Es arraigo y perseverancia para unos, sorpresa y adaptación para otros. Finalmente, viejos y nuevos habitantes requieren que el Centro les ofrezca óptimas condiciones de vida.

Por alonso flores


muchas familias han vivido en el centro por generaciones
Vivir en el Centro Histórico es arraigo y perseverancia para unos, sorpresa y adaptación para otros.
    A pesar de dificultades como el abandono, el comercio ambulante, la inseguridad, el tráfico y el ruido, familias, obreros, empleados, artesanos y comerciantes se han quedado a vivir aquí, y tienen sus motivos.
    También, desde hace algunos lustros, los tesoros históricos y arquitectónicos del Centro, sus espacios culturales y su vida nocturna, han atraído a nuevos habitantes. Son artistas, estudiantes y profesionistas en su mayoría, que se enamoran del corazón de México.
    La relación entre ambos grupos no siempre es fácil, pero están en la búsqueda de estrategias para integrarse. Finalmente, comparten la necesidad de que el Centro, afectado por décadas de despoblamiento, reciba y retenga a cada vez más habitantes, y les ofrezca condiciones óptimas de vida.

El arraigo
El 19 de septiembre de 1985, don Eduardo Guerrero se preparaba para ir a la peluquería donde trabajaba a unas cuadras de su casa. Desde hacía 10 años vivía en Regina 39, en el departamento 104, con su esposa y sus tres hijos. Aquel día uno de los terremotos más devastadores en la historia del país dañó su casa, derrumbó muchas otras y colapsó los servicios públicos de toda la zona. Él, al contrario de muchas otras personas, decidió quedarse. Ahí tenía su trabajo, la escuela de sus hijos y quería rescatar su casa.
    Él fue uno de los vecinos que se unieron para exigir, al entonces Departamento del Distrito Federal, la reparación de sus viviendas dañadas por el terremoto. "Era estar todos los días en las oficinas del Departamento, en reuniones y asambleas. Muchos se tuvieron que ir del Centro", recordó.     Actualmente, don Eduardo tiene 67 años y disfruta de su jubilación. Sigue viviendo junto con su esposa en Regina 39. Es una construcción de hace más de 100 años, blanca, cuidada, con un patio de arcos moriscos y escaleras centrales que llevan a la planta alta. A menudo lo visitan sus hijos, que también se quedaron a vivir en el Centro.
    Al otro lado de Eje Central, en el departamento 105 de Victoria 110, Tochtli Cimpazin alista todas las mañanas su mochila para ir a la escuela. Tiene 9 años, por lo que Jessica, su mamá, todavía la lleva. Van a pie, pues no está lejos. Mientras tanto Adrián, el papá, se prepara para una caminata de ocho cuadras hasta la Plaza Paja, a un costado del Museo de la Ciudad de México, donde vende sombreros, gorras, playeras y "otras chucherías".
     Su familia se instaló en el Centro cuando Adrián tenía dos meses de edad. Ahora tiene 33 años y gran parte de sus ratos libres los ocupa en ir con su familia a alguno de los museos o librerías cercanos. "Lo que más me gusta de vivir aquí es que hay muchas librerías", dijo Tochtli.
Para Adrián, vivir en el Centro tiene una gran ventaja: "Está todo. No hay cosa que no encuentre aquí, es como un pequeño universo... hay mercados donde consigo la mejor comida, como el de San Juan en la calle Pugibet, o lugares donde te puedes cultivar sin pagar un peso".


la belleza del centro ha atraído a nuevos habitantes
Nuevas visiones
La diversidad de los habitantes del Centro se puede apreciar en una misma calle. A unos pasos de la casa de don Eduardo, en el número 43 de Regina, en el departamento 303, vive un joven profesionista. Uno de sus mayores placeres es disfrutar del valor simbólico e histórico del Centro, así como de su oferta cultural. Cada mañana, al despertar, se asoma a su ventana, que abarca el ancho de su estancia, y mira la Torre Latinoamericana. "Es como quien ve la Torre Eiffel en París, es ver un símbolo de la Ciudad", dijo.
    Se llama Tilemy Santiago Gómez, tiene 32 años, es maestro en criminología y llegó apenas hace tres meses a vivir a Regina. Desde los seis años visitaba y disfrutaba el Centro junto con su padre. En la adolescencia, desde Echegaray, llegaba con sus amigos a tomar fotos. "Siempre quise vivir aquí ", aseguró.
    Trabaja en Azcapotzalco, pero a pesar de las distancias, "la ubicación y el transporte me permiten llegar relativamente rápido y sin necesidad de automóvil".
    Uno de sus problemas es el acceso a alimentos y otros enseres domésticos, pues "sólo hay una tienda de autoservicio en la zona y no venden comida". Por eso tiene que ir a tiendas de autoservicio fuera del Centro, o a una de las dos pequeñas tiendas de abarrotes y legumbres de su calle.
    Hay también quien llega al Centro por casualidad y en un principio lo padece, pero al final lo quiere. Es el caso de la curadora de arte Mónica Ashida. Era una noche de mayo de 2007 cuando al conocer su nuevo departamento, en Leandro Valle número 303, se sorprendió agradablemente con la iluminación de la plaza de Santo Domingo. Pero al día siguiente tuvo que enfrentarse con la multitud, la basura y el ruido.
    "Las primeras semanas fueron terribles, no disfruté el Centro; no salía, me daba miedo", relató. Fue hasta que empezó a trabajar en un museo de la zona que logró comunicarse con la gente del lugar, especialmente con un grupo de impresores y vecinos, con los que realizó algunas exposiciones en la calle.
    Ahora trabaja en su casa y ya no teme salir. Al contrario, para ella, "de un día para otro el Centro se volvió un lugar maravilloso. Se fueron los ambulantes y empecé a caminar, además todo lo que necesito lo tengo a dos pasos".
    Algunos domingos Ashida va al mercado de La Lagunilla, recorre el tianguis de antigüedades y por la noche se lanza a las luchas de la Arena Coliseo. Consentida de la cantina La Madrid, a unos pasos de su casa, en plena Plaza de Santo Domingo, se reúne ahí con sus amigos y conversa con la dueña del lugar.
    También el Centro puede ser un lugar de oportunidades para emprender negocios. Ver la transformación reciente del Centro a través de una cámara de cine hizo que Leonardo de la Sierra Mancilla, productor durante 15 años, decidiera establecerse en este lugar como empresario y como vecino.
    En 2002, junto con un grupo de amigos "animados por la reubicación del comercio ambulante, el aumento de la seguridad en las calles, la remodelación y el remozamiento de las fachadas", decidió abrir un negocio, el café bar en la terraza del Centro Cultural España (cce).
    A seis años de distancia, y a pesar de que se terminó la concesión en el cce, sigue viendo al Centro como un lugar donde se puede vivir y se pueden generar negocios y empleos. Actualmente es socio de La Terraza del Zócalo, el bar Hartos Indios y el bar Alfonso.
    La seguridad, dice, es indispensable tanto para quienes visitan el Centro, como para quienes lo habitan, "sobre todo para uno que en este negocio puede salir a las 4 de la mañana y camina a su casa", ubicada a unas cuadras, en la equina de Cuba y Allende.
    En ese sentido, el estudio de opinión El espacio público en el Centro Histórico de la Ciudad de México, elaborado por Proyectos de Desarrollo Social, S. C. en septiembre de 2007, define a partir de un sondeo las principales necesidades de sus habitantes. Por el número de menciones, los servicios o equipamientos que hacen falta o deben ser mejorados son: seguridad pública, centros deportivos, recreativos y culturales, escuelas, así como limpieza.
    Durante sus seis años como vecino, De la Sierra ha percibido sobre todo dos problemas: la especulación inmobiliaria, que lo obligó a mudarse, "como a muchos nuevos habitantes que además de ver un aumento anormal en las rentas, no teníamos opción de compra". Y por otro lado "el bloqueo indiscriminado de las calles" debido a las frecuentes manifestaciones, para lo que propuso que "el gobierno informe con anticipación y ofrezca vías alternas".


vecindad en la calle de perÚ.

Despoblamiento
Desde la antigua Tenochtitlán, hasta principios del siglo xx, el Centro Histórico constituyó la ciudad toda. Aquí se concentraban no sólo el poder económico y político, sino la población.
    De acuerdo con datos del inegi, en lo que posteriormente sería el territorio de la delegación Cuauhtémoc, en 1950 vivía 73% de la población del Distrito Federal (poco más de dos millones de personas).
    Fue en aquella década cuando se inició el despoblamiento paulatino del Centro y el crecimiento exponencial de otras zonas de la urbe, de manera que para 2005 la población de la delegación Cuauhtémoc (521,384 personas) representaba únicamente 6% del total del Distrito Federal.
Actualmente, el primer cuadro florece durante el día al recibir a más de 500 mil personas que trabajan, compran y pasean (de acuerdo con la encuesta Origen-Destino inegi 2007). Pero en la noche, cuando tiendas y oficinas han cerrado, sólo se quedan 31 465 mil personas que habitan en él (según el conteo de población 2005).
    La primera medida que influyó en el deterioro de los inmuebles y, por lo tanto, en la calidad de vida en el Centro, fue el establecimiento de las rentas congeladas en la década de los cuarenta.
Ana Rosas Mantecón, maestra en Antropología de la uam Iztapalapa y estudiosa del Centro Histórico, explicó que el éxodo se inició desde los años cincuenta, cuando empezó a predominar el uso de suelo comercial y las familias de clases alta y media se fueron a vivir a otras colonias. También influyó de manera importante el que la Universidad Nacional cambiara su sede al sur de la ciudad. (Asimismo, salieron varias secretarías de Estado)
    Esta situación, agregó, se agudizó con el traslado de la Central de Abasto de la Merced a Iztapalapa en 1982. "Muchas de esas personas que vendían en la Merced se dedicaron al comercio ambulante, que creció geométricamente con la consecuente toma de espacios deshabitados como bodegas".
    Otro factor importante para el despoblamiento, asegura, fue el terremoto de 1985. "Las familias se quedaron sin casa o sin fuentes de empleo... el Centro se deterioró; por otra parte la ciudad generó otros centros donde la gente puede satisfacer sus necesidades".
    Rosas Mantecón opinó que es indispensable que el Centro se repueble y, para ello, que se dé un proceso de articulación de políticas públicas.
    "La apuesta tendría que ser repoblar no sólo con habitantes, sino también con actividades laborales. Llevar, por ejemplo, industria no contaminante, recuperar los espacios públicos, los parques y los jardines, que se garantice la seguridad, para que el Centro Histórico sea otra vez un espacio para la vida cotidiana".


terraza de la curadora mÓnica Ashida en la plaza de
santo domingo
Repoblando el Centro
Repoblar el Centro es crucial para mantener un equilibrio entre la gente que vive quí y la población flotante; al mismo tiempo se aprovecharían los recursos y los servicios que ya existen, señaló el director de Desarrollo Inmobiliario del Fideicomiso Centro Histórico (fch), Vicente Flores Arias.
    Flores explicó que para lograrlo, el gobierno de la ciudad trabaja en atender problemas urbanos que dificultan el que la gente se decida a vivir en el Centro. La reubicación del comercio ambulante, el remozamiento de calles y fachadas, las mejoras en los servicios de agua potable y drenaje, son algunas de las acciones que se llevan a cabo en este sentido.
    En el ámbito fiscal se realizaron cambios para que los dueños de los edificios vean en la renta de los departamentos un beneficio económico; ahora se paga por metros de construcción, no por ingresos obtenidos. También se estudian incentivos para que regresen a la zona comercios que desaparecieron con el despoblamiento (tiendas de abasto, lavanderías y tintorerías, por ejemplo), indicó el funcionario. Con estas acciones como marco, apuntó Flores, se discute con empresas inmobiliarias un modelo innovador para ofrecer vivienda en renta a precios muy competitivos, pensando en atraer principalmente a jóvenes.
    "Los dueños aportarían los edificios, obteniendo ingresos mayores a los que obtienen arrendando como bodegas, el Gobierno del Distrito Federal (gdf) los adaptaría y remodelaría para su habitabilidad, y los condóminos se harían responsables de su mantenimiento cotidiano. El fch está buscando los acuerdos necesarios para construir un esquema de esta naturaleza".
    En tanto, el gdf también ofrece oportunidades a la gente de bajos ingresos para evitar que abandonen el Centro, explicó el director del Instituto de Vivienda (Invi), José Antonio Revah Lacouture. Señaló que en los últimos ocho años el Invi ha expropiado 67 predios (dentro del perímetro A del Centro Histórico), en los que la gente corría riesgos debido al daño que presentaban los edificios. En esos mismos espacios se han entregado 29 obras y se encuentran en proceso 38, que en total beneficiarán con créditos de vivienda accesibles a sus posibilidades a mil 100 familias, aproximadamente.
    Entre ellas están 57 de origen mazahua, que habitarán un nuevo complejo habitacional construido en Mesones 138.

El encuentro
Los muchos rostros del Centro se cruzan por la calle, el encuentro con el otro es inevitable, es de todos los días, pero no siempre es terso. De acuerdo con El espacio púbico…, una demanda de los inquilinos es ejercer acciones que mejoren las condiciones de convivencia social y promuevan la integración de los nuevos vecinos con los residentes más antiguos.
    "Lo que me ha costado es el integrarme con la gente, y creo que me pasa por la calle donde vivo (Regina). Están los dos polos, los que hemos llegado a los edificios remodelados, con mucha inversión, y los que siempre han vivido aquí", observó Tilemy.
    Adrián, en tanto, opinó que "la gente que está llegando no se integra con nosotros. Es un choque muy fuerte de culturas".
    Por su parte, Mónica dijo que "(en un principio) era un ente extraño que llegué a invadir un territorio... de manera forzosa bajé la guardia, empecé a saludar a la gente que trabajaba en la calle, ése fue un boleto de entrada buenísimo. Eso me ganó la amistad de la gente del barrio".
En el Centro Histórico existen fronteras imaginarias y físicas que sólo los habitantes pueden hacer desaparecer. En opinión de Rosas Mantecón, "sólo pensando en un lugar multiclasista, seguro, con espacios públicos libres de ambulantes y servicios eficientes, existe la posibilidad de imaginarnos un Centro que viva de nuevo intensamente".

Escalera tambiÉn vive en el Centro

en el ch 350 personas viven
en la calle
En el callejón Leandro Valle, a un costado de la Plaza de Santo Domingo, una pareja se resguarda de la lluvia vespertina en el quicio de una puerta. Son Ramón Escalera Morfín y Karen Pacheco. Ellos también viven en el Centro Histórico, pero en banquetas y plazas, pues no tienen hogar, y duermen en algún rincón de la calle de Perú.
    Escalera, como lo saludan sus amigos y conocidos, llegó de Michoacán al Distrito Federal a los seis años. Cuenta que alguna vez tuvo familia y que la mayor parte de su vida fue policía. "Tenía una mujer y un hijo, llegué a comandante, fui jefe de seguridad de un penal y jefe de una empresa privada de seguridad".
    Sin embargo, en un momento y por una razón que evade mencionar, la familia se quebró y él se fue a vivir a las calles: "Ya no quise saber de dinero y de poder. Ahora mi único jefe y trabajador soy yo".
    Tiene 50 años, es delgado, de tez blanca y usa lentes sin cristales. Enfundado en su chamarra verde, se dirige a la fonda La Reina, en la calle de Perú, donde cada mañana "cuando veo clarear, agarro la escoba y me pongo a limpiar". Así se gana la comida del día.
    Escalera es una de las aproximadamente 900 personas que viven y duermen en las calles de la capital del país. De ellos, 350 deambulan en el Centro Histórico, de acuerdo con el director del Instituto de Asistencia e Integración Social del Distrito Federal, César Cravioto. La concentración de esa población en el Centro se explica, dijo Cravioto, por la intensa actividad económica y el permanente flujo de personas en la zona, lo que facilita el acceso a trabajos eventuales o a pedir dinero directamente.
    Casi siempre bajo los efectos del alcohol y las drogas, Escalera anda por las calles de Belisario Domínguez, y Chile, Perú y Brasil, o en la Plaza de Santo Domingo y el callejón Leandro Valle. Es apreciado por dueñas de fondas, que le acercan comida, por el mesero de una cantina, que le sirve un poco de ron, por vecinos que le estrechan la mano e incluso por el dueño del hotel Río de Janeiro, que le da permiso de bañarse. Con ellos bromea, pero en ningún lugar se queda, ya que sus pies le reclaman el espacio abierto del Centro.

QUIÉnes son y cÓMO VIVEN
De acuerdo con el Conteo de Población realizado por el inegi en el 2005, en el perímetro A vivían 31 465 personas. Casi la mitad, 43%, tenía entre 15 y 39 años. Los mayores de 60 años representaban 10%, igual que los niños en edad preescolar. La población indígena era de 2 320 personas y representaba 7.4%.
    En cuanto a educación, 2.6% de la población mayor a 8 años que vivía en el perímetro A del Centro no sabía leer ni escribir, y la escolaridad promedio era 3° de secundaria.
    Los 8 300 hogares que existían eran habitados por 4 personas en promedio. En viviendas con 3 o más cuartos (76.3%) y con agua entubada (96.8%). En el 10%, había por lo menos una computadora.
    Según el Censo de Población del inegi, en el año 2000 el perímetro A del Centro Histórico estaba habitado sobre todo por empleados y obreros, entre los que predominaban los que ganaban entre 1 y 2 salarios mínimos (43%), así como por trabajadores independientes con ese mismo nivel de ingresos (32.5%). En tanto, los patrones que ganaban más de 5 salarios mínimos sólo eran 147.

poblaciÓn del Centro HistÓrico

Elaborada con datos de los censos de poblaciÓn del inegi
incluye los perÍmetros A y B

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