
Compleja y cambiante, llena de proezas y contradicciones, la comunidad de ciegos y débiles visuales del Centro tiene una presencia centenaria; sin embargo, es poco conocida y aún está desatendida. Km.cero preguntó a algunos de sus miembros sobre su historia y su experiencia vital y sensorial aquí.

Merino musical, uno de los grupos que tocan en las afueras del
metro allende
En la plaza de Loreto, muchos de ellos hacen sus primeras exploraciones urbanas y “conocen la libertad”; a unos pasos, en la Escuela Nacional de Ciegos, en la calle de Mixcalco, generaciones han aprendido el uso del bastón, sistema braille, ábaco y escritura común; en el metro Allende, o en Gante, cantan música popular; aquí y allá venden desde dulces hasta artículos para ciegos; en consultorios y hospitales dan masaje; en la Biblioteca México estudian una carrera universitaria y en los jardines exteriores juegan dominó; sortean obstáculos, reciben apoyo y, a veces, indiferencia de la multitud. Algunos, mediante el tacto, disfrutan de las fachadas barrocas; o escuchan los sonidos de “la Historia” y “huelen” lo antiguo.
Compleja y cambiante, llena de proezas y contradicciones, la comunidad de ciegos y débiles visuales del Centro tiene una presencia centenaria; sin embargo, es poco conocida y aún está desatendida. Km.cero preguntó a algunos de ellos sobre su experiencia vital y sensorial aquí.
ImÁn
Basta con caminar un par de cuadras para encontrarse con uno o un grupo de ciegos, lo que no necesariamente ocurre en otros rumbos de la Ciudad.
“Yo me preguntaba, en mi época de estudiante, por qué si el Centro era tan caótico, estaba lleno de ciegos”, dice Félix Frías, masoterapeuta del centro Dr. Alfonso Herrera, ubicado en Donceles 43.
“Es por La Nacional” —como se conoce a la Escuela Nacional de Ciegos Lic. Ignacio Trigueros—, asegura Frías, y con él concuerdan otros entrevistados.
Frías egresó de esa institución en 2004 con un título en masoterapia —rehabilitación mediante masaje—, y además estudió psicología social en la
uam.

fÉlix frÍas camina por donceles, guiado por melody
La Escuela de Ciegos, abierta en 1870, fue la primera de Latinoamérica, de acuerdo con el estudio “Quitando el velo de la oscuridad: la Escuela Nacional de Ciegos”. El esplendor que alcanzó en el Porfiriato estableció una dinámica que aún persiste: por haber sido —hasta hace unos años— la única oferta de instrucción más o menos consistente, y dado que los internos reciben allí techo y alimento, la Escuela ha atraído como un imán, durante casi 140 años de existencia, a ciegos y débiles visuales de la ciudad y de provincia.
“En los alrededores de la Escuela”, dice Frías, “en la plaza Loreto se puede ver a los que están aprendiendo a usar el bastón, con sus instructores. El Centro Histórico es el primer escenario urbano que conocen muchos. Se puede decir que allí encuentran la libertad”.
Esa renovadora experiencia, y la de estar con “sus pares”, animan a muchos ciegos a tratar de vivir o trabajar en el Centro.
Actualmente hay unas 15 asociaciones de ciegos en la zona. Además, muchos de los que han incursionado en las humanidades o más recientemente en la masoterapia (única carrera que imparte la Escuela), se han establecido allí.
La apertura en 1989 de la sala de invidentes de la Biblioteca México —sólo había una más en la unam— atrajo a numerosos estudiantes, sobre todo de licenciatura. Actualmente, su acervo de mil 500 volúmenes en braille —literatura, humanidades, consulta— y 700 grabaciones, tiene unas 10 mil visitas anuales (dos mil usuarios recurrentes). Las actividades culturales y la reciente instrumentación del servicio de cómputo, están atrayendo a más usuarios.
Asimismo, el intenso flujo de personas que se da en el Centro, ha sido un atractivo para quienes se dedican al comercio informal, a interpretar música o, aún, a la mendicidad. Éstas son algunas pistas que explican la notoria presencia de esta comunidad en el Centro.

punzÓn, generador de signos y regletas braille,
instrumentos esenciales
Nadie sabe…
Bajo las indicaciones de Melody, una perra labrador con pelaje azabache, Félix Frías camina muy seguro por la calle. Tiene 30 años y es el menor de los ocho masoterapeutas —todos egresados de la
enc, con tres años de entrenamiento y certificación de la
sep— que laboran en el número 43 de Donceles.
Frías cree que en el Centro hay por lo menos ocho sitios donde masoterapeutas ciegos ofrecen sus servicios, ya sea en instituciones públicas o despachos privados, además de los que dan servicio a domicilio.
Lo cierto es que los intentos por documentar el número, procedencia y ocupación de los ciegos del Centro, terminan siempre en un “se cree que…”.
De acuerdo con el
inegi, en 2005 (la información más reciente disponible), en el Distrito Federal había 31 mil 576 personas con alguna discapacidad visual (0.36% de la población capitalina). Los datos se desagregan sólo por edad y sexo. Ni el Consejo Nacional para las Personas con Discapacidad (Conadis), ni organizaciones civiles consultadas tienen más información.
En cuanto a la ocupación, según los testimonios recabados, la mayoría de los invidentes que deambulan por el Centro son vendedores informales, ante todo de discos
pirata —en vagones de varias líneas del metro, sobre todo de la 2.
De esta práctica, que se ha consolidado en los últimos cinco años, participan también ciegos con trabajos fijos. Y es que la “metreada” ofrece una ganancia segura y cierta independencia. Además, dicen los entrevistados, en el subterráneo se ha formado un ambiente de camaradería y ligue que no se da tan fácilmente en la superficie.
También hay, pero son los menos, profesionistas —abogados, pedagogos, psicólogos o trabajadores sociales— y, recientemente, gracias a programas informáticos que les permiten usar la computadora y navegar en Internet, se les están abriendo oportunidades en ese terreno, en el mercadeo y otros servicios por teléfono.
La queja de que los patrones les pagan menos que a los “normo visuales” es común. Muchos, como parte del Programa de Apoyo Económico para Personas con Discapacidad del gdf, reciben 787 pesos mensuales.
| “tenga usted, niÑo...” |
Hasta 1867, la Iglesia se ocupó de las personas con discapacidades. Ese año, con la apertura de la Escuela Municipal de Sordo-Mudos, por primera vez el Estado se hizo cargo de darles instrucción.
En 1870, Ignacio Trigueros, administrador de la Junta de Beneficencia y ex alcalde de la Ciudad, abrió con sus propios recursos la primera escuela para ciegos. En la Academia de San Carlos se realizó “con punzón y martillo” el primer alfabeto táctil.
En 1871 se instaló con cuatro alumnos, en un inmueble que había sido “parte del antiguo convento de la Enseñanza”, hoy Mixcalco 6. Se le dieron recursos de la Junta y 15% de un impuesto a las “loterías públicas”.
En 1873 la Escuela, además de enseñar braille, escritura y materias como aritmética, historia, “conocimiento de las esferas armilar y terrestre y de los mapas realzados”, tenía varios talleres de oficios.
En 1877 pasó a manos de la Federación, y adoptó el término Nacional.
En 1878, en la entrega de premios a alumnos de escuelas de la beneficencia, el presidente Porfirio Díaz le dio a un niño ciego, que había declamado un poema, su reloj de pulsera.
“Tenga usted, niño, para que oiga usted sonar las horas”, le dijo.
Tras la Revolución, la enc pasó a la Secretaría Asistencia Social (fines de los años treinta), al dif (fines de los setenta) y a la sep (hacia 1984).
En los años recientes, el área de Educación Especial adoptó cuatro modelos de unidades educativas en los que la Escuela Nacional de Ciegos no encaja —cubren desde la enseñanza básica hasta la laboral, bajo la idea de integrar a la población ciega con la normo-visual.
A decir de Félix Frías, miembro del Consejo Consultivo del Conadis, eso la puso en un “limbo jurídico” y sin recursos. Las pugnas entre alumnos y administración, el deterioro de la calidad docente y la pérdida de talleres, son otros males. Al parecer la Escuela va a la extinción, en lo que coinciden varios entrevistados. Km.cero intentó hablar con la dirección del plantel, pero el acceso le fue negado.
“Empezó como un proyecto de vanguardia; ahorita es todo lo contrario, simboliza todos los retrasos y lo descuidada que está la educación especial”, concluye Frías.
Fuente: Christian Giorgio Jullian Montañez, Quitando el velo de la oscuridad: la Escuela Nacional de Ciegos (Ciudad de México, 1870 a 1928), tesis de maestría en Historia, unam, México, 2008.
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“Punto de promociÓn”
Son las dos de la tarde de un sábado y en la calle de Gante, cerca de Venustiano Carranza, se escucha la letra de
Sergio el bailador. Al terminar la pieza, el vocalista y líder del grupo versátil Nueva Generación, Javier Díaz Herrera, pone sus iniciales en un contrato que lo compromete a amenizar una fiesta.
Díaz emigró a la capital de su natal Durango cuando era adolescente. Pronto se dedicó a la música y ahora tiene uno de los seis o siete grupos que tocan en puntos fijos el Centro, cuatro de ellos a la entrada del metro Allende. Él está en Gante viernes y sábados, de 14 a 19 horas.

una masoterapeuta da masaje de rehabilitaciÓn en
donceles 43
Para Díaz, el negocio no está en las aportaciones de los transeúntes —entre 80 y 90 pesos para cada uno de los cinco integrantes, por jornada—, sino en las “tocadas” —cinco mil pesos por tres horas mínimo—, de las que suele conseguir una a la semana, y en la venta, a pesos cada uno, de los CD’s del grupo.
Las tocadas se pescan en la calle, “cantando y tarjeteando”, lo que implica sacrificios, como estar cinco horas de pie bajo el sol o a veces la lluvia.
Con cuatro hijos que ya casi salieron adelante, su esposa, también ciega, trabaja “allá abajo” (en el metro); él también va “cuando no hay qué hacer”.
Como transeúnte, el Centro es para él “difícil” porque, entre otras razones, “la gente te pisa el bastón y te lo rompe, y sin bastón pues ya no te mueves, arriesgas tu vida”. El ruido excesivo “es mortal, porque te saca de concentración y te desubica”. Y aunque hay personas amables, de cada 10 a quienes pide auxilio, una lo ayuda.
Hay opiniones diferentes. “La multitud, más que una molestia, es una ayuda para el ciego”, dice Frías. “Porque hay más gente a quien preguntarle una duda o en quien apoyarse para cruzar”.
“Suena a Historia”
Al locutor y actor Cristian Vargas Sánchez, de 28 años, le gusta “estar en el Zócalo. Recorrer los museos, restaurantes, cafeterías, galerías y museos para mí es muy sabroso. Obtengo conocimiento y me gusta que la gente vea a una persona con discapacidad en esos sitios”.
Vargas, quien actúa en la obra para invidentes
Bajo el puente, y siempre que puede ofrece visitas guiadas al Centro —tanto para ciegos como para normo visuales—, disfruta reconocer con el tacto los estilos de los edificios. “Por su relieve sé si es barroco, neoclásico, etc. Claro que si hubiera nomenclatura e información sobre los edificios en braille…”.
¿A qué suena el Centro?, se le pregunta. “A historia, porque escuchamos las campanas, el baile de los danzantes y sus instrumentos y cuando hay manifestación, porque desde hace cuántos siglos no se viene haciendo eso”. La experiencia sensorial abarca el olfato. “En los edificios antiguos, huele distinto”.
Para Vargas, los ciegos se acercarían más a los museos si además de cédulas y resúmenes en braille o audio guías, hubiera algunas réplicas de piezas para tocarlas. Y que se acepte dar visitas guiadas a los ciegos que acuden solos o con otros ciegos, pues no siempre pueden hacer reservaciones.
Tanto en recintos culturales, oficinas públicas y restaurantes, más que material en braille, opina Frías, se deberían ponderar los apoyos sonoros: “son pocos los ciegos que leen braille rápidamente”.

una usuaria en la sala de invidentes de la biblioteca mÉxico.
la sala recibe 10 mil visitas al aÑo y es un espacio para el
estudio y la convivencia
Divididos
Durante la investigación para este trabajo, saltó a la vista el hecho de que los invidentes del Centro carecen de una organización que los represente eficazmente.
“Cada quien jala por su lado”, admite Benigno Villegas, Presidente de la Asociación de Estudiantes Invidentes de México, A. C., en Regina 27. La agrupación, una de las 15 que hay en la zona, tiene unos 50 socios. Se ocupó originalmente de asesorar y capacitar en temas laborales, enseñar sistema braille y uso del bastón, y organizar actividades recreativas; el último año, sólo ha realizado las últimas. Los donativos escasean cada vez más, y los socios sólo acuden “cuando se les va dar algo”, dice Villegas.
Con esos niveles de participación, “no se puede hacer casi nada”.
Pero otros entrevistados atribuyen la apatía de los ciegos a una historia de abusos por parte de los líderes de la mayoría de las asociaciones.
El resultado es una comunidad dividida, desconfiada y en alguna medida indefensa, poco conocida y menos comprendida por la sociedad y la autoridad.
| SENDA ACCESIBLE |
Aunque una comunidad invidente lleva 140 años circulando alrededor de la Escuela Nacional de Ciegos, el único semáforo sonoro del Centro está en la esquina de 20 de Noviembre y Plaza de la Constitución, un punto tan ruidoso que anula el sonido del aparato, señalaron personas ciegas entrevistadas por Km.cero.
Si bien la reubicación de los vendedores ambulantes del primer cuadro eliminó una verdadera barrera para los ciegos que intentaban ir de la Escuela hacia el Zócalo, luego aparecieron otras, como mesas, sillas, bancas, esculturas o papeleras. Además, las banquetas difuminadas en las esquinas favorecen que la gente entre al arroyo vehicular sin darse cuenta.
Encuestados por el Instituto Mexicano de Urbanismo, A. C. (imu), 40 invidentes que transitan a menudo por el Centro dijeron que “las diversas barreras físicas en las calles ponen en peligro su seguridad física, limitan su autonomía y su libertad de elección”. Como causas de dificultad identificaron: “presencia de comercios y ambulantes” (37.5%); “irregularidad de las banquetas” (32.5%); “coladeras” (17.5%), y “mobiliario urbano” (12.5%).
“La única acción que hemos desarrollado en el Centro Histórico es la construcción de rampas para personas con alguna discapacidad motriz”, reconoce el Coordinador Ejecutivo de Conservación del Espacio Público de la Autoridad del Centro Histórico (ach). Pero en este año, anunció, se apoyará, en materia de gestión, al Proyecto de Accesibilidad para Ciegos en el Centro Histórico, del imu.
Dotado con un millón de pesos del Programa Comunitario de Mejoramiento Barrial de la Secretaría de Desarrollo Social del D. F., consiste en “una senda accesible de 800m, aproximadamente, que va del metro Zócalo a la Escuela Nacional de Ciegos y pasa por Moneda, Correo Mayor y Justo Sierra”, informa la directora del Instituto, Mayra Gamboa.
En el recorrido se colocarán “una guía táctil con base en conos realzados”, semáforos peatonales, dispositivos audibles en los cruces y señalización braille; se espera que la obra concluya en el primer trimestre de 2010. |