
Camina por la calle de Gante, una mochila al hombro y el estuche de un violín en su mano. Con la frescura de sus 17 años se sienta en el piso y abre el estuche. Se quita algunos anillos, le pone brea al arco y se desprende de sus audífonos. Se levanta y toca las primeras notas de la tarde.
Su nombre es Viera Stefania Kárlosovna Álvarez Khouliázvina, y el violín la ha acompañado toda su vida. De padres violinistas, “Desde que nací, en San Petesburgo, he tenido contacto con la música”. Su padre, mexicano, Carlos Álvarez, es solista y su madre, rusa, Nadejda Khouliázvina, toca en la Ofunam. A los 5 años, ya en México, su padre le daba clases.
Desde hace año y medio, los edificios y calles del Centro son el escenario en el que Viera comparte su música con habitantes y transeúntes. “Cuando llegué aquí me encantó, hacía mucho que no venía, desde que era chiquita y me traía mi abuelita. A esa edad veía gigantes los edificios, y ahora igual, pero además con otro sentido, porque me imaginaba a Aura, la de la novela de Carlos Fuentes”, recuerda con emoción en la voz.
“Aquí me va bien. Gano como 250 pesos al día, y la gente se da tiempo para pararse y escucharme un poco, algunos me hablan y me felicitan. Está bonito porque si me escuchan un poco más, siento que les dejo algo”, dice vaporosa, con una sonrisa.
Y es cierto. Mientras toca, una niña se acuclilla para escucharla y luego da machincuepas con una melodía gitana. Una pareja de novios se acerca, le comentan algo y se abrazan y se besan mientras escuchan un vals. Un par de abuelitas se sientan en una jardinera cercana a pintarse las uñas, y aplauden después del tercer movimiento de Las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi.
"Quiero mucho a mi violÍn. Se llama Stu y me da para pagar mi comida, la renta y lo que necesito para la escuela".
Eviera Álvarez
violinista
“No me gustaba ser la rara”
“Lo mejor que me ha pasado”, relata Viera, “sucedió un domingo, en Madero. Se hizo una bolita mientras tocaba, pero se acercaron dos policías a decirme que me moviera. Un chavo les reclamó y el resto de la gente se prendió. Le decían a los policías que me dejaran tocar y gritaban: ‘¡música!, ¡música!, ¡música!’.
“Los policías explicaban que llegarían las autoridades a retirarme, pero la gente respondió: ‘No, si se la llevan, que nos lleven a todos’. Finalmente, los policías se fueron y la gente me empezó a aplaudir y yo empecé a llorar, porque nunca habían hecho eso por mí. Me sentí como en una película. Entonces me dijeron: ‘¡toca!’. Me eché una, y ya me moví”.
Para Viera quedaron atrás los tiempos en que no quería tocar. “Un día, cuando tenía como 9 años, me rompí (intencionalmente) un dedo con un martillo, no me gustaba ser la rara de la escuela y ensayar ocho horas diarias.
Cuando tenía 14, por fin le dije a mi papá que ya no quería, y él aceptó. Pero sólo fueron seis meses, porque regresé al violín, ya por placer y tocando la música que me gusta, valses, tangos, algunas piezas clásicas y música gitana, además de rock, del viejito. Los Beatles me encantan”.
Esa diversidad de gustos no es gratuita. “Soy una rara mezcla de sangre. Mi abuelo materno fue gitano, de hecho mi violín era de uno de sus hermanos, que recorrió Europa en los trenes. Mi abuelo se lo dio a mi madre y luego, hace tres años, mi madre a mí.
Quiero mucho a mi violín, se llama Stu y me da para pagar mi comida, la renta y lo que necesito para la escuela”, expresa con cariño.
“Caminando, se encuentra”
Para su edad, Viera luce bastante segura. “Cuando me salí de mi casa, a los 15 años, pensé en tocar el violín para ganarme la vida y así lo he logrado”.
Sus pininos como artista callejera fueron a los 14 años, con una compañía independiente llamada Letras perdidas, y luego con Acazayac (“quizá ninguno”, en náhuatl).
Estudiante de literatura dramática y teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, Viera es dramaturga, pinta y le gustaría ser escenógrafa. Ha escrito tres obras teatrales, La loca, El privilegio del pueblo —finalista en un concurso del Instituto Electoral del Distrito Federal— y Counterobia, ésta con influencia de Samuel Beckett y Eugene Ionesco.
Como mujer, Viera resalta entre los músicos del Centro, pero eso no le impresiona. “No me siento extraña en este mundo, no me siento ni superior ni inferior. Antes que mujer soy música, y antes que mujer soy escritora, y así en todo. Creo que lo que me ha hecho avanzar es que soy una persona activa y tengo ganas de caminar. Y caminando, se encuentra”.
Así como se le encuentra a ella de tarde en tarde, con su violín Stu y las notas de sus melodías revoloteando a su alrededor.