

MÉxico: fascinaciÓn u odio
Petra Fischer se para frente a su enorme ventanal —un balcón con una arcada, convertido en jardín— y señala el conjunto de edificios acomodados en el paisaje como si fueran postales ordenadas por tamaño.
“Tengo el Palacio de Bellas Artes, Minería, Palacio Postal, aquí el Mide y, allá atrás, la Torre Latino, Relaciones Exteriores…”, dice, como verificando que todo amaneció en su lugar. “Nomás me falta algo prehispánico”.
Desde el sexto piso de Bolívar 8, se tiene un compendio de siglos de arquitectura, bañados de luz. Esa vista fue lo que terminó de decidir a Fischer a quedarse en el Centro.
Como reportera independiente, Fischer había trabajado en ocho países, con estancias de dos o tres años, antes de llegar a México en 1981. Vino contratada por una revista científica, que cerró al año siguiente debido a la crisis económica.
¿Qué la retuvo en el país? “Oportunidades de trabajo, hombres… Y dices, ok, me quedo un año más, hago esto y me voy. Y de repente, ya estuviste aquí 25 años. ¡He vivido más tiempo en México que en Alemania!”.
México, “a los alemanes y europeos en general, les fascina o lo odian. No hay cosa intermedia”, dice. “Y una vez que te gusta el tipo de vida de aquí, el caos, la amabilidad de la gente, que es más cariñosa… ya no te hallas allá. A mí me encanta ir de visita (a Alemania), todo está limpio, organizado, no tienes manifestaciones y el tren sale cuando debe de salir. Pero después de una semana, te falta lo otro, sobre todo la calidez (de la gente). Y el clima, claro. ¿Qué hago yo con seis meses de frío, lluvia y nieve? ¡Me suicido!”.
“ES EMOCIONANTE ESTAR EN UNA SITUACIÓN COMO LA DEL CENTRO HISTÓRICO, QUE ESTÁ CAMBIANDO, Y CON ESA RAPIDEZ. ESO NO LO TIENE NINGÚN OTRO LUGAR”.
PETRA FISCHEr
documentalista
“Como Dresden en 1945”
En 1994, tras realizar un encargo para la televisora estatal austriaca, cambió de medio. “Me encantó la televisión, mucho más que escribir”. Desde entonces ha realizado numerosos documentales sobre temas sociales y culturales de México y, en menor medida, de Guatemala. En 1995, un proyecto de cine llamado Mega Cities la llevó al Centro.
“Me enamoré. Me parecía, en cuanto a los edificios, en cuanto a la vida —estaba pulsando de vida—, lo más maravilloso y exótico del mundo. Y dije ‘allá sí quiero vivir’”. Y empezó la búsqueda de un lugar.
En 1997 compró el departamento donde vive. Tras año y medio de reparaciones, la gente se sorprendía cuando ella anunciaba que se cambiaría al Centro: “¡Estás loca, es muy peligroso!”.
En la espaciosa sala, justo para la mujer alta, de huesos fuertes y ademanes amplios que es, Fischer recapitula los cambios del Centro en los últimos once años.
En 2002, cuando se remozaron Bolívar y Tacuba, aquello “era como Dresden en 1945, cuando la bombardearon. Tenía que dejar mi coche muy lejos; para salir, necesitaba lámpara y botas porque estaba lleno de lodo, y en la noche, ¡prrrrr! (taladros). Lo aguanté porque dije: ‘cuando lo terminen, va a ser una maravilla’. Y sí, es una maravilla”.
Y si al principio estuvo aislada, pues sus amistades no querían visitarla, ahora le dicen: “¿el Centro?, qué maravilla, ¿cuándo te puedo ver?”. Antes, la zona estaba desierta en las noches y los fines de semana; ahora, aunque hay demasiado ruido, “¡ya vive!”. También ha aumentado la oferta cultural y de transporte. Para Fischer, sólo “siguen faltando restaurantes abiertos en la noche”.
¿Las Lomas? No, gracias
En 2005, junto con otros vecinos, formó Unidos por el Centro, asociación civil que “trabaja con las autoridades” para solucionar problemas de seguridad y de servicios —alumbrado público, recolección de basura, ruido excesivo, etc. La estrategia ha funcionado, pues las quejas se atienden, afirma.
“El trabajo que han hecho el Fideicomiso y la Autoridad (ambos del Centro Histórico) ha sido maravilloso. Cuando de verdad ves mejoramientos, se te levanta el alma. Es emocionante estar en una situación como la del Centro Histórico, que está cambiando, y con esa rapidez. Eso no lo tiene ningún otro lugar. Y ser parte de eso, es maravilloso.
“No lo cambiaría. ¿Me ofreces una casa en Las Lomas? No voy. Qué aburrido. Es un gueto. De ricos, pero un gueto”.
—¿O sea que aquí enterraste tu ombligo?
—Sí, absolutamente. Fíjate, viví y trabajé en Francia, España, Inglaterra, Irlanda, Estados Unidos, Canadá, Honduras y Guatemala; cuando vine a México, pensaba ‘dos años, y me voy’. Y no, aquí estoy, de aquí no me muevo. No en México, sino en el Centro, es donde está mi ombligo.