las calles más céntricas de la capital, atestadas de gente. Se apeó del coche y avanzó hacia el centro de la plaza, donde sus servidores habían colocado una mullida alfombra sobre las baldosas. Allá en el mismo centro y en presencia de todos, dio el salto mortal que exigía el testamento de su tío y heredó su fortuna, después de haber humillado, amarga y vergonzosamente, su indomable orgullo”.

Sor Severa y La Planchada
A veces las leyendas corresponden a supuestos milagros.
    A mediados del siglo xvi, a espaldas del templo de Santa Catalina de Siena —hoy República de Argentina, a la altura de San Ildefonso— había un convento dominico. A ese convento ingresó como novicia Severa de Gracida y Álvarez, quien más tarde adoptaría, al profesar, el de Sor Severa de Santo Domingo. Durante toda su vida, Sor Severa adoró un Cristo de madera colocado a la entrada del templo de Santa Catalina.
    Pasaron treinta y dos años, la monja se hizo vieja y, ya muy enferma, una noche tormentosa imploró desde su celda: “¡Jesús… Cristo mío!, dejádme que cubra vuestro enjuto y aterido cuerpo... venid a mí señor, y mostráos ante esta pecadora que sólo ha sabido amarte y adorarte en religiosa reverencia”.
    “En aquel momento llamaron quedamente a la puerta de la celda de la enferma y ésta con muchos trabajos se levantó y abrió, para encontrarse ante la figura triste de un mendigo, casi desnudo, que imploraba pan y abrigo”.
    La monja le dio agua y un pedazo de pan remojado en aceite, y lo cubrió con un rebozo de lana que sacó de su ropero. Luego, “el cuerpo de la monja se estremeció, lanzó un profundo suspiro y falleció”.
    “Al día siguiente hallaron su cuerpo yerto pero oloroso a santidad, a rosas, con una beatífica sonrisa en su rostro, y allá en el templo de Santa Catalina de Siena, cubriendo el enjuto y sangrante cuerpo del Señor con la cruz a cuestas, el rebozo de la vieja monja”.

De Épocas recientes, una de las leyendas mÁs conocidas cuenta las apariciones en el Hospital JuÁrez de una enfermera apodada La Planchada, una fantasma muy bien almidonada.


    Los fieles bautizaron a la imagen como “El Señor del Rebozo”. Estuvo muchos años expuesta a la veneración pública, hasta la exclaustración de las monjas. De la leyenda derivó la tradición, en el templo de Santo Domingo, de venerar el primer viernes de marzo al Señor del Rebozo, y bendecir los rebozos de las mujeres.
    De épocas recientes, una de las leyendas más conocidas cuenta las apariciones de una enfermera apodada —porque mientras vivió, iba siempre impecablemente vestida— La planchada. Se llamaba Eulalia y era apreciada por el personal del Hospital Juárez, por su entrega al trabajo. Pero llegó un nuevo médico llamado Joaquín, que “le arrebató la razón”.
    Se hicieron novios y el galeno le prometió matrimonio. Eulalia fue feliz con esa ilusión hasta que un día Joaquín le anunció un viaje inesperado de 15 días para asistir a una convención. La verdad, de la que pronto se enteraría Eulalia, era que se casaba y la abandonaba para siempre.
    Eulalia se sumió en una depresión profunda. Llegaba tarde al trabajo y descuidaba a tal punto a los enfermos, que se llegó a atribuir a su descuido la muerte de algún paciente.
    En semanas, Eulalia cayó en cama por una enfermedad que nadie supo descifrar, y murió en el mismo Hospital Juárez.
    Después de un tiempo, comenzaron a suceder hechos extraños. Una mañana, un paciente que estaba grave amaneció muy bien, y le dijo a la enfermera: —Gracias por sus cuidados, la medicina que me dio me alivió. Sin embargo, la enfermera no había ido en la madrugada.
    Se hicieron comunes los relatos sobre una enfermera que en las noches caminaba por los pasillos, entraba en los cuartos y daba cuidados a los enfermos. Lo curioso era que la fantasma iba siempre muy bien almidonada.


Bibliografía: José Rogelio Álvarez, Leyendas mexicanas, Everest, España, 2005; Luis González Obregón, Las Calles de México, Porrúa, México, 1995; Enciclopedia temática de la delegación Cuauhtémoc, DDF, México, 1994; Artemio de Valle Arizpe, Historia, tradiciones y leyendas de calles de México, Diana, México, 1985; Historia y leyendas de las calles de México, El Libro Español, México, 1951.


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